DE: http://filosofianews.blogspot.com/2012/03/cantinflas-y-wittgenstein.html
El fin de
semana, estaré en el Distrito Federal para respirar un poco de aire
fresco. Qué irónico resulta decir lo anterior, pues nuestra
capital, está muy contaminada. Pero sólo en la capital o en el
norte del país, podemos escapar del fascismo que se vive en el sur,
y en específico, en ciudades como Puebla.
Aclaremos
algo: la cultura de Puebla es sureña, pues ha sido invadida por los
tres entes necesarios para que una cultura se trague a las otras. En
los portales poblanos, abunda la música de Veracruz. En las avenidas
de macadam, sobran los restaurantes y las empresas de los
veracruzanos. Y en la ciudad, es exagerado el número de hombres
nacidos en Veracruz. Ideas, instituciones y personas son los
requisitos que según Schmitt, son necesarios y suficientes para
colonizar.
En
la capital, compraré algunos libros de Isaiah Berlin, de Christopher
Hitchens, de Quevedo y de Walter Benjamin. Además, visitaré la casa
de una señorita que me habla de filosofía con la misma gracia con
la que una poblana me habla de ropa barata. Lo disfrutaré.
Espero
que en el viaje, me vuelvan a poner una película de Cantinflas. No
sé si alguien ha notado las similitudes que hay entre el actor
mexicano y Ludwig Wittgenstein. Para las inteligencias populares,
Wittgenstein cantinflea. Para las mentes poderosas, Cantinflas juega
con el lenguaje.
Bueno,
para mí, Cantinflas juega con el metalenguaje. Al oír hablar a
nuestro actor cómico, uno escucha onomatopeyas, gemidos,
circunloquios, perífrasis y paráfrasis, galimatías y uno que otro
hipérbaton. Cantinflas inicia una frase y la interrumpe para darle
paso al gesto, al ademán y a la sonrisa. El receptor, confundido y
manipulado por el ego o por el temor de parecer torpe, casi siempre
acepta los argumentos del cómico.
Cantinflas
fragua exposiciones como la que sigue: "Tenemos que saber quién
fue para dejar de pensar que los que no fueron, fueron, y así llegar
a saber que el que fue, sí fue". En esta aparente locura, yace
el principio de identidad. Wittgenstein, a su vez, tejía frases de
esta cepa: "No es lo mismo saber que ése es el mismo color que
vi ayer que llegar a saber que ése es el color de ayer". Tanto
Cantinflas como Wittgenstein, hablan con in-coherencia o
coherencia-interna.
Si
hoy observamos el color rojo de un automóvil y mañana observamos el
color rojo de un charco de sangre, nos estamos exponiendo a una
confusión. La palabra "rojo" es un concepto, en tanto que
el color rojo del automóvil, es un objeto. Cuando en una proposición
fusionamos juicios, conceptos y objetos, estamos creando conocimiento
(Natorp). Lo que Cantinflas y Wittgenstein hacían, era destruir los
conceptos y los objetos con los que pensamos, y todo para quedarse
con el puro juicio, centro de gravedad de toda práctica científica
o política.
Si
sospechamos de un supuesto criminal y sólo afirmamos que podría ser
"culpable" o "inocente", estamos recargando
nuestra proposición sobre ciertos conceptos legales o sobre el
concepto de la palabra "hombre", pero no sobre un "hombre
concreto", como dirían los izquierdistas. Al final, la persona
acusada será una u otra cosa, pero no otra. Empiezo, como los
filósofos, a cantinflear.
Lo
que Wittgenstein y Cantinflas hacían, era demostrar que a través
del nudo sintáctico, podemos desanudar los nudos gramáticos. La
idea es sencilla, y por tal, invisible. Wittgenstein decía que la
simplicidad nos aterra, y Cantinflas, con sus soluciones poco
burocráticas, desequilibraba nuestro sistema político. Pero el
pueblo, no lo entendió.
Cuando
usamos la tautología, el cerebro se ve obligado a redimensionar su
comprensión. Cuando la gente sin educación dice cosas como "suyo
de él", no está blasfemando contra Menéndez y Pelayo. En esta
oración, se aclaran aspectos espaciales y temporales. Cuando decimos
que "eso es suyo", sólo señalamos la propiedad momentánea
de un objeto.
"Esto
es suyo", decimos cuando le advertimos a alguien que se le ha
caído la cartera. Ignoramos si la cartera es robada. Pero si
dijéramos "esto es suyo de usted", sería sabiendo que la
persona a la que se le cayó la cartera, compró su cartera con
dinero legal y suyo (porque el dinero puede ser bueno, pero no suyo,
digo, de él, del que hablamos).
No
estoy proponiendo que hablemos de este modo, pero sí propongo que
estas aberraciones gramaticales y sintácticas, sean estudiadas con
seriedad, pues en ellas yacen códigos culturales. Y justo lo
anterior, es lo que hacía Cantinflas, al que la torpe RAE ha acotado
hasta la invisibilidad.
Viendo
las películas de Cantinflas, el pueblo mexicano podía aprender tres
cosas: dignidad laboral (economía), desobediencia jurídica
(derecho) y jocosidad universal (sensibilidad artística). Pero como
la RAE ha dicho que cantinflear es actuar o hablar disparatadamente,
resulta que las enseñanzas éticas y lógicas del cómico, son
supercherías y argucias inútiles.
Hay
una escena de no sé qué película, en la que Cantinflas prevarica
contra un gerente o algo sí porque éste le ordena con despotismo.
Cantinflas le responde con vigor y asegurando que él no es el gato
de nadie. En otra escena, el mester cinematográfico de juglería
refunfuña por el salario que le ofrecen. Su jefes le explican que la
Ley dicta tan paupérrimas tarifas, pero Cantinflas rezonga
argumentando que el que hizo la Ley, no había consultado sus
necesidades (de él).
¿Necesidades
de quién? ¿Verdad que a veces es necesario acudir a la tautología?
Cantinflas habla de sus necesidades personales. Con estas dos
escenas, el mexicano tuvo que haber aprendido a defender sus derechos
laborales y a cuestionar la supuesta democracia. La idea es clara:
todos elegimos quién nos gobierna, pero los gobernantes, los que
escriben las leyes, jamás le preguntan al pueblo si las leyes
redactadas son comprensibles. Y vaya, las leyes sí merecen ser
tildadas con la torpe definición que da la RAE sobre el cantinflear.
No
culpo al pobre pueblo mexicano, porque jamás podría entender el
mensaje de un genio del humor con los ojos, la boca y las orejas
tapadas (como el poblano o el capitalino, que no tendría carisma
aunque el Diablo le exigiera contarle un chiste de Polo Polo a Dios,
citando mal a Shakespeare). Un país que no lee, es un país que no
sabe escucharse. Leer es oírse, es hablarse y verse (a sí mismo).
Creo que por hoy, he terminado mi meditación. Seguiré trabajando,
digo, cantinfleando.


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