ARTE DE PENSAR

viernes, 16 de diciembre de 2011

LA CIUDAD QUE BORRO SUS HUELLAS Capitulo 11


En Puerto Cimbalero los hombres continuaron ignorando el tiempo, o acaso persiguiéndolo, como si ello fuese posible. En el parque “Prosperidad” cuatro jóvenes discutían el significado de unos versos de Vallejo, el poeta peruano, que acababan de leer: “Vámonos cuervo a fecundar tu cuerva”
   
Uno de los contertulios, delgado y de rostro macilento, sentencio de pronto:
   
-Estos poemas de Vallejo son complejos y a ratos lapidarios. Fíjense, por ejemplo, en estos versos: “Hay golpes en la vida, tan fuertes yo no sé/ golpes como del odio de Dios, como si ante ellos / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma...yo no sé.”
   
-Tienes razón –intervino otro de los jóvenes- Dios no puede sentir odio. Parece un contrasentido, o insinuar que el bien y el mal tienen el mismo origen.
   
-Vallejo debió sufrir mucho –terció un tercer contertuliano- Dicen que hasta robó gallinas para marcharse de su país. Para mí eso que acabas de leer, ese repetido “yo no sé”, parece una intuición profética, el poeta intuye que Dios odia el odio entre los hombres.
   
Aquellas disquisiciones continuaron hasta la hora en que, en el cercano cuartel,  el corneta emitiö el enigmático toque de silencio.
   
En Opamane Chago se comenzó a hablar de las elecciones convocadas por el presidente Iñiguez. En el pueblo hablar de política era una costumbre inveterada, como la de beber chicha o construir viviendas con corredores volados, sostenidos los artesones con cuartones de roble que se volvían piedra, según aseguraban, al paso de los años.
   
Pero hablaban de la política que habían practicado por centurias, y que debía ser buena porque a muchos les había resuelto fastidiosos problemas personales, pero, sobre todo, por las pingues ganancias que les había dejado a algunos caciques del pueblo, señorones de estima, decían; y en menor medida a sus más cercanos acólitos. Es cierto que había que acudir lisonjeramente ante los mandamases, plantearles a ellos las necesidades grandes o pequeñas, y a veces sufrir defraudaciones y hasta humillaciones, pero eso se tomaba como regla del juego. “Los escrúpulos valen un comino –sentenciaban algunos- Vale el poder y la influencia que estos hombres tienen, y si le resuelven a uno el problema que les plantea, no importa si para resolverlo cometen dolo, o deshonestidad, no importa. Estos carajos son impunes, todo lo tienen controlado.”
   
Hablaban de política en las plazas, en las oficinas, en los conciliábulos familiares o en las tertulias callejeras, en fin, el tema era obligado desde la hora tempranera en que Hilario Cuchilla iba a desollar las reses en el rastro.
   
Cuando llegó al pueblo Emmanuel Bogronde a servir clases de francés en la Escuela de Maestros, comenzó él también a hablar de política. Pero les decía que en países más adelantados la política se hacía de manera diferente. Se practicaba una democracia real, no sólo de nombre y les instaba a hacer lo mismo en Opamane Chago.
   
-¿Democracia? ¿Y cómo entiende usted eso, Bogronde?- inquirió M.J. Martínez, regidor primero del municipio.
   
-Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, como decía Lincoln- repuso el aludido.
   
-¿Lincol...? No sé de quien nos habla. Pero vea, Bogronde, aquí mejor ni bostique palabra. Este lugar es jodido, vea no lo traben los gorgueras, yo se lo aconsejo porque lo aprecio.
   
En lo álgido de la campaña electoral –época de insultos, triquiñuelas y  agresiones indiscriminadas- Máximo Meza, conocido labriego del pueblo, desapareció sin dejar rastro. A petición de sus familiares, Mardoqueo Menoyo destacó varias patrullas en su búsqueda sin resultado alguno. Sin embargo, unos días después unos niños que cortaban leña en un bosque cercano, encontraron el cuerpo de Máximo flotando rió abajo, todo hinchado y pestilente. Por las rancherías cundió un pánico supersticioso ante aquel suceso. Nadie se explicaba si el hombre había sido asesinado porque se negó a venderle a Menoyo una vaca que a éste le gustaba, o porque el difunto le había puesto al animal el nombre de “Democracia”. Lo cierto es que a partir de entonces todos miraban con recelo a los que pronunciaban esa palabra. “Dios guarde –decían- eso es obra del maligno”.
   
Emmanuel Bogronde recibía frecuentemente cartas de Londres, Paris y Washington, y regularmente le llegaban paquetes con fotografías de gran tamaño, sobre acciones de guerra en los frentes de Europa o África. Bogronde las distribuía entre los lugareños, aprovechando la circunstancia para hacer campaña a favor de las fuerzas aliadas. Los campesinos las utilizaban para forrar mamparas o cubrir rendijas en las puertas, evitando que el frío se colara en las viviendas. Casiano Meza adornó su habitación de bahareque con una variedad de fotos de aviones Lightning P 38 y B 25 Marauder, en acciones de bombardeo sobre Ploesti y sobre instalaciones fabriles en las márgenes del Ruhr.
   
Tarde con tarde, Bogronde llevaba al quiosco del parque central un enorme radio eléctrico de bulbos, que su padre le había enviado desde Estados Unidos. En el pueblo los entendidos habían hecho funcionar una turbina movida por la vertiente del cerro Dunas,  y en las plazas y en algunas calles y viviendas disponían de electricidad. Lo malo era que la turbina se descomponía con frecuencia y tardaban bastante tiempo en repararla.
   
Cuando Bogronde instalaba su radio en el parque, una gran multitud de lugareños se congregaba para escuchar los noticieros vespertinos:
   
-“Desde Londres transmitimos su noticiero en español dirigido a América Latina y el Caribe. Bombas voladoras del tipo V-2 arrasaron este día importantes sectores comerciales de Coventry. La Real Fuerza Aérea, en rápido contraataque, dio buena cuenta de más de cincuenta aparatos enemigos cuyos restos yacen en las campiñas cercanas al peñón de Dover. El Eje desconoce nuestra entereza. ¡No pasaran!”

Libro| La ciudad que borro sus huellas| Jose Winston Pacheco
Imagen| http://fotosantiguashonduras.blogspot.com/

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