ARTE DE PENSAR

martes, 24 de enero de 2012

LA CIUDAD QUE BORRÓ SUS HUELLAS, Capítulo 18




Una fría madrugada, Pío García en unión de su hermana Olegaria Rosa y su anciana madre doña Cayetana, emprendieron el tortuoso camino hacia el litoral. Fue una decisión forzada por las circunstancias. La persecución contra el padre de Pío se había intensificado en los últimos días, y él, como único hijo varón, debió asumir la responsabilidad de sostener a la familia. Para colmo, Olegaria Rosa había comenzado a experimentar las molestias propias del embarazo, consecuencia de la violación de que fuera objeto en La Taberna.
   
De modo que no lo pensaron mucho y tomaron el camino de la costa, zona de las grandes plantaciones de cacao, donde -se aseguraba- abundaba el trabajo y el dinero corría a manos llenas.
   
Se detuvieron un momento a orillas de la línea férrea, observando con cierto recelo aquel panorama tan diferente al de su pueblo nativo. No se miraba ninguna casa por los alrededores, excepto una pequeña edificación de madera, en cuyo traspatio se erguían dos altas armazones metálicas, sosteniendo una de ellas un gran tanque de almacenamiento de agua, y la otra, un molino de viento de grandes aspas. Fuera de eso, la estación era un claro en la vasta y densa plantación de cacao.
   
Hacía un calor sofocante. El sol reverberaba sobre la línea férrea como un manto tenue y ondulante. Un muro verde la finca, extática y extensa, colmada de frutos pardos hasta donde alcanzaba la mirada. Más allá, sobre la gruesa rama de un mazapán, una iguana amodorrada tostaba al sol su piel áspera y pardusca.
   
-Bueno, ya estamos en la costa –dijo Pío tratando de infundir valor a las mujeres.
   
-¡Que el Señor de Opamane nos ampare y nos libre de todo género de asechanzas!- repuso doña Cayetana con voz trémula.
   
Olegaria Rosa guardó silencio. Su mirada melancólica se perdió en aquel panorama desconocido. Exhaló un hondo suspiro, como si experimentara un sentimiento interno opresivo.
   
Pío se dirigió a la caseta mientras las mujeres quedaron aguardando a cierta distancia. Adentro, un sujeto medio desnudo dormitaba en una hamaca. Se incorporó de un salto al advertir la presencia del muchacho, y éste le explicó como mejor pudo la situación en que se encontraban.
   
-¿Así que vienen del interior? ¿Y dice que van para Punta Cangrejo? Aja... eso está como a cinco kilómetros de aquí. Este es un ramal, aquí sólo entran los trenes para sacar fruta, si tienen suerte talvez pase alguno y puedan irse en él –dijo el hombre secándose el sudor de la frente con un curtido lienzo.
   
-No importa si tenemos que caminar, sólo dígame que rumbo debemos tomar para llegar a Punta Cangrejo –repuso Pío
   
-Sigan aquella curva de la derecha y no se aparten de la línea del tren, por ahí no se pierden, va a pegar al mero campo.
   
-Le agradezco mucho – dijo Pío extendiéndole la mano- Mi nombre es Pío García, y si alguna vez volvemos a encontrarnos y puedo servirle en algo sólo dígamelo.
   
-Gracias, mano, yo soy Chico Magín. Que les vaya bien.
   
El hombre se quedó mirando por un momento el pequeño grupo que se alejaba, hizo un gesto de negación con la cabeza, luego, de un manotazo aplastó un zancudo que se contraía succionando sangre de su hombro derecho. Sobre su piel quedó una pequeña mancha encendida.
   
-¡Malditos bichos! –gruñó comenzando a vestirse.
   
Punta Cangrejo era una planicie en la cual se erguían unas dos docenas de barracones, sostenidos por polines sobre una plancha de cemento. Las viviendas habían sido construidas en forma simétrica en torno a un campo deportivo, en cuyo derredor había una hilera de cocoteros cargados de fruto.
   
Afortunadamente Pío encontró pronto la vivienda de Máximo Centeno, viejo amigo de su padre y quien había emigrado hacia la costa desde hacía muchos años.El hombre los recibió con alegría, y después de proporcionarles alimento  al tiempo que hacían remembranzas de Opamane Chago, les condujo donde Pira, un hindú amigo suyo, hombre extremadamente bondadoso, quien al enterarse de la situación de los recién llegados, les ofreció alojamiento y comida por el tiempo necesario hasta tanto Pío pudiese obtener un trabajo. 

Tiempo después Pío le manifestó a Máximo lo agradecido que estaba con aquel hombre, tan parco en el hablar pero dueño de una benevolencia sin límites.
   
-Tenés razón, paisano – comentó Máximo- Aquí todos apreciamos a Pira. Dicen que es hijo de un hindú que vino cuando se empezaron a abrir estas plantaciones. Algunos aseguran que es hijo de una mulata, que fue muy famosa por su belleza y por su frialdad ante los reclamos amorosos de varios hombres. Otros dicen que su padre lo trajo pequeñito desde su país. Lo cierto es que nadie sabe mucho de Pira, pero lo que sí sabemos todos es que además de ser muy caritativo tiene unos conocimientos muy grandes. Sabe muchas cosas este hombre, hasta los altos jefes de la compañía lo respetan y evitan molestarlo.
   
-¿Y cuál es su trabajo aquí en la finca? –inquirió Pío con visible interés.
   
-Los gringos le dieron una parcela que él ha convertido en un huerto. Ahí podes encontrar toda clase de verduras y frutas. Realmente, Pira es un hombre extraño, sin duda ya lo habrás notado. Yo he visto como en los días de pago, cuando la mayoría de trabajadores se emborrachan y arman pleito por cualquier cosa, él ha evitado muchas tragedias tan sólo con presentarse por ahí. No usa armas, pero a muchos bufones les ha ganado el valor, y esto que por aquí hay individuos taimados. Pira nunca ha lastimado a nadie, yo le oí decir una vez que su religión le prohíbe ser violento.
   
-Pero ¿Cómo entonces logra dominar a los pleitistas? –preguntó Pío sumamente interesado.
   
-Yo miré una vez que un borracho se le quiso abalanzar con un machete. Pira sólo cruzó los brazos sobre los hombros y se quedó mirándolo en una forma que... no sé, como con una gran paciencia y serenidad, pero de presto hizo algo así como un ademán y el machete salió volando de la mano del hombre y se fue a clavar en una macolla de cocos que le cayeron al borracho en la mera cabeza. Te lo juro, hasta la juma le fue al infeliz, sólo miramos que salió corriendo dando tumbos y se fue a encerrar en su barracón. Te aseguro, Pira sabe cosas, secretos, además de ser un hombre muy caritativo.
   
-Es... increíble –musitó Pío grandemente sorprendido por el relato de su amigo.
   
Pira llegó a encariñarse mucho con sus huéspedes. Cuando Pío obtuvo un trabajo en la oficina, con derecho a ocupar una bonita vivienda en la plantación, el hindú llegaba a visitarlos todas las tardes llevándoles toda suerte de frutas y verduras. Siempre se quedaba a cenar y a platicar un rato con sus nuevos amigos. En una de esas ocasiones se suscitó una charla entre ellos que Pío siempre recordaría.
   
-Yo no cristiano – dijo Pira esa vez con su suave voz musical- Soy hindú. Busco paz. Dios es mismo en todas partes. Es el bien. No violento, no mentiroso, no egoísta, no homicida. No entiendo cristianos que hacen daño a sus hermanos. No tienen esencia de Dios, aunque oren.
   
-¿Qué debe hacer una persona  si alguien la ataca o la lastima sin motivo? – preguntó Olegaria Rosa.
   
-En mi tierra gurús hablan de esto. Mal debe atacarse con bien, y no resiste. Debemos conocer manifestaciones de malvados ¿Qué hacen? ¿Qué dicen?, pero mal no resiste a bien, jamás resiste a bien.
   
-Entiendo –advirtió Pío- pero yo he sido testigo de que los malvados siempre parecen triunfar en este mundo.
   
-Oh... yo sé, yo sé. Todos hombres pasajeros, no entienden eternidad. Pero siempre triunfa el bien. También aquí. Triunfa hombre que tiene esencia de Dios. Yo aseguro- repuso Pira esbozando una sonrisa.
   
Cuando tenían cerca de tres meses de permanencia en Punta Cangrejo, hubo una boda en la plantación. La fiesta tuvo lugar en los bajos de un barracón, y Pío decidió llevar a Olegaria Rosa con la intención de que su hermana disipara la tristeza que parecía embargarla.
   
Todo transcurría sin novedad. La sonora música negroide ponía una nota desusual en comparación con las otras noches de silencio. De pronto, por un ángulo del salón, hizo su entrada un hombre de singular estatura, rostro anguloso calzado de barba y aspecto agresivo. Era evidente su estado de embriaguez. Por la ancha ala de su sombrero, podía apreciarse la línea sinuosa de una vieja cicatriz que bajaba de su frente y se diluía en el espeso bigote. Con paso torpe se dirigió hacia Olegaria Rosa, la camisa medio desabotonada dejaba ver un amplio tórax sudoroso y cubierto de vellos.
   
-Vení vos, cipota, vamos afuera. Quiero retozar con vos – gruñó con voz gangosa, tomando a la muchacha por un brazo.
   
-¡Noo! ¡Suélteme, no quiero! –exclamó Olegaria Rosa aterrorizada por el acoso del sujeto.
   
-¡Já! ¿Conque no querés por las buenas? Pues vas a venir a las malas. A Toño Calero ninguna hembra se le niega ¡Vení para acá, te digo!
   
Se hizo un silencio expectante. Para nadie había pasado desapercibido el revólver que el hombre portaba, semi oculto en el cincho.
   
-¡Soltá la mujer, desgraciado! –gritó Pío indignado, blandiendo un machete.
   
Los circunstantes retrocedieron medrosos ante la inminencia de la tragedia. El sujeto parpadeó sorprendido, circunstancia que aprovechó Olegaria Rosa para alejarse precipitadamente.
   
El hombre dirigió a Pío una mirada de ferocidad. Una mueca diabólica se dibujó en su rostro al tiempo que echaba mano del revólver.
   
-¡Suelta el arma o te mueres! – gritó alguien desde otro ángulo del salón.
   
Era Pira, que apareció de pronto ante la mirada sorprendida de todos, interponiéndose entre el sujeto y el muchacho. El hombrazo frunció el ceño sorprendido, mirando de hito en hito al hindú. Arma en mano  tuvo, sin embargo, un instante de vacilación. Algunos recordaron de súbito las historias que se contaban acerca de Pira, pero nadie fue capaz de relatar los acontecimientos que ocurrieron después con la debida precisión.
   
-Fue como si se soltara de pronto un torbellino de polvo o de humo –contaría años después Pío García, ya de regreso en Opamane Chago a resultas de un cambio de gobierno- Sólo atinamos a mirar como Pira caía de rodillas a tiempo que sonaron los disparos. Pensamos que aquel hombre lo había matado, pero no fue así. Un instante después se incorporó indemne, mientras por el otro lado, el sujeto se debatía en el suelo sacudido por violentas convulsiones, parecía un pelele ¡Nunca he visto cosa parecida!
   
Punta Cangrejo, fuego ardiente, tierra pródiga y sensual. Allá también, pocos olvidarían los extraños sucesos de aquella noche de fiesta.
   
Pira se marchó del lugar con rumbo desconocido, no sin antes despedirse de todos, anunciando que debía retirarse a la soledad para hacer una larga penitencia y librarse del karma maléfico que le perseguiría, por haber violentado un principio sagrado de su fe.
   
Antes de marcharse llegó a casa de Pío y les dijo: “Rama me perdonará. El sabe que violenté mi espíritu, pero no por voluntad, fue por caridad. El sabe todo”. Después emprendió su nuevo y extraño camino.
   
-Pero... ¿Qué fin tuvo el bandido del baile? ¿Acaso lo mató el hindú? –inquirió Osanio, vivamente interesado en el relato de su amigo.
   
-No, el hombre no murió. Dicen que después de aquel suceso cambió de vida y que ahora predica allá en la costa, de campo en campo ¡Quién sabe!
   
-¡Vaya!, qué cosas las que se ven. Y decime, Pío ¿Cómo se llama el hijo de Olegaria Rosa? Allá nació ¿Verdad?
   
-Si, allá nació. Su nombre es Olegario Pira, ningún otro nombre le hubiera quedado mejor –repuso Pío con una mezcla de nostalgia y convicción en la voz.

Libro: La ciudad que borró sus huellas, José Winston Pacheco
Imágen/Imágenes de Google/phantom-elfantasma.blogspot.com

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