No hubo elecciones en el país. El general Iñiguez dejó el poder cuando la mayoría de comandantes regionales brindó su apoyo al general Sambenito Gedeón, quien asumió la jefatura de gobierno. En Opamane Chago los ancianos continuaron deshilachando sus recuerdos: “El general Zenón Moscoso fue el único que impuso la paz con mano de hierro, no estos cobardes, ensuciados”.
Al subir el partido de la bandera franjeada adicto a Gedeón, cayó de su pedestal Mardoqueo Menoyo. Veinte años había durado su mandato como jefe expedicionario, dueño y señor de caminos seculares. Satisfecho con su situación y creyendo que sería eterna, no supo discernir el momento de entregar el mando y retirarse voluntariamente a vivir sus últimos años, con la ominosa tranquilidad proporcionada por sus bienes malhabidos. Sólo sabía que le iba muy bien por las rancherías y poblados fronterizos, en donde a sangre y fuego había impuesto su voluntad como ley. Él, como tantos otros antes y después, se había obsesionado con el poder y no concebía la vida sin ostentarlo.
Dada la nueva situación, ya no se le volvería a ver con el sombrero Stetson ladeado, lustrosas las polainas, el uniforme nítido, amenazante el revolver del calibre 45, y el sable colgando garbosamente de su flanco izquierdo. Hoy –el hoy para Menoyo es sombrío y terrible- ha tenido que emplearse como barrendero en el Centro Medico del doctor Flamenco. Armado de escoba y estropajo, viejo y cansado, lucha por no morir agarrándose de la existencia con manos temblorosas y mirada borrosa. Los días, los de entonces, agonizan en Opamane Chago y Mardoqueo agoniza con ellos. Nada queda del caudillo cruel y libidinoso de antaño. Escondido, receloso, tiembla ante los fantasmas de los inocentes que decapitó, y se angustia por el temor de encontrarse con los parientes de las doncellas que deshonró en sus andanzas por la serranía. Y poco a poco, el esmirriado hombrecillo de hoy se va sumiendo en el desconcierto y el olvido.
-“Desde Washington se informa: lograda la victoria, se prepara ahora una reunión de plenipotenciarios para firmar un acuerdo de defensa intercontinental”.
Un grupo de estudiantes de la Escuela de Maestros, penetró al plantel en altas horas de la noche rompiendo pupitres y cátedras, y desparramando libros y papeles por los corredores. A punta de zapapico destrozaron también el muro de adobe que dividía el patio interior en dos secciones, destinadas a hacer gimnasia con división de sexos.
Al día siguiente los maestros leyeron con estupefacción el enorme letrero escrito con pintura roja en la pared de la dirección que daba hacia la calle: “ABAJO LA DICTADURA. LOS ESTUDIANTES ESTAMOS EN HUELGA. FUERA LA ARBITRARIEDAD ”.
En Opamane Chago la calma se rompió aquel día. Patrullas armadas recorrieron las calles leyéndose bandos amenazantes conminando a los padres de familia a enviar sus hijos a clases. Fue imposible. Los comentarios cargados de asombro por la audacia de los jóvenes, proliferaban en las casas como en los lugares públicos.
-Dicen que van a expulsar a los revoltosos
-El primero será Roldan Menjivar, sin duda alguna
-También Pio García...
-Con Tito Vallejo no podrán, ese jodido preferirá morir, salió ídem al tata...
-Dicen que ya agarraron a Osanio y lo llevan amarrado por cordillera...
Era algo natural y lógico en el pueblo. Ante aquellos sucesos nunca antes ocurridos, abundaban las especulaciones. Cada uno inventaba algo, como para darse importancia al contarlo a los demás presumiendo de tener informaciones que los otros ignoraban, y algunos con el íntimo deseo de que la situación hiciera crisis.
Roldán Menjívar no había nacido en época de golondrinas, ni de geranios en los patios, ni de velorios con luna llena. En cierta forma sus compañeros lo consideraban un hombre de otra época. Lo querían y admiraban a más no poder, sobre todo porque en las veladas culturales siempre estaba dispuesto a declamar versos extraordinarios, o a decir fogosos discursos, citando con propiedad pensamientos célebres de Nietzche, Musset o Shakespeare.
Fue el primero en desaparecer del pueblo después de una manifestación efectuada por los estudiantes en la Plaza de Armas. En esa ocasión Menjívar declamó, con enardecido fervor, un poema de Tito Vallejo que decía:
Dicen que soy estudiante
Esperanza del futuro
De este país inseguro
Sólo soy un militante
Llevo en mi pecho flameante
De la justicia el ideal
Mi pueblo sufre del mal
Del feroz sometimiento
Más surgirá del lamento
La protesta general.
Siempre me están exigiendo
Buenas calificaciones
Y un mundo de corrupciones
En mi derredor voy viendo
Pero hay un eco surgiendo
Desde el alma popular
Comenzó siendo canción
Y nació en la serranía
Y será en el nuevo día
Un himno de rebelión.
Si levanto mi bandera
Como Sucre o Morazán
Hay mil pícaros que van
Siguiéndome como fiera
Con el pueblo mi bandera
Alzo a los vientos, bravía
Caerá la tiranía
Con la lucha y el tesón
Y alumbrará la nación
El alba de un nuevo día
Ya lo decía Martí
Allá en su país lejano
Martí, el de la franca mano
Como las manos de aquí
“Yo quiero cuando yo muera
Sin Patria, pero sin amo
Pongan en mi tumba un ramo
De flores y una bandera”
Y aunque parezca quimera
Como estudiante consciente
Quiero lo que el Héroe siente
Mi Patria libre y sincera.
La multitud estalló en aplausos estruendosos cuando Roldán Menjívar terminó su declamación, pero unos instantes después, un destacamento de guardias irrumpió en zafarrancho de combate disolviendo la manifestación a culatazo limpio. La consigna que llevaban era drástica: “No hay que andarse con pendejeretas. Al mamo el que se subleve de esos hijos de puta”- Había sentenciado furioso el comandante.
Roldán Menjívar desapareció después de aquellos acontecimientos. Muchos lo daban por preso o acaso muerto por la autoridad. Y decían: “Es muy chúcaro el cipote y tiene fibra de caudillo, no lo dejarán llegar muy lejos”.
Pero no, Roldán Menjívar no había muerto, ni lo lograron apresar como seguramente deseaban. Ayudado por unos labriegos logró escapar en medio de la desbandada ocasionada por los guardias. Se le volvería a ver hasta muchos años después cuando regresó, más recio y decidido, repartiendo panfletos en el mercado, por las calles y hasta en las veredas de Opamane Chago, exigiendo un régimen de verdadera democracia.
Libro: LA CIUDAD QUE BORRÓ SUS HUELLAS, José Winston Pacheco.
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