A Mateo Guardabarranco, conocido labriego de Opamane Chago, llegó a arrestarlo una patrulla de guardias a caballo, acusándolo de ser enemigo del gobierno.
Gimieron los cipotes aterrorizados, rodeando a la madre que sollozaba en medio de débiles protestas sobre la inocencia de su hombre. “Ordenes son órdenes”, bramó el jefe de los montados, y el destacamento volvió grupas emprendiendo el camino de regreso. Llevaban a Mateo casi a rastras, atado por las muñecas con una fuerte soga de la que tiraba uno de los montados.
El grupo se perdió tras la loma poblada de arbustos de zarzamora, de anchas hojas dentadas y troncos revestidos de espinas gruesas y cortantes como dagas. Después quedó un silencio obtuso, a ratos interrumpido por el chillido tedioso de las cigarras, el alarido de los gavilanes, o el murmullo del arroyo deslizándose como sierpe peñasco abajo.
Mateo estuvo cerca de tres años en las mazmorras de Opamane Chago. En ese lapso su mujer murió, lo mismo que dos de sus hijos, víctimas de la epidemia de fiebre asiática que se desató en el poblado. Sólo sobrevivió Jeremías, el menor, quien era lisiado de nacimiento.
En la cárcel, Mateo, atormentado por el infortunio, acariciaba a diario la idea de fugarse. El no era un hombre pusilánime. Como casi todos los hombres del pueblo, había participado en las montoneras destacándose por su arrojo. De manera que comenzó a hacer meticulosos planes de evasión.
Una noche, en la celda pestilente que compartía con otros prisioneros, se hizo una honda cortadura en el muslo con un pedazo de vidrio que había encontrado en el patio del penal. Mordiéndose los labios hasta hacerse sangre, resistió el dolor que le produjo aquel burdo objeto cortante al desgarrar sus carnes. Como pudo se vendó la herida con el jirón de una camisa, y se aguantó algunos días hasta que la herida comenzó a infectarse, produciéndole alta fiebre y temblores que le impedían mantenerse en pie.
El jefe del penal ordenó que lo condujeran al Centro Médico del doctor Flamenco, custodiado por un guardia. Eso era, justamente, lo que Mateo esperaba. En un momento determinado, sacando fuerzas de quien sabe dónde, se abalanzó sorpresivamente sobre el guardia arrebatándole el fusil y dejándolo inconsciente de un culatazo. Acto seguido, le despojó del bolsón de municiones y emprendió veloz carrera internándose en las tupidas faldas del cerro Adormidero.
Por las noches, con extrema cautela, salía de su escondite para lavarse la herida en un arroyo cercano, colocándose apósitos de hierbas curativas muy conocidas en su pueblo. Alimentándose con frutos y raíces silvestres, al poco tiempo estuvo recuperado y en condiciones de emprender el largo camino hacia una heredad de sus padres ubicada en lo profundo del cerro.
Jeremías, el hijo lisiado, le vio llegar y ambos permanecieron observándose sin decir palabra, con ese silencio comunicativo muy propio de los habitantes de la región.
Por la noche, Mateo estuvo afilando su machete a la luz de la luna. En todo ese tiempo no hizo ningún comentario sobre sus deudos. Silencioso, casi hosco, se limitó a guardar en un zurrón algunas prendas personales y unos pocos alimentos. Jeremías le observaba en silencio, presintiendo otra larga ausencia de su padre.
-¿Te vas otra vuelta, papa? –dijo al fin Jeremías con cierta ansiedad en la voz.
-Si mijo, Hay le queda el maicito, el frijolar, los ayotes que uste mismo ha sembrado. Esta tierra es suya. Cuídela. Voy a asomarme por onde el cuñado Emeterio pa que venga a ayudarle.
-¿Y cuándo te vas, papa? ¿Y para onde te vas?
-Ora mismo me voy y quién sabe para onde, pero no tenga pendiente, nada me va a pasar.
-Via de comer algo antes de irse...
-Comeré en el camino, la jornada será larga y perra.
-Bendiga, entonces, papa...
-Dios lo bendiga, mijo
Como una sombra furtiva Mateo desapareció entre los guamiles aledaños. Eso impidió que se percatara de la presencia de un grupo de jinetes armados que llegaron al rancho unos minutos después. Los comandaba un sujeto de aspecto feroz al que le faltaba el brazo izquierdo.
-¡Vos, infeliz! ¿Es esta la casa de Mateo Guardabarranco? – vociferó el sujeto dirigiéndose a Jeremías, quien observaba asombrado desde la puerta del rancho.
Como no hubo respuesta el sujeto prosiguió.
-¿Es que sos mudo, cabrón? Yo sé que esta es la casa de Mateo porque él tiene un hijo tullido como vos, así que decime donde está tu tata, o te vas a arrepentir.
Jeremías permaneció silencioso
-Sabete que tu tata me hizo ésto – continuó el sujeto señalando con un ademán de su cabeza el brazo faltante-Ahora vengo a que me las pague. Hoy no se me escapa ese maldito, así que decime donde está o...
-Se fue lejos, no me dijo pa onde iba–balbució Jeremías con acento trémulo.
-Ah, conque la sintió el cabrón. Pero esto no se queda así ¡Por vida! No se queda así.
El sujeto se llevó a la boca un poco de mascadura de tabaco. Lanzó un escupitajo, miró a Jeremías en forma diabólica y prorrumpió en una carcajada estertórea.
-Ve vos Evaristo – dijo dirigiéndose a uno de los que le acompañaban- Amarrate con un mecate a este tullido, ahí dentro del rancho y zampale fuego. ¿Oiste?
-A sus órdenes, mi capitán – repuso el aludido echando pie a tierra y disponiéndose a cumplir la orden.
Las llamas se elevaron al cielo como una dolorosa queja. Mateo, desde la distancia, alcanzó a observar el espectáculo de las llamas presintiendo impotente lo ocurrido. Arañando la tierra con furia y desesperación, se derrumbó sollozante sobre los guijarros del camino.
Ese año, para las festividades de independencia, el nuevo director de la Escuela de Maestros anunció que permitiría cuatro horas de baile en el local del instituto, para celebrar las efemérides patrias.
Los estudiantes estaban felices y al mismo tiempo inquietos. Para ellos la fiesta constituía todo un acontecimiento, de modo que se entregaron con entusiasmo al arreglo del local. Colgaron guirnaldas de papel de colores en el cielo raso; alfombraron el piso de ladrillo con un manto de pino despicado, y los postes de los corredores interiores con ramos de pacaya y flores. Había una expectante ansiedad en los muchachos. La mayoría no sabía bailar, pero, en todo caso, esperaban la fiesta como una novedosa y excitante experiencia.
La noche del baile, desde muy temprano se arremolinaron frente al portón de entrada de la institución. El inspector Otero, vestido de riguroso traje negro y alisados con finura los bigotes estilo prusiano, llegó con suficiente antelación para recomendar a los jóvenes- por enésima vez-la forma en que debían comportarse.
-Sus padres estarán aquí –sentenció con voz grave- la sociedad les estará observando. De modo que compórtense con dignidad, poniendo en alto el nombre de su institución.
La mayoría de los estudiantes llegó a la fiesta vestidos con el uniforme diario: pantalón y chaqueta color gris de corte militar; camisa blanca y corbata negra de cuero, con nudo prefabricado. Brillante el lustre de los zapatos negros. El correaje cruzando el pecho en diagonal, bajando desde el hombro derecho hasta el cinturón, y sobre la cabeza el clásico birrete del mismo tono gris.
Héroes fueron para los estudiantes los condiscípulos que participaron activamente en la fiesta, especialmente Chemita Rusiñol y su acompañante Marita Méndez. Ellos eran, a juicio de la mayoría, los que mejor bailaban. Los comentarios proliferaban en el salón principal, en los corredores, en el patio interior y en las calles adyacentes. Y decían:
-Argensola es un gallazo ¿Viste como bailaba con Rina?
-A mí me parece mejor Chemita.
-Se fijaron que linda anda Rosa, la de cuarto curso, y anda bailando con Pancho ¡Hoy se muere Calandradas!
-Ese cantante que consiguió Gil Soto sí se las sabe todas, bien decían...
-¡Hey, vos, Temístocles!... ¿No tenés algo fuerte en tu casa?
-Depende los que sean.
-Sólo los del curso, en diez minutos vamos y volvemos, nos va a animar un riendazo.
-Apúrense pues, dicen que el papá de Chemita pagó otras dos horas de baile ¡Ojala sea cierto!
-Aligérense, pues... ¡El último es cuche!
Todo el resto del año se habló de la fiesta, aunque nuevos ritmos comenzaban a escucharse en los receptores de gran tamaño, excesivo adorno y escasa acústica adquiridos por los más adinerados del pueblo.
Mientras tanto, el zapatero Cleto Mayén escuchó preocupado las referencias que le hizo un antiguo cliente. Moviendo la cabeza en gesto de negación, su comentario tuvo el mismo contenido presagioso de siempre:
-En este pueblo veremos cosas increíbles... ¡Por Dios, tres veces Santo!
Libro: La ciudad que borró sus huellas, José Winston Pacheco
Imagen/Imágenes Google-galeriapuertadealcala.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario