ARTE DE PENSAR

domingo, 29 de enero de 2012

LA CIUDAD QUE BORRÓ SUS HUELLAS. Capítulo 19






Partido de la bandera gris, con una estrella blanca dentro de un círculo escarlata. Gabriel Zeledón tomó el poder como resultado de unas elecciones aparentemente libres.

La vida en Opamane Chago comenzó a derivar con rumbo indefinido. Los inviernos eran cada vez más demorados y raquíticos, y ello ponía un signo angustioso en los rostros de las gentes. El espectro de la hambruna lanzaba su soplo letal por las rancherías, y los hombres interrogaban al cielo con semblantes desencajados. Si para el día de la Santa Cruz no había lluvia, era menester acudir al templo y sacar en procesión a la Virgen de las  Mercedes. Era una costumbre  antiquísima fundamentada en la fe a toda prueba. Una rogativa general que siempre daba el resultado deseado. Después de la procesión limpiaban cauces y cunetas, para evitar que el agua desbordara las aceras y penetrara en las viviendas. 

A poco, se desataban los grandes aguaceros cargados de electricidad. Los hombres miraban a lo alto agradecidos y los niños  eran felices entonces. Se les podía ver en grupos numerosos, chapoteando descalzos por las calles y en las plazas convertidas en lagunas,

Para ese tiempo, el pueblo entero se llenaba de un aroma enervante de fertilidad, por doquier brotaban los lirios silvestres y los árboles literalmente se venían al suelo por el peso de los frutos.


Por las noches, las calles desoladas, el viento gélido inundaba todos los rincones con su silbido agudo y desapacible. Miríadas de luciérnagas implantaban entonces su reinado absoluto.


-¿Quién vive?


-E...espere, señor, no sé la contraseña, pero soy de aquí, soy conocido.


-¡Repórtese al frente de la muralla!


Opamane Chago, entierros sin poner cuidado. La mayoría de los pueblerinos eran enterrados en petates, en roídas cobijas, o conducidos en hamacas de mezcal  hasta su última morada.


El presidente Zeledón anunció la apertura de una carretera, que uniría finalmente el pueblo con las principales ciudades del país.


El día de la inauguración, los lugareños fueron  en nutrida manifestación a recibir los primeros vehículos motorizados. Llevaron guirnaldas y ramos de flores y quemaron pólvora como si se tratara de una celebración religiosa.


Las muchachas, ocultas tras los postigos de las puertas o las cercas de los patios, espiaban arrobadas a los conductores de los vehículos que, con estudiada arrogancia, entraron al pueblo sonando insistentemente las bocinas y acelerando los motores de sus máquinas. Después contarían que Tito Rugama, ardiloso ayudante de un camionero, aprovechó las circunstancias para hacer de las suyas con las cándidas jovencitas del pueblo.


En efecto, una tarde se presentó en la casa del talabartero Prudencio Pérez, enfundado en un grasiento overol y cargando unas extrañas herramientas.


-¿Es usted don Prudencio Pérez? Mucho gusto de conocerlo. Soy Tito Rugama, jefe de mecánicos del campamento. Me dijeron que usted podría darme alojamiento y comida por unos meses, solamente mientras trasladamos el equipo a otra parte. Por supuesto, le pagaré muy bien –dijo Tito con fingida circunspección.


-Bueno joven, toda vez que usté se avenga a las incomodidades de estos lugares, por mí no hay dificultad. Somos gente pobre, pero honrada, eso sí.


-Por eso no se preocupe –repuso el mozalbete de inmediato- Sólo le pido que me dé chance de guardar estas herramientas en algún rincón de su casa, mañana tengo que madrugar para ir a la costa a traer un búnker oil.


-Pues pase usté, joven, y que mi señora lo acomode –repuso impresionado don Prudencio, con esa sencillez característica del hombre exento de malicia.


Rugama esbozó una sonrisa maléfica que pasó desapercibida para sus anfitriones. Con fingido disimulo había notado las miradas de admiración que le dirigían desde la cocina las tres hijas de don Prudencio. Era indudable que para aquellas jóvenes la llegada del forastero significaba un agradable cambio en sus vidas rutinarias y vacías.


A Tito le bastaron pocos días para ganarse la confianza de sus anfitriones. Don Prudencio y doña Carmen se deshacían en atenciones tratando de hacerle agradable su estadía en la casa.

No obstante, un día cualquiera, Tito despareció sin dar ninguna explicación. En vano don Prudencio lo buscó por el campamento y en otros sitios del pueblo, todo fue inútil, parecía que al muchacho se lo hubiese tragado la tierra. Finalmente, uno de los capataces puso a don Prudencio al tanto de la verdad. Ese desgraciado de Rugama es un bandido –le dijo el capataz- Aquí trabajaba como ayudante en un camión cisterna, pero el jefe lo despidió cuando descubrió que se estaba robando los repuestos para ir a venderlos a la costa”.


En Opamane Chago, entre apenados y burlones, comentaban lo sucedido:

-Ese tal Rugama no era más que un bandido – decían – Sólo le dejó preñadas las tres hijas a Prudencio y se hizo humo, ¡Qué hijo del vicio tan pícaro!


El presidente Zeledón realizó una visita a Opamane Chago para inaugurar oficialmente la carretera. Rodeado de una cohorte de funcionarios y allegados políticos, fue recibido con aclamaciones en la Alcaldía Municipal. El selecto grupo de personajes que rodeaban al mandatario, se abrían paso a codazos y empellones, tratando de ubicarse junto a él, mientras los fotógrafos que acompañaban al presidente captaban las gráficas del acontecimiento. Se sabía que algunas de esas fotografías aparecerían en los diarios de la capital, de manera que, los que lograban acercarse al gobernante, asumían una actitud de arrogancia mal disimulada. Aquello parecía un desafío de egocentrismos. En sus comentarios, cada uno se esforzaba por convencer a los demás que era debido a sus gestiones que el presidente había accedido a construir la carretera.

Mientras tanto, en las afueras del edificio municipal, el pueblo participaba de los actos gritando vivas y quemando pólvora.

Fascinados y perplejos, los chagueños cumplían alegremente su papel de gritones en homenaje al presidente y a sus líderes criollos.


El directorio local del partido ofreció un banquete al gobernante y su comitiva en casa de Arcángelo de la O. En el convite, como puede suponerse, sólo participó un grupo selecto de políticos y señorones de la localidad, el grueso del pueblo se quedó en las calles lanzando vítores y agitando banderas, azuzados por algunos individuos contratados especialmente para esa labor, mientras los dirigentes se entregaban al consumo de opíparas viandas y finos licores. No obstante, un numeroso grupo de pueblerinos logró penetrar al local cuando el banquete estaba terminando, dándose a la ingrata tarea de devorar las sobras dejadas por los líderes. Por cierto, un campesino casi se atraganta con una carnosa chuleta que Arcángelo de la O. dejó a medio comer. El incidente provocó las burlas de los que presenciaron la escena y que también devoraban los restos con similar desafuero.


El presidente Zeledón abandonó el poblado en un avión que le aguardaba en el aeródromo. En la despedida, abrazó y estrechó las manos de los principales, y repartió una regular suma de billetes de baja denominación entre la indiada que se acercó a pedirle ayuda. Desde la escalerilla del avión hizo un último saludo al numeroso grupo que continuó vivándolo hasta mucho tiempo después que el aparato alzó vuelo.


Días después, el estudiantado de la Escuela de Maestros desfiló por las calles principales luciendo un nuevo uniforme. Había desaparecido el birrete, el correaje y el saco de corte militar. Los estudiantes lucían una imagen diferente que desagradó a los más viejos y conservadores.

Libro: La ciudad que borró sus huellas, José Winston Pacheco
Imagenes[ Imágenes de Google[ http://www.sanjorgecomercial.com.ar/museo/Museo.jpg

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