Al día siguiente, una gran multitud de personas hizo valla a ambos lados del sendero que conducía al aeródromo. Circuló la noticia de que el doctor Flamenco y Enriqueto Espada, iban a participar en una singular competencia en la que habría como premio una finca rústica para el triunfador.
La competencia consistía en hacer el trayecto de dos kilómetros, desde el aeródromo hasta el parque central en el menor tiempo posible. Lo interesante era que cada competidor utilizaría un distinto medio de locomoción: Enriqueto haría la travesía a lomos de su alazán media sangre, en tanto el doctor Flamenco usaría una bicicleta de carrera, por cierto, el primer vehículo de ese tipo que se conoció en Opamane Chago.
Desde el comienzo la carrera estuvo llena de incidencias, el público animaba con gritos y aplausos la esforzada determinación de los contrincantes. Era evidente que, aunque el extraño vehículo de Flamenco despertaba admiración y hasta estupor en los presentes, la mayoría era amante de las bestias caballares, y, por lo tanto, Espada contaba con el mayor número de partidarios entre la abigarrada multitud.
Al final, una terna de jueces presidida por Emmanuel Bogronde resolvió que la carrera había terminado en un empate. Hubo protestas entre los circunstantes, y hasta conatos de bronca cuando algunos se fueron a las manos. Habían hecho apuestas por separado y renegaban de la decisión de los jueces. Es que un fulano queriendo divertirse a costa de los demás, hizo circular la especie de que al caballo de Enriqueto le habían aflojado una herradura.
-Como creen que un armatoste como ese de Flamenco pueda ganarle al caballo de Espada. ¡Aquí hubo fraude, mírenme la seña! –les dijo el fulano a los presentes con fingida iracundia.
Pese a todo, muchos reconocieron la resistencia del doctor Flamenco, y se admiraron de las cabriolas que hizo a bordo de aquel artefacto de dos ruedas. Alguien hizo un comentario premonitorio ante la medrosa aprobación de quienes lo escucharon: “No hay duda compadres, esa máquina de Flamenco va a trastornar este pueblo. Opamane Chago ya no será el mismo, se los aseguro”.
Adonay Oliva, por propia decisión, no asistió a la competencia pese a la insistencia de sus amigos, quienes trataron de convencerlo diciéndole que después se darían un chapuzón en las frescas aguas de la laguna cercana al aeródromo, previa ingesta de una botella de ron añejo.
Y es que Adonay tenía una preocupación más intima, más personal. Recostado en una silla descansadora, en el patio de su casa, aspiraba el humo de un aromático puro, al tiempo que repasaba con nostalgia un cúmulo de vivencias cada vez mas diluidas en el pasado.
A muchos les parecía un hombre de otra época. Era admirado en el pueblo por su voz bien timbrada y por su costumbre de vestir cotidianamente con exquisita elegancia. Le gustaba usar ternos a rayas oscuras sobre fondo blanco, pañuelo de tres puntas en el bolsillo de la chaqueta y flor en la solapa. Había cumplido setenta años, pero aparentaba muchos menos. Su paso era ágil y su natural simpático. Era muy culto en el trato y extremadamente galante con las damas. Contaban que Adonay nunca pudo liberarse de un apasionado amor por Dorita Llopiz, atractiva damita perteneciente a una linajuda familia de la localidad. Se decía que aquel amor tuvo características peculiares porque nunca llegó a concretarse plenamente. De modo que a sus años Adonay permanecía soltero.
Los padres de Dorita se escandalizaron ante las pretensiones del que consideraban un aventurero, pese al hecho de saber que Adonay era vástago de una familia de iguales condiciones que la suya. Un día cualquiera, don Facundo Llopiz sentenció con voz atronadora que aquel hombre jamás pondría un pie en su casa en calidad de pretendiente de su hija. Y la orden se cumplió, pese a las lágrimas de la muchacha y a la cautelosa intervención de doña Augusta, la madre de Dorita.
Adonay, entonces, dio en rondar tarde con tarde frente a la casa de su amada, lanzando claveles rojos por los postigos de las puertas que daban a la calle. Aquel acto se convirtió en una especie de ritual amoroso que Adonay cumplió con fidelidad por espacio de cuarenta años.
Cuando sus amigos se referían a aquel detalle, Adonay aducía que para él el amor carecía de tiempo o medidas arbitrarias. “Los verdaderos amantes no miramos el tiempo, vivimos los momentos indefinibles y eternos”, sentenciaba.
Pero los años transcurrieron inexorables. Murieron los padres de Dorita, y la misma suerte corrieron sus dos hermanas mayores Ada y Lucrecia. Su anciana tía, doña Rosario, se trasladó a vivir con ella condolida de la suerte de la muchacha.
Aún viejos y cansados Adonay y Dorita continuaron amándose, con la complacencia de doña Rosario, para quien aquella relación debió haber tenido desde tiempo atrás una culminación normal, de no haber sido por la testarudez de su hermano Facundo .
Y así, en el otoño de la vida, Adonay pudo visitar a Dorita en calidad de novio oficial. “Que modo de quererse –decían sonrientes en Opamane Chago- Seguramente es eso que llaman amor ideal”. Y es que había que ver como eran los encuentros de aquellos dos seres: besos reverentes en las manos o en los cabellos ya grises de Dorita; obsequio diario de claveles y rosas; conversación exquisita y ocurrente, natural, como hemos dicho, en Adonay, hasta cuando se refería a detalles sencillos o irrelevantes. En aquellas visitas cotidianas, aseguraban en el pueblo, la antigua casa se llenaba de una como unción espiritual que invadía corredores y traspatios. Y los viejos amigos encontraban a Adonay sonriente. Y decían:
-Caramba, Adonay, por usted no pasan los años. Genio y figura hasta la sepultura.
La tarde que Dorita murió, víctima de un severo cólico, puede asegurarse que también llegó el fin para Adonay. Pálido y desencajado, vestido de negro riguroso, avanzó lentamente por el centro del templo, portando un enorme ramo de claveles blancos, depositándolo sobre el féretro de su amada. Dio un beso reverente al cristal, tras el cual se apreciaba el rostro extrañamente rejuvenecido de Dorita. La contempló un instante, luego, se retiró envarado y serio ante la muda expectación de los presentes. Sus amigos contaron después que lograron advertir las gruesas lágrimas que se deslizaban por las mejillas de aquel hombre repentinamente envejecido.
Libro: La ciudad que borró sus huellas. José Winston Pacheco
Imagen/ Imágenes Google/ www.eldesvandelpoeta.ning.com

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