ARTE DE PENSAR

viernes, 6 de enero de 2012

LA CIUDAD QUE BORRÓ SUS HUELLAS, Capítulo 14




Cuando Gil Soto regresó de amenizar con su conjunto musical las fiestas patronales de los poblados fronterizos, José Desposorio   le  tenía noticias verdaderamente sorprendentes: un extraño maleficio había caído sobre la casa de Encarno Oyala, desde el momento mismo en que decidió alquilarle unas habitaciones a los gitanos que llegaron con un circo, anunciando como principal novedad ser capaces de adivinarle el futuro al más descreído de los mortales.
   
-Vea, Gil... yo no he visto cosa parecida- sentenció José Desposorio con grave acento- Al pobre Encarno se lo llevó la trampa, esos húngaros son hijos del mero Satanás.
   
-¿Por qué lo dice, Joche?
   
-Se lo puedo jurar Gil. La mujer del dueño del circo era hermosísima, puso medio locos a un montón de gorgueras de por aquí, tanto, que muchos hasta abandonaron a sus pobres mujeres. Sólo vivían zampados en el mentado consultorio, porque debo aclararle que era ella la que adivinaba la suerte.
   
-¿Y el marido? ¿Qué vela tenía en ese entierro?
   
-Era un sujeto extraño de verdad, según dicen los que lo vieron, vivía encerrado haciendo sahumerios y quién sabe que otras diabluras. Muchos aseguran que tenían pacto con el uñudo, porque le adivinaban vida y milagro a cualquiera, y no vaya a creer que sólo del futuro, también del pasado. Oiga bien lo que le digo, Gil, sabían todo de todos, imagínese usted.
   
-¿Y por qué dice usted que la casa de Encarno se llenó de maleficio? –inquirió Gil con visible interés.
   
-Mire Gil, aunque no me lo crea, ahí se oyen cosas espantosas por la noche. Hasta al padrecito Ponciano lo sacaron con el pelo parado, cuando un grupo de rezadoras lo llevó para que echara agua bendita en esa casa ¡Dios guarde! ¿Y sabe como empezó la cuestión? Con la llegada del circo, esos húngaros engancharon a Encarno ofreciéndole un extraño pájaro que tenía la facultad de hablar, así como lo oye, pero no como hablan los loros, no vaya a creer. Ese animal pensaba y contestaba lo que le preguntaran, según dicen. El dueño decía que era un Axatlí, un nahual de los mayas, se lo ofrecieron a Encarno y él lo aceptó.
   
-Ah... lo aceptó. ¿Y qué pasó entonces? ¿No me vaya a decir que el pájaro habló con Encarno, Joche?
   
-Bueno... Encarno al principio no quería llevarse el animal, pero el húngaro lo convenció de que era un tesoro. Le aseguró que el pájaro era único en su especie, y que además, conocía el secreto guardado en la tumba de un gran rey indígena muerto hace no sé  cuantos siglos, y que en esa tumba estaba escrita la fecha exacta del fin del mundo.
   
-¡A la gran chucha!... es asombroso lo que me cuenta, Joche.
   
-Y eso no es todo. Dicen que Encarno quedó como hechizado, se llevó el pájaro metido en una jaula que él mismo construyó y la colgó de una viga en el corredor de su casa. Cuentan que se pasó noches enteras escuchando el extraño gorjeo del ave, tratando supuestamente de descifrarlo. Su carácter cambió del todo cuando una noche el circo se incendió, y los volatineros se agarraron entre ellos  a tiros y cuchilladas, culpándose mutuamente de ser los causantes del incendio. Hasta la adivina paró las patas. Sólo el dueño del pájaro se salvó.
   
-¿Y eso? ¿Acaso no se metió en el agarre?
   
-Según cuentan, el hombre le dijo a Encarno que el pájaro le había avisado desde muy antes lo que sucedería, recomendándole que mantuviera bajo la cama una enorme tinaja llena de agua. Dicen que el pájaro le dijo al sujeto que sentía olor a humo y que los ojos se le pusieron rojos como brasas. El hombre pudo salvarse cubriéndose con unas colchas empapadas. Se marchó de aquí sólo con lo que llevaba puesto.
   
-A la pucha, Joche, es increíble, simplemente increíble.
   
-Y eso no es todo. El comportamiento del pobre Encarno cambió tanto que comenzó a tener problemas con la mujer y los hijos. Ya no se le miraba por el pueblo, dicen que vivía encerrado leyendo un cachimbazo de libros raros que también le regaló el dueño del pájaro. Juana Concebida, la mujer de Encarno, contó después que a cada rato lo sorprendía hablando solo y haciendo extraños dibujos en el suelo y en las paredes de la casa. “Me decía siempre que andaba buscando el lazo”- contó Juana Concebida- “De manera que les dije a los cipotes que bajaran del tabanco un montón de riendas que dejó mi papá, ya difunto, y se las dejaran a la vista en el corredor, pero no les hizo caso. Un día me ordenó que no le pusiera sal a la comida, y que todos los martes a media noche nos levantáramos a hacer un gran sahumerio de cardo santo, ruda y ciprés en medio del patio, toda la casa se llenó de un tufo horrible”.
   
-¡Que hijo del vicio tan loco! –Comentó Gil sonriente- No hay duda que perdió la chaveta.
   
-Ah, y espere que le siga contando, mi estimado Gil. Dice Juana Concebida que una mañana se levantó aparentemente tranquilo, pero de presto les dijo a todos: "Ya me falta poco para hallar el lazo, pero eso sí, todos debemos ayunar una semana... y nada de rezos en esta casa”. Ante aquella orden, Juana Concebida decidió marcharse con los cipotes para la casa de su mamá, dispuesta a no volver. Pero cuando Encarno se dio cuenta de que se marchaban, se enfureció tanto que agarró una rienda que siempre cargaba en la cintura y salió a la calle persiguiendo a su familia, gritando que iba a azotar a todo el que se le pusiera por delante. “Ahrimán se los ha ganado – dice Juana Concebida que gritaba- Pero yo se los voy a sacar a cinchazos, como hizo Zoroastro con el maldito Aristóbulo que lo engañaba”.
   
-Pobre Juana Concebida ¿Y qué pasó después, Joche? ¿Dónde se encuentra Encarno ahora?
   
-La última vez que lo vimos fue durante una concentración política. Apareció de improviso, abriéndose paso a codazos entre la gente. Se encaramó a la tarima y le arrebató la bocina al candidato cuando iba a hablar. Parecía el mismísimo demonio. Vociferó de una manera que lo escuchó todo el mundo, no se me olvida lo que dijo: “Ahrimán les ha ganado la partida, hijos de perra, pronto sobre este miserable pueblo van a venir bandadas de pájaros de hierro, echando fuego por la trompa y el trasero, y van a oír lenguas extrañas, y van a obedecer como perros sarnosos a los fuereños. Los que tengan hijas vayan socándoles la rienda, porque los extraños las agarrarán hasta por la jeta con el contentamiento de ellas. Y ustedes serán sin ser y estarán sin estar ¡Hijos del caite!” 

Luego, un piquete de guardias lo bajó del estrado a puros culatazos. Dicen que se lo llevaron por cordillera a la capital, para encerrarlo en el manicomio.
   
-¡Pobre Encarno, en lo que vino a parar! –comentó Gil con acento de pesadumbre.


Libro: La ciudad que borró sus huellas. José Winston Pacheco
Imagen: Imágenes de Google/fotocommunity.es

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