Me encontré de improviso frente a la sencilla vivienda, probablemente destinada a la servidumbre, situada a regular distancia de una de las residencias principales. En medio de la penumbra que envolvía el ambiente, escuché las voces alteradas de dos mujeres discutiendo sobre un asunto evidentemente muy serio.
-¡Te vas ahorita mismo de esta casa, mujerzuela-gritó ásperamente la de mayor edad- ¿Quién te creés para andar coqueteándole a mi marido? ¡Loca! ¡Alucinada! Si dentro de diez minutos te encuentro todavía aquí te mato, desgraciada.
-Pero señora, le juro que usted se equivoca, yo no...
-¡Callate, perdida! Si crees que vas a engañarme estás muy equivocada. A las mujeres como vos es preferible no tenerlas en las casas decentes. ¡Conque ya sabés, te vas corriendo o no respondo de mí!
La furiosa dama se marchó hacia la residencia principal sin dejar de hablar exaltadamente, en tanto su interlocutora se quedó sollozando sentada en una grada de la pequeña vivienda.
Me acerqué, tratando en lo posible de no sobresaltarla. A la luz amarillenta de una bombilla eléctrica pude apreciar la atractiva apariencia de la joven. Su rostro ovalado, la tersura de su piel canela, le daban un porte exótico verdaderamente sugestivo. Su cabello castaño descendía en alborotados rizos por sus hombros firmes y turgentes. No pude determinar si sus ojos eran verdes o grises pero, pese a las lágrimas, descubrí en ellos una mezcla irreverente de ingenuidad y picardía. Una bata transparente cubría apenas su cuerpo esbelto y lleno de sensualidad.
-Aunque no tengo donde ir, por mi madrecita santa que no me quedo un segundo más en esta casa. La señora es muy injusta. No entiendo por qué me ha dicho cosas tan feas –balbució con voz quebrada por el llanto.
Comenzó a subir las gradas secándose las lágrimas con las yemas de los dedos.
-Escúcheme –dije, llevado por un súbito impulso- Yo puedo llevarla a la ciudad y conseguirle alojamiento por esta noche, si usted me lo permite.
Desde lo alto de la escalera fijó en mí su mirada indefinible.
-¿Haría eso por mí? –inquirió con voz suave
-Por supuesto, pero debemos irnos de inmediato, esa señora no tardará en regresar y puede ocasionarle algún daño, parece bastante enfadada.
Momentos después íbamos rumbo a la ciudad siguiendo un sendero escasamente iluminado por la luz de la luna. La ayudé a cargar la pequeña maleta que constituía su único equipaje. A esa hora no encontramos un medio de transporte que nos condujera, afortunadamente la ciudad no quedaba muy lejos de aquella suerte de colonia exclusiva de la cual salimos.
Pensé en lo inusitado de aquella situación. Había llegado a aquel lugar en plan de vacaciones, y me encontraba de pronto en un camino solitario acompañando en medio de la oscuridad a una jovencita desconocida y extraordinariamente bella. Lo que me asombraba y a la vez me satisfacía, era que ella actuara con tanto desenfado como si hubiésemos sido dos viejos amigos. La verdad, yo alentaba el mismo sentimiento, aunque ni siquiera conocía su nombre. Y pensé: “Que se quede el infinito sin estrellas...
-Mi nombre es Dayanara –dijo de pronto como si hubiese adivinado mis pensamientos- Pero aquí todos me conocen por “La negra”, así me llaman desde que llegué a este lugar.
-¿Hace mucho que vive aquí? –pregunté con interés.
-Desde que mis padres murieron hace tres años. Soy hija única.
-Lo siento, debe haber sido algo muy difícil para usted.
-Si, fue muy difícil. Desde entonces vine a trabajar con doña Marieta, esa señora enojada que usted vio. No es fácil convivir con ella, tiene un carácter muy... especial.
-Pude notar que es bastante celosa – indiqué
-Yo creo que está enferma –puntualizó la chica con tono triste- Últimamente riñe con todas las personas sin motivo alguno.
-¿También con el esposo? –inquirí con intención.
Soltó una risa alegre, como si mi pregunta la divirtiera en lugar de provocarle otro sentimiento. “O que pierda el ancho mar su inmensidad”.
-¿Por qué se ríe? ¿Acaso dije algo divertido? –pregunté
-El señor Rufo sólo viene una vez al año, para navidad. Él es alto empleado de la compañía y se pasa viajando la mayor parte del tiempo. Sólo lo he visto una vez y de pasada.
-Comprendo –dije, aunque estaba lejos de entender aquella situación.
-Doña Marieta al principio no era tan... así como usted la vio. Me trataba muy bien, como si hubiera sido pariente muy cercana, una sobrina por ejemplo. Y es que tenemos lazos de familia pero muy lejanos según decía mi padre. Todo cambió desde que le hablé de mis aspiraciones, de lo que quiero hacer en el futuro.
-Y.. ¿Qué es lo que quiere hacer, si puedo saberlo?
-Sueño con viajar por el mundo, conocer otros países, otras personas. Quiero ser una viajera, talvez una aeromoza.
-Ya veo –repuse convencido de estar oyendo el desvarío de una joven soñadora, nada más. Ella pareció adivinarlo otra vez.
-Voy a ser una aeromoza –repitió en voz alta – Y usted será testigo de ello.
-Por supuesto, sé que lo logrará –respondí tomándola de la mano.
¡Que noche ésta de cosas insólitas e impredecibles! –pensé –Ella dejó salir su risa musical, alocada. Sus bellos ojos fulgieron en la penumbra con una mirada de fuego. Y recordé: “Pero el negro de tus ojos que no muera, piel canela de tu piel se quede igual”.
La dejé alojada en un sitio decoroso y seguro y continué mi camino. La luna brillaba en todo su esplendor y corrientes de aire fresco y salobre provenientes del mar inundaron el ambiente. Esta ciudad, olvidaba decirlo, era un puerto, pequeño pero bullicioso y acogedor.
Me tomó algún tiempo llegar a casa de mis amigos, pero desde muy antes percibí el ambiente de regocijo, las voces entusiastas, el sonido estruendoso de la música tropical audible en varias cuadras a la redonda. Estaban celebrando una fiesta y me recibieron con grandes manifestaciones de cariño, mucho más de lo que me esperaba. Participé en la fiesta por unas horas, pero más pronto de lo que mis amigos deseaban me retiré a mi habitación.
Recostado en el lecho estuve repasando mentalmente las incidencias de ese día. En mi pensamiento resaltó el recuerdo de aquella chica tan alegre y soñadora. ¿Qué cosas le depararía el destino? ¿La volvería a encontrar alguna vez?. Pensando en ella el sueño me venció.
Años después, caminando por el nervioso centro comercial de la capital, llamó mi atención una vidriera en la primera planta de un moderno y lujoso edificio. Parecía una exhibición de fotografías y afiches sobre sitios del mundo tan distintos y distantes como Machu Pichu y Bombay. Escenas sorprendentes, captadas por la lente mágica de algún avezado profesional.
Abstraído, estuve admirando aquellas imágenes por un largo espacio de tiempo. No advertí cuando salió del edificio dirigiéndose apresuradamente al automóvil que la esperaba a orillas de la calle. Entonces la miré. Ella sonrió, me saludó con un leve agitar de su mano y haciéndome un guiño de complicidad.
Era imposible confundir aquella piel canela, mucho menos la mirada de esos ojos que no sabría decir si eran verdes o grises, pero en los que seguía persistiendo una rara mezcla de inocencia y voluptuosidad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario