De Puerto Cimbalero, la capital, llegaron noticias alarmantes. En el pueblo se hablaba a hurtadillas. La noche anterior un eclipse lunar produjo inquietud entre los pobladores: “Señales en el cielo, desgracias en la tierra” murmuraban temerosos.
La casa del molinero Estanislao Muro, estaba situada en un sitio bastante alejado de la población, algo así como dos leguas bien andadas en bestia mular, “Pero en bestias del lugar - sentenciaban los nativos – porque no cualquier jamelgo resiste una jornada por caminos como éstos”.
En efecto, se aseguraba que por aquellos rumbos había desfiladeros con senderos tan estrechos en los que escasamente cabían los cascos de los cuadrúpedos. Caminos como una interrogación, polvorientos, sinuosos y llenos de ecos.
En la casa de Estanislao venía celebrando reuniones, desde meses atrás, un grupo de ciudadanos opositores al régimen de turno. Era un grupo heterogéneo, podría decirse que pintoresco, pese a las intenciones non sanctas que los motivaban: Andrés Roldan, curandero del pueblo; Espiridion Darío, coronel de cerro, ya retirado; Matías Zulueta, sastre; Narciso Pérez, profesor y eterno aspirante a diputado; Anacleto Gatilla, comerciante venido a menos; Asunción Salavarría, jornalero que había aprendido por sí sólo el arte de la telegrafía; y Estanislao Muro, molinero y anfitrión de aquellos secretos conciliábulos.
Tenían en común el hecho de haber sido desplazados de cargos de mayor o menor rango, al caer el partido de la bandera gris al que pertenecían. Por años habían disfrutado de las mieles del poder, en una época bonancible sólo para ellos, no para la colectividad. Ahora se enfrentaban a la feroz discriminación de sus adversarios políticos tan corruptos como ellos, y hasta a la animadversión de muchos de sus correligionarios, dispuestos, tanto o más que los adversarios, a entrarle a saco abierto a los magros haberes del Estado.
En aquella ocasión, como en tantas otras, la reunión en casa de Estanislao estuvo signada por una animación basada en utopías.
-Vean señores –afirmó Estanislao con gravedad- este gobierno ya se tambalea, no va a durar mucho. Ustedes saben que tengo parientes importantes en Puerto Cimbalero, y de allá me dicen que la cuestión está color de hormiga. Iñiguez ha dado tremenda metida de patas al regatearle la concesión en la zona costera a los dueños de la Tamarin Kola.
-Será que quiere que lo compren. Y esos rubios según dicen, son más astutos que el tamagás, no van quedarse de brazos cruzados. Siendo así la cosa, Iñiguez no dura un mes más en la Silla – comentó Matías Zulueta con acento de convicción.
-No hay que hacer ¡Ya se canteó! –exclamó Asunción Salavarría con su forma peculiar de expresarse.
La conversación se vio interrumpida de momento, cuando los dos pequeños hijos de Estanislao entraron corriendo al salón, persiguiendo alegremente a un perrito de negra y reluciente pelambre.
-¿Qué pasa, chigüines?-dijo Estanislao llamándoles la atención- Saluden a los señores y se van a jugar al patio.
Los pequeños, un tanto asustados, miraron de hito en hito a los presentes, reconociendo únicamente a Asunción, por ser asiduo proveedor de leña para la casa, y quién, además, acostumbraba regalarles toda suerte de frutos silvestres. De modo que, dirigiéndose a él en particular, dijeron al unísono con voz cantarina:
-¡Buenas tardes, don porcino!
El grupo estalló en una carcajada unánime, ante la perplejidad de Asunción, quien todo cohibido no acertaba a reír o ponerse serio. En Opamane Chago eran pocos los que conocían a Asunción por su nombre de pila, en cambio, era ampliamente conocido como “Chon porcino”, sobrenombre al que se hizo acreedor un desgraciado domingo ya lejano, cuando Mardoqueo Menoyo dio muerte a tiros a un cerdo que le embarró de fango las lustrosas polainas. Fue un día de paradas en la Plaza de Armas. Por la noche, alguien vio a Asunción retornar a la plaza, recoger el cerdo muerto y echárselo a la espalda en forma sigilosa. Desde entonces le llamaban “Chon porcino”.
Asunción, todo avergonzado, esbozó una mueca que quiso parecer sonrisa, mostrando su amarillenta dentadura en la que faltaban varias piezas. Estanislao, tratando de disimular la imprudencia de los niños, puso fin al incidente con un comentario socarrón:
-Ya te trabaron los cipotes, Chon, pero no les hagas caso, ya sabes que quien se mete con cipotes....
-¡Amanece ensuciado!- concluyo el aludido, mostrando ahora sí su maltrecha sonrisa.
La reunión se prolongó hasta el amanecer. En los semblantes y comentarios de aquellos hombres era fácil advertir, más que la certidumbre de los hechos, la propensión a la fantasía desbordada. No era para menos. Para ellos, que por largo tiempo habían detentado algún grado de poder, el verse desplazados por sus odiados adversarios equivalía a transitar por veredas oscuras y desesperantes. Fue Espiridion Darío, el militar retirado, quien más se aproximó a la realidad cuando advirtió:
-Vean amigos, la gran vaina es que los enemigos no sólo tienen el poder y el pisto, tienen las cañas huecas, los fusiles, ¡De que nos sirve la lengua contra los plomazos, cuantimás si no tenemos ideas o motivos que prendan la voluntá de la gente!.Tenemos que convenir que nosotros nos hemos cagado en la cosa pública tanto como ellos, y que que el pueblo ya no cree en nadie.
El grupo guardó silencio, abrumado por la contundente aseveración de Darío. Al filo de la media noche, los conjurados se fueron retirando callados y meditabundos, sumidos cada uno en sus propios pensamientos, pero todos hondamente preocupados por un futuro que avizoraban cada vez más enigmático, más desapacible.
Libro: La ciudad que borró sus huellas/ José Winston Pacheco
Imagen/Imágenes Google/dibujosraulgarcia.blogspot.com
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