ARTE DE PENSAR

sábado, 14 de enero de 2012

LA CIUDAD QUE BORRÓ SUS HUELLAS, Capítulo 16




El general Sambenito Gedeón dio orden que la Casa de Gobierno fuese pintada de negro, con ribetes rosados, los colores de su bandera. Sus allegados se apresuraron a cumplir, aún en contra de su voluntad. El edificio mostró  un aspecto deprimente.
   
Cierto día, el secretario Rómulo Toro entró con su puntualidad característica a recibir las órdenes del dictador. Era una mañana gélida y sombría. El diálogo fue parco.
    
-Dígame, Toro ¿Trajo ya el mayor Cardoza al director de El País?
   
-Si, mi general, ya lo tenemos aquí
   
-¿Dónde lo tienen?
   
-En los separos de la guardia, mi general
   
-¿Hizo Cardoza lo que le ordené?
   
-Al pie de la letra, mi general, el hombre sólo resistió diez vainazos con la verga de toro antes de desmayarse.
  
 -Se ve que es blandengue el fulano. Bien. Dígale a Cardoza que lo traiga a mi presencia, y usted me trae el asunto aquel del que hablamos ayer.
   
-Si, mi general, inmediatamente, mi general
   
Serafino Manauta, director de El País, entró poco después al despacho presidencial sostenido por los brazos, casi a guindas, por dos guardias de rostro ceñudo. El aspecto del periodista era verdaderamente deplorable.
   
-Aquí tiene al detenido, mi general, espero sus órdenes –exclamó el mayor Cardoza haciendo el saludo militar.
   
-Muy bien, mayor, espere en la antesala con estos dos números. El detenido se queda en mi presencia.
   
-A la orden, mi general – repuso Cardoza  saludando de nuevo y retirándose seguido por los dos guardias.
   
Sambenito Gedeón y Serafino Manauta quedaron a solas en el lujoso despacho. Con un gesto el presidente le indicó a Manauta un sillón colocado frente al escritorio.
  
 -Escúcheme, Manauta –dijo Gedeón con voz ronca, fijando en el periodista sus ojillos de fulgor metálico, casi imperceptible - ¿Sabe usted que puedo ordenar que lo ahorquen en este mismo momento?
  
 El periodista guardó silencio.
  
 -Le he hecho una pregunta, jodido, contésteme inmediatamente.
  
 -Usted tiene el poder – repuso Manauta con voz débil.
   
Una sonrisilla maléfica bailoteó en los labios del dictador.
   
-Hasta ahora le he permitido publicar papadas en su periódico sin tomar acciones contra usted, pero, explíqueme ¿Por qué esa campaña suya contra la concesión que mi gobierno está negociando con la Chacota Límited ¿Ah? ¿Acaso usted se opone a la prosperidad de este país?
  
 -Esa no es... una simple concesión, el pueblo tiene dudas de que..... haya algo turbio en el fondo. Yo sólo recojo la opinión popular –se atrevió a contestar Manauta.
   
-¡Pendejeretas! –Exclamó Gedeón con voz cavernosa, al tiempo que sacaba un revólver de una gaveta colocándolo sobre el escritorio en gesto claramente intimidatorio – Usted cree que sabe mucho ¿Verdad, Manauta? Habla del pueblo y yo no veo ese pueblo por ningún lado, lo que veo muy bien son los cabezas calientes como usted siguiendo consignas que conozco al dedillo, pero, por casualidad ¿Sabe cómo y cuándo va a morir? Ande, dígamelo a ver...
  
 -Eso... es potestad de Dios –balbució el periodista
  
 -Eso es potestad mía ¡Qué carajo! –barbotó el dictador olfateando el cañón del revólver, en tanto que la sonrisilla maléfica asomaba de nuevo a sus labios. Prosiguió:   

-Pero usted es un pobre infeliz con un poco de suerte ¿Sabe? Por cierto ¿Cuántos hijos tienen?
   
Ante la mención de su familia Manauta experimentó un estremecimiento involuntario. Se frotó los ojos con gesto nervioso.
   
-Tenemos... tres pequeños con mi esposa –respondió con acento casi inaudible.
   
-Tres pequeños ¿eh? Bonita familia. Estoy seguro que no quiere dejarlos huérfanos ¿verdad? No. Claro que no. Ni quiere ir a parar a la cárcel con su mujer por subversivos, dejando a los pequeños abandonados.
   
-¡No!... ¡no! Haga conmigo lo que quiera, a mi familia no la toque, se lo suplico –exclamó Manauta con voz quebrada.
   
-Aaah...suplica usted, je, je, je, veo que es como la mayoría de los periodistas: una recua de infelices que escriben papadas por interés o por miedo, pero a la hora de las verdades... vea –el dictador hizo una señal obscena al tiempo que oprimía un botón colocado en algún lugar del escritorio.
  
 Un momento después entró al despacho el secretario Toro, y a una señal del dictador, colocó sobre el escritorio una maleta de cuero de color negro, hizo una genuflexión y se retiró por donde había entrado.
   
Con estudiado gesto el dictador abrió la maleta deteniéndose un instante para observar su contenido. Manauta se revolvió en el asiento presa de creciente nerviosismo.
  
 -¿Sabe lo que contiene esta maleta? -inquirió Gedeón con tono monocorde.
   
-No... No tengo la menor idea –repuso Manauta.
  
 -Es algo que lo compromete mucho a usted. Es una colección de los editoriales que ha venido escribiendo en contra de mi gobierno, en clara incitación a la rebelión. Le voy a mostrar un ejemplo al azar.... veamos, éste...sí, éste. Veamos lo que ha venido repitiendo en su maldito periódico. Oiga, Manauta, óigase usted mismo y juzgue.
  
 El dictador afinó su mirada de lince sobre el texto y leyó en alta voz:“Al hombre verdaderamente patriota, le es imposible, por elemental razón de ética, adherirse, siquiera sea como simpatizante, al régimen del dictador Sambenito Gedeón. Al contrario, debe reclutarse en las huestes de los que luchamos por un gobierno libre. Nadie debe incrustarse en la costra odiosa y repugnante del dictador ensoberbecido que está asfixiando al país con su régimen de corrupción, inmoralidad y violencia”... y, para qué seguir. ¿Lo ve usted, Manauta? Ese solo párrafo lo condena a muerte. Además de un desacato insultante es un llamado a la rebelión ¡Carajo! Pero, dígame ¿Cree usted en lo que escribe? ¿En esto que acaba de escuchar?
   
El aspecto de Manauta era caótico. Parecía temer a una reacción imprevisible del dictador, rasgo característico de aquella personalidad tormentosa que él bien conocía. No obstante, sacando fuerzas de flaqueza, habló con el tono más firme de que fue capaz.
   
-Nunca he escrito... algo en lo que no creo
   
-¡Ah! De modo que es así. Veo que ya le salió lo machenque, me gusta... me gusta.
   
Y la reacción imprevisible se produjo cuando Gedeón agregó con voz pausada:
   
-Además de sus panfletos, en esta maleta hay quinientos mil pesos contantes y sonantes. Usted se va mañana con su familia para el extranjero. Este dinero es suyo, pero no lo quiero ver más en este país. Yo sabré que hacer con su periódico ¿Entiende?
  
Manauta  quedó demudado por la sorpresa. Parecía imposibilitado para articular palabra. Al fin balbució suavemente:
   
-Pe...Pero ¿Qué... qué pensará el pueblo si acepto su oferta? ¿Qué dirán de mi...y de El País?
   
-¡Pendejeretas! ¿O prefiere que lo mande a fusilar en este momento junto  con toda su familia? – Clamó furioso el dictador poniéndose de pie –Óigame bien, babosito, eso que  usted llama pueblo no es como  usted cree. El pueblo admira la fuerza, el orden, el poder, no se impresiona con palabrejas de un imbécil idealista. Agradezca que le dé esta oportunidad. Tome el dinero y haga lo que le digo, y voy a darle un consejo, no se meta en más problemas, tenga por seguro que al pueblo le importa un pito su maldita suerte, el pueblo... borra hasta sus propias huellas.
  
Pero el dictador estuvo errado por lo menos en su última apreciación. La noticia de la detención de Manauta provocó una reacción de iracundia popular como no se había visto desde hacía muchos años. En las cercanías de la Casa de Gobierno una  multitud desafiante lanzaba gritos, coreaba consignas, agitaba mantas, protestando contra el régimen. Lucio Manín y Manolito Cerén iban a la vanguardia.
  
Por una avenida vedada a la multitud, penetró una lujosa limosina ostentando un emblema diplomático y banderitas de una nación extranjera. Alertado por el secretario Toro de lo que parecía ser una importante visita al Palacio, el general Sambenito Gedeón dio orden de repeler la manifestación con la fuerza necesaria.
   
Ante la carga amenazadora de los guardias, la manifestación fue retrocediendo en grupos dispersos hasta disolverse en las calles adyacentes. En la avenida cercana a la Casa de Gobierno llena de escombros y pancartas dejados por los manifestantes, sobresalía un letrero pintado con grandes letras rojas: “El silencio del pueblo te acusa, tirano, tu fin está cerca”.


Libro: La ciudad que borró sus huellas, José Winston Pacheco
Imagen/Imágenes de Google/http://t0.gstatic.com





No hay comentarios: