ARTE DE PENSAR

miércoles, 16 de noviembre de 2011

LA CIUDAD QUE BORRÓ....Cap. 2



Gil Soto, el popular marimbista de las verbenas del pueblo, era muy amigo de José Desposorio, el floreciente fabricante de rústicas cajas mortuorias. Frecuentemente se encontraban y salpicaban sus charlas con chanzas y dicharachos propios de la región.

   -¿Qué tal?, Gil ¿Qué se tiene de nuevo?
  -¿Cómo le va, Joche? Espere que le cuente un volado macanudo que acabo de saber.
   -A ver... a ver, déle viento
   -No va a creer que a Fonchón, el quesero, lo tienen zampado en la jeruza.
   -No, hombre. ¿Y eso por qué?
   -Pues dicen que el muy lépero llegó ya oscureciendo donde niña Zenobia, la rezadora, diciéndole que le mandaban un queso. Cuando la viejita abrió la puerta se le metió dentro de la casa y quiso forzarla.
   -Vea que bandido. ¿Y que pasó, Gil? ¿Qué pasó? Sígame contando...
  -Afortunadamente pasaba por ahí cerca Encarno Oyala, y al oír los gritos de la anciana, se armó con una tranca y le rumbó un vainazo al pícaro, quebrándole una canilla, luego los vecinos fueron a dar parte a la comandancia, y al ratito llevaban a Fonchón guindado como saco de maicillo.
   -Pero... dígame Gil, la niña Zenobia ¿Siempre es niña?
   -No joda, Joche  ¡Échele aire!
   -¡Cállese!, ¡hombre!
   -¡Échele aire!
   -¡Cállese, hombre!

Aquellas conversaciones siempre concluían así, entre bromas y aprendidos dichos.
   
Mientras tanto, los estudiantes de la Escuela de Maestros debían presentarse al plantel al rayar el alba, con sus toallas y su pelota de jabón de aceituno. “Es lo mejor para la piel, y aventar al carajo tanta erupción de los adolescentes”, mascullaba entre dientes el inspector Peñaranda.

Ordenados en filas de cuatro en fondo, emprendían la marcha al trote en dirección a la vertiente natural que se desprendía, como caudalosa cascada, del cerro Dunas, uno de los cuatro cerros con aspecto de volcanes que velaban por siglos el letargo del pueblo.
   
Las señoritas se presentaban dos horas más tarde. Ellas, como es de suponer, no estaban obligadas al baño matinal en la vertiente del Dunas. En eso, como en otras cosas, había una estricta separación de sexos, y se decía por lo bajo que más de alguna señorita protestaba por aquella medida que consideraban discriminatoria. “Yo no entiendo a estos viejos –clamaba una hermosa trigueña de ojos almendrados-lo que me pregunto es ¿Qué hacen con mirarla a una desnuda?
   
No obstante,  las reglas del juego eran inflexibles. ¡Ay del estudiante varón que demostrara algo más que una fría cortesía en el trato con sus condiscípulas! En los mentores había la convicción de que el romanticismo, por inocente que pareciese, tenía puntos de contacto con la morbosidad y el sexo. No era pues, nada extraño, que en aquel ambiente de represión se produjeran diálogos como el siguiente:
   
  -¿Supiste que a Quincho le hallaron una carta que le iba a mandar a Tinita, la de tercero?
   -No ¿Y quién se la encontró?
  -¡Jaa! Nada menos que Peñaranda. Fue troleada la que le dio al pobre, y hasta lo expulsaron. ¿No te has fijado que no está en la fila?
-¡A la gran chucha! Es cierto.
-¡Águila!... Viene el inspector.

Peñaranda se paseó con estudiada parsimonia por entre las filas de estudiantes, atisbando de reojo la envarada figura del director que observaba atento desde la puerta de su despacho. El gesto del inspector mas que severo era ceñudo, y cuando habló, la tonalidad de su voz resonó amenazadora.
   
  -Jóvenes alumnos... desafortunadamente este día tengo que referirme a una grave falta de moralidad cometida por uno de sus compañeros. Se trata del joven Joaquín Ureña, un mozalbete que se atreve a pensar y hacer cosas que no podemos permitir en esta institución. Este jovencito escribió un papel lleno de propuestas indecorosas, con la intención de entregárselo a una señorita de este establecimiento. Naturalmente, el joven en cuestión ha recibido ya el merecido castigo, y ojala que este desgraciado acontecimiento sirva de lección a todos ustedes, para que sepan conducirse correctamente. Aquí les hemos enseñado que, como dice el conocido adagio, a la mujer no debe tocársele ni con... ¡Vamos a ver, Teodoro Rosa, complete usted el adagio!
   
El aludido, todo aturdido y amedrentado, solo atinó a responder:

   -Pero... ¿Y es que la tocó, profesor?

Hubo una carcajada general increíble. Peñaranda, enrojeciendo hasta la raíz de los cabellos, exclamó con voz tonante:
   
   -Jovencito, ¡pase inmediatamente a pararse tres hora bajo el sol, en mitad del patio, y sin permiso de probar una gota de agua!
   
Mientras tanto, otro estudiante le cuchicheaba al condiscípulo de al lado:
   
   -Pero ¿qué demonios es una maldita carta? ¿Ah?
  -Para ellos es un pipazo de maldades, pero hay ve lo que hacen ellos-mascullaba el aludido entre dientes.
   -Bueno, mejor callémonos. No vaya a ser que nos oigan y nos topen como a Quincho.
   -Si, mejor callémonos, pero lo que me encachimba es que un castigo como el que le pusieron a Quincho no se lo ponen a los hijos de los mandamases. ¡Ahí si se chorrean!!
   
La campana emitió en ese momento su monótono y prolongado ¡TALAAAN! Los jóvenes, en filas ordenadas, fueron entrando en sus respectivas aulas.
  
A Joaquín Ureña, antes de expulsarlo, le impusieron como castigo hacer cien flexiones de piernas sosteniendo en sus brazos dos fusiles Springfield. No pudo concluir el castigo porque se desmayó. Después contaría a sus amigos que entre las brumas de la inconsciencia, se había visto en un lugar alejado, como en medio del mar, en compañía  de Tinita.


Libro:La ciudad que borró sus huellas. José Winston Pacheco
Imagen/Imágenes Google/www.villasombrero.blogs.com

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