
Desbordaba la tarde con precipitación. Federico de la Traba tuvo la corazonada de que el problema en la fábrica estaba a punto de hacer crisis, pues había tomado derivaciones peligrosas en las últimas horas.
Decidió regresar a la fábrica, pero unas cuadras antes de llegar divisó a Agustín “Barbas de cabro” Tróchez, quien junto a un grupo de iracundos obreros, marchaba también en dirección a la fábrica blandiendo amenazadoramente teas y garrotes. Bajó del automóvil y le gritó al vagabundo:
-Agustín ¿Qué hace usted aquí? ¿Qué demonios le ocurre?
-Apártese, de la Traba , abra paso...! Maldita fábrica! –fue la respuesta del aludido.
-Cálmese, hombre, váyase de aquí ¿No se da cuenta de que es peligroso lo que hace?. La policía no tardará en llegar, ya deben tener aviso del conato de motín. Escúcheme...corre peligro.
Los ojos de Agustín flameaban por la furia. En eso comenzó a llover. Fuego y agua en Puerto Cimbalero. A poco, ríos eran las calles y las plazas lagunas; los edificios, extrañas moles extáticas. La noche se precipitaba como manto undoso sobre la capital.
Sin embargo, el número de antorchas aumentaba a contrapelo del agua. Un áspid gigantesco, las llamas comenzaron a lamer las paredes del plantel principal de la fábrica, muy cerca de los grandes tanques de fermentación. En Alameda 6, una manada de perros en celo orinó el reluciente automóvil de Polo Pasarello, prominente accionista de la fábrica, cuando presa de furia y nerviosismo intentaba abordar el lujoso vehículo. El magnate, contrariado en extremo, dio un fuerte puntapié a uno de los canes obligándolo a alejarse en medio de aullidos lastimeros..
La situación se tornaba crítica. Los teléfonos estaban cortados. Uno de los jerarcas de la fábrica le dijo a Federico de la Traba que fuera personalmente a la Jefatura de Policía en procura de más efectivos. El abogado enfiló su vehículo por la zona de los muelles para abreviar distancia. Por esa zona el bullicio alcanzaba ribetes orgiásticos. Cerca del bar “Marinero feliz”, escuchó los retumbantes sones negroides mezclados con el silbido melancólico de las flautas de sabor indiano. Los braceros y marinos apagaban su tedio con la música, aturdían sus sentidos con brebajes ordinarios, compraban caricias de hetairas baratas, comerciaban con barajas y revistas obscenas, con filtros supuestamente afrodisíacos. El sexo hincaba sus colmillos en las carnes tostadas por los ardientes soles de remotas geografías.
En el salón “Gaviota”, el abogado observó como los parroquianos abarrotaban el local, algunas parejas bailaban en las aceras y hasta en mitad de la calle. Tuvo que frenar el coche para no embestir a un grupo de mirones que, con palmoteos y contorsiones, hacían rueda a una pareja de negros que bailaba sicopáticamente. Les gritó que despejaran el camino haciendo sonar la bocina del auto con insistencia, pero todo fue en vano. En medio de su contrariedad reconoció con sorpresa al bailador, era Juanucho Vera, el famoso cocinero de las fincas del litoral, y quien trabajó para su padre en tiempos acaso más felices pero indefectiblemente ya lejanos. Como en un maremagno escucho las notas provenientes del salón “Gaviota”: “Pilá, pilá, pilandera, te traigo maíz canela. Pilá, pilá, pilandera, ya viene la Noche Buena ”.
Tuvo que abrirse paso haciendo unos disparos al aire. Le llevó bastante tiempo retornar a la fábrica, y cuando lo logró, notó que las calles de acceso estaban extrañamente despejadas y silenciosas. Sin embargo, en un sitio poco alejado yacía Agustín malherido, rodeado de un disperso grupo de protestantes que trataban de asistirlo en medio de expresiones de furia y temor. Sin meditarlo, Federico bajó del coche y se acercó al herido.
-Agustín... se lo dije, debió marcharse- clamó el abogado
-¿Mar..charme?...marcharme dice usted. Y.. ¿y dejar lo mío?...lo que me costó tan...to. ¡Jamás! ¡Jamás, de la Traba!..¡Jamás!- balbució Agustín con tono ronco y entrecortado.
-¿Lo suyo? ¿Qué se supone que trata de decir? En verdad, no lo entiendo –interpeló el abogado visiblemente extrañado.
-Tie...ne...tiene razón. Usted no estaba entonces, pero es... es abogado y...y comprende estas cosas. Yo...yo...soy el dueño legítimo de estos terrenos de la...la fá...brica. Me...me despojaron de ellos. Una jugada sucia porque no quise dar di...nero para la reelección del dictador Iñiguez ¿Com...prende? Usted es...es un hombre bueno. No... manche su con..ciencia, no tra...baje con esos bandidos. Yo...voy a morir. No importa, es...es lo mejor.
-Cálmese, Agustín, no se esfuerce en hablar, lo llevaré a un hospital.
El vagabundo esbozó una sonrisa
-Ve...como tengo razón. Conozco...a las per...sonas tan sólo con ver...las. Usted...debe renunciar. No se... se contamine.
Sujetando con fuerza los brazos del abogado, Agustín emitió un prolongado suspiro antes de quedar inerte.
Al día siguiente, Federico de la Traba renunció a su cargo en la compañía.
Al día siguiente, Federico de la Traba renunció a su cargo en la compañía.
Libro; La ciudad que borró sus huellas José Winston Pacheco
Imagen; Imágenes de Google| extincion-de-fuego.blogspot.com
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