ARTE DE PENSAR

martes, 6 de diciembre de 2011

LA CIUDAD QUE BORRÓ SUS HUELLAS. Capítulo 9




Millas al norte, en la capital, comenzó a llover. Lluvia pertinaz y molesta la de Puerto Cimbalero. Gente presurosa por las calles, buscando afanosamente el abrigo de un pórtico o un alero para guarecerse. Contados automóviles de modelos antiguos, lanzando sobre las aceras torrentes de agua lodosa y pestilente. Ebrios y mendigos derrumbados junto a las paredes, con la mirada yerta, clavada en un cielo de color plomizo, soñando con la nada.

Puerto Cimbalero, la capital, pueblo bullicioso para su época: “Lo bueno nos viene del mar”, comentaban sus habitantes. Mar yodado, verde oscuro, mar prolífico, pero.... la injusticia con su terrosa palidez caminando del brazo de la indiferencia, deteniendo sus pasos cotidianamente frente a los incinerarios de las fabricas, o en los arrabales, barrios basura, donde hurga la gente con desesperación en procura de un desperdicio para calmar su hambre.

Mientras caía la lluvia la ciudad quedaba desierta, y, cosa extraña, entonces parecía más humana, como si el alma le aflorara limpia de miserias y pecados.

El mar, en cambio, parecía poseído de instintos criminales o lascivos, como si anhelara desbordar sus límites y adentrarse en la ciudad como torrente incontenible, arrasando lo mismo los barrios exclusivos que los tugurios del suburbio. “Mar bravo”, decían algunos, impresionados por el violento oleaje. “No, mar brava, es mujer y está en celo”, sentenciaban otros.

En una breve escampada, un perro callejero de lanas moteadas se detuvo a sacudirse la mojada pelambre en medio de la calle, luego, con la cola baja, continuó su camino sin rumbo con la jeta entreabierta y la lengua de fuera. Al poco rato se escuchó un aullido lastimero, al ser atropellado el animal por un veloz vehículo que lo dejó despanzurrado en mitad de la calle.

Fue en esa ocasión que el abogado Federico de la Traba , entabló una inusual amistad con Agustín “Barbas de cabro” Tróchez, un pobre vagabundo que parecía envuelto en una rara aureola de misterio, y quien había convertido en su refugio un recodo de la Escuela de Artes.

Federico estaba tratando de capear la tormenta muy cerca de Agustín, cuando el vagabundo en forma repentina inició la plática:

-¿Quiere usted charlar?- inquirió con voz ronca- Puedo asegurarle que este es el mejor lugar para armar una plática mientras cae un aguacero como este.

-No lo dudo –repuso el abogado, un poco sorprendido por la locuacidad del hombre- Será un placer charlar con usted mientras pasa la lluvia. Me llamo Federico de la Traba , soy abogado.

-¿Abogado, eh?...!Jodida profesión!, no ofendiendo lo presente. Yo soy Agustín, simplemente, y conozco este pueblo y a su gente mejor que a mis propias manos.

Raudo, dejando tras de sí una espesa estela de humo negro, pasó frente a ellos un autobús destartalado con una leyenda ilegible en ambos costados.

-Ese se detiene una cuadra más abajo –señaló Agustín gravemente- Es gente que anda siempre a la carrera, como si quisiera ganarle la carrera al tiempo y agarrar la vida por las greñas. !Jaa! Esa gente viene de la colonia San Hilario Extramuros.

-¿San Hilario Extramuros?...pero esa es una zona exclusiva, de gente adinerada. No usan transporte colectivo.-replicó el abogado visiblemente extrañado.

-Amigo mío, no es lo mismo ser que parecer. Ahí también hay gente como uno, o peor que uno, aunque no lo parezca.

-¿Conoce usted esa zona?- inquirió el abogado sorprendido por la aseveración del vagabundo.

El hombre guardó silencio un instante como ordenando sus ideas. Movió la cabeza de un lado a otro, y su voz al hablar sonó extrañamente hueca, como si saliese de un foso.

-Mire amigo, yo conozco a las personas tan sólo con mirarlas. Usted es un buen hombre y voy a hacerle una confesión. San Hilario Extramuros !Jaa!, ahí tuve mi mundo y me lo destruyeron. Ahora...ahora sólo me esfuerzo en olvidar, aunque no lo consigo. Le repito, las cosas no son como parecen-concluyó Agustín con acento enigmático.

La compañía Tamarin Kola dio inicio a una gran promoción publicitaria, previa al lanzamiento de un nuevo producto al mercado. Se ofreció un cóctel a dos centenares de personajes en un exclusivo hotel de la localidad, y se pasó un filmado en el que aparecía un caballo andaluz haciendo cabriolas en un redondel. Graderías llenas de gente sonriente y satisfecha de la vida. El caballo cargaba sobre sus lomos un gracioso perro dálmata que, en determinado momento, daba un ágil salto, atravesando un aro de fuego y cayendo justamente junto a un tarro de ron. Seguidamente, un atractivo sujeto de facciones viriles, después de acariciar la cabeza del perro, se servía un generoso trago de licor sorbiéndolo con deleite y diciendo luego con estudiado acento: “Le invito a tomar Tamarin Kola, tipo ron. Una mezcla regia. Súmese al círculo de los que tienen lo que quieren”. Casi de inmediato aparecía una hermosa chica de mirada provocativa, vistiendo ropas muy ligeras que dejaban al descubierto la bella anatomía de sus formas, y tomando de la misma copa que el hombre, expresaba con sensual acento: “Él tiene lo que quiere, cuando lo quiere. ¿Y usted?”.

Al concluir el filmado, en el lujoso salón se escucharon estruendosos aplausos, risas satisfechas y estrechones de manos. Como es de suponer, al día siguiente hubo profusión de reportajes sobre el evento, publicados a toda página en los dos diarios de la capital.

Sin embargo, tres días después de aquel acontecimiento, Federico de la Traba , recién nombrado asesor legal de la compañía, tuvo que ingeniárselas cuando los obreros declararon un paro de labores exigiendo mejores condiciones de trabajo. 

Andando apuradamente de un lado para otro, su preocupación era evitar que la protesta derivara en un conflicto violento, como parecían estarse dando las condiciones. El gerente general, presionado por los dueños, le había espetado esa mañana: “O me ayudás a solucionar este problema, o te buscás otra chamba”.

Después de muchas horas de diálogo con los líderes obreros sin llegar a un acuerdo, Federico se sintió incapaz de permanecer en su oficina. Necesitaba respirar aire puro y encontrar una idea salvadora que permitiera darle solución a aquel conflicto que ya parecía fuera de control.

Libro: La ciudad que borró sus huellas. José Winston Pacheco

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