ARTE DE PENSAR

lunes, 2 de enero de 2012

LA CIUDAD QUE BORRÓ SUS HUELLAS. Cap. 13





Entretanto, Lucio Manín y su amigo Manolito Cerén volvieron a encontrarse en Puerto Cimbalero, la capital, cuando aún no se cumplía la extraña sentencia proferida por Agustín “Barbas de cabro” Tróchez, unos instantes antes de morir.
   
En efecto, Agustín había balbuceado con tono de iracundia: “¡Por Dios, tres veces Santo! Voy a salir de mi tumba convertido en un millón de avispas “guitarrones”, para volver locos a chuzazos a los que me robaron mis bienes, desde los magistrados hasta el último conserje”.
   
Lucio y Manolito eran compañeros en la Universidad, aunque estudiaban diferentes carreras. Al encontrarse aquella vez, comenzaron a hacer remembranzas de sus tiempos en la Escuela de Maestros de Opamane Chago. Recordaron el día en que Lucio fue expulsado del establecimiento porque conociendo la tunantería del inspector Peñaranda, pese a la imagen de hombre serio que se esforzaba en proyectar en la comunidad, decidió jugarle una broma cruel durante un acto social que se verificaba en el plantel educativo.
  
 En esa ocasión, Peñaranda bailaba animadamente con Gladis Rusiñol, y había dejado sobre una mesa esquinera un refresco a medio beber. Lucio aprovechó la circunstancia para derramar en el refresco, en forma disimulada, un extraño polvillo que un forastero le enseñó a fabricar. El inspector, una vez concluida la melodía, retornó a su asiento y olvidándose de los buenos modales, bebió el refresco hasta el último sorbo. La marimba de Gil Soto comenzó en ese momento a ejecutar uno de los últimos ritmos de moda, y Peñaranda, con estudiada galantería, condujo a Gladis al centro del salón ensayando unos pasos que despertaron la admiración de los presentes. Lucio, entretanto, había salido subrepticiamente al corredor interior y observaba la escena a través de los ventanales con traviesa expresión.
  
 No había pasado ni un minuto del movido ritmo, cuando Peñaranda se detuvo como electrizado, llevándose instintivamente las manos al trasero. Acto seguido, emprendió veloz carrera en dirección a la salida, abriéndose paso a codazos, en medio de una sonora y repelente ventosera que arrancó un torrente de rechiflas, insultos y carcajadas de los circunstantes. Gladis, en tanto, casi se desmaya por la vergüenza.
  
 Al día siguiente el atribulado mentor presentó su renuncia, al percatarse que los chagueños le habían perdido el respeto. Para colmo de males, su padecimiento se volvió crónico, como si la presencia de las personas se lo agravara en forma sicológica; de modo que se hallaba imposibilitado hasta para realizar la más sencilla diligencia fuera de su casa, debido a la nada grata sonoridad que emergía de sus intestinos en forma incontrolable. Y una noche, sin dar aviso a nadie, abandonó para siempre el poblado.
   
Pero la acción de Lucio no permaneció oculta por mucho tiempo. Carmelita Hinojosa, la compañera de estudios que lo amaba en secreto sin recibir del muchacho  la menor señal de correspondencia, había presenciado la acción, y llevada por el despecho, puso en antecedentes al director Redondo, quien convocó de inmediato un consejo de profesores y Lucio fue expulsado sin contemplaciones.
  
Puerto Cimbalero era por ese entonces un hervidero de pasiones, ambiciones encontradas y ocultas zancadillas, todo ello hábilmente disimulado bajo los aplanchados ternos de los caballeros y los rasos y tules de las damas pertenecientes a las elites económica y política.
   
Lucio y Manolito entraron al exclusivo “Oro club”, establecimiento preferido por la clase gobernante para disipar sus ratos de ocio. Ocuparon una mesa situada estratégicamente en una esquina del salón principal. Mientras sorbían los tragos que le pidieron al mozo, observaron con fingida indiferencia cada detalle del lujoso centro de diversión. De pronto, Manolito rompió el silencio:
   
-Sabes, amigo, a veces tengo la impresión de que la vida es como una espiral en la que unos van ascendiendo mientras otros, la mayoría, van guindo abajo...
   
-Yo he pensado lo mismo –repuso Lucio con voz metálica- Y seguramente muchos han pensado igual antes que nosotros.
   
-Si, con toda seguridad así ha ocurrido.
  
En ese momento, un jovenzuelo vestido en forma estrafalaria comenzó a interpretar una canción de moda, al tiempo que entró en acción un juego de luces que dio a la escena un matiz impresionante. El cantante se acompañaba arrancando a su guitarra eléctrica acordes extremadamente agudos y sostenidos. Y decía:

Óyeme, vida
Quiéreme, te pido
Sólo un segundo entre
Los millones del tiempo.
Déjame aprovechar ese segundo
Mientras reina el caos.

Se escucharon aplausos entusiastas, gritos, lamentos histéricos de numerosas jovencitas que pugnaban por acercarse a la rotonda en la que el cantante hacía su espectáculo. Una muchacha  como alucinada comenzó de pronto a contorsionarse  por el centro de la pista de baile.
El cantante continuó:

Desnúdate, muchacha,
Arráncate la blusa, la falda,
El corpiño y la braga.
Mientras la vida va pasando
Y se enloquece el perro mundo
Con ellos voy a hacer una bandera.

   
Lucio no apartaba la mirada de la barra. Sus ojos se esforzaban por penetrar la penumbra y adivinar siluetas y gestos de los circunstantes. De pronto, iluminado el rostro, dijo con acento monocorde:
   
-Veo que aquí frecuenta mucho mafioso de cuello blanco, me lo imaginaba.
   
-¿Has visto a alguien en especial? –inquirió Manolito con interés.
   
-Junto a la barra, a la derecha, en medio de dos gatitas de uñas y colmillos afilados. ¡Pura basura! Sus pellejos no valen un centavo.
   
-Los conozco – dijo Manolito con acento agrio- Son los clásicos tipos arribistas y genuflexos. Esos que están ahí son protegidos del general Sambenito Gedeón, el que fue lugarteniente de Moscoso y le guardó fidelidad mientras le convino, luego le dio el cachimbazo.
   
-Lo terrible es que esa clase de pícaros nunca caen del todo. Se protegen unos a otros porque se conocen las leperadas, los negocios turbios, los desmanes que hacen desde el poder.
   
-Si. Y si alguien se atreve a acusarlos piden pruebas, sabiendo que no han dejado rastro, pero, sobre todo, confiando en que controlan los tribunales de justicia cuyos miembros son nombrados por ellos.
   
-Pero el pueblo los conoce, sabe de sus sucios manejos –sentenció Lucio, sin apartar los ojos de la barra.
   
-Vos recordás el caso en que se vieron envueltos los dos que están ahí junto a la barra, pero ¿qué harías si te pidieran pruebas?-inquirió Manolito
   
Lucio sorbió un trago de su bebida.
   
-Es cuestión de lógica simple –repuso con voz firme- Explicame, por ejemplo, como hace un individuo que ha vivido en la pobreza para aparecer de pronto dueño de fastuosas mansiones, lujosos automóviles o negocios millonarios, codeándose con los altos figurines de la política y la sociedad, y todo en tiempo récord. Aquí en nuestro país esa situación tiene una explicación sencilla, la mayoría de las veces ¿No crees?
   
-Por supuesto –asintió Manolito- Seguramente eso se logra participando en algo turbio, en alguna chanchullada de pícaros.
   
-Claro. Y te diré en qué clase de chanchulladas, ve  y toma nota, son expertos traficantes de influencias políticas o explotadores del vicio y la corrupción. Nadie que no tenga contactos poderosos puede convertirse de pronto en potentado, en un país como este que ha sido una hacienda privada, donde el poder y el dinero han estado hasta hoy reservados a elites intocables.

 Manolito quedó pensativo un instante luego de escuchar a su amigo.
   
-¡Aja!- exclamó de pronto- Ahora lo recuerdo. Esos dos son los que se vieron implicados en un escándalo hace como tres años. Recuerdo que uno de los periódicos tuvo el valor de denunciarlos.
   
-El País....El país los denunció, tenés razón, pero le pusieron el bozal. ¿Te acordás? El asunto fue llevado a los tribunales. Una patarata, los jueces dijeron que no hubo testigos ni pruebas del delito, y absolvieron a los culpables. El País misteriosamente nunca volvió a referirse a ese tema ni a otros parecidos – puntualizó Lucio con cierta amargura en el tono.
   
Aplausos ensordecedores llenaron el salón. Los gritos de las emocionadas jovencitas continuaban acompañando cada gesto y contorsión del cantante.
   
-Sugiero que nos vayamos –dijo Lucio – la verdad es que no me agrada estar en medio de tanta porquería.
   
-De acuerdo, pero no olvides que el país entero se convertirá en un muladar si no hacemos algo pronto.
   
Dejaron unos billetes sobre la mesa y salieron en silencio. Afuera, la noche parecía ahogar con su oscuro abrazo a Puerto Cimbalero.


Libro: La ciudad que borró sus huellas José Winston Pacheco
Imágen: Imágenes Google/www.elexpress.com

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