ARTE DE PENSAR

jueves, 17 de noviembre de 2011

La ciudad que borró sus huellas. Cap. 3



En el pueblo había orden estricta de no andar en las calles mas allá de las ocho de la noche. Las patrullas militares arrestaban a cualquiera, dando por descontado que se trataba de un enemigo del gobierno o de un mal viviente, en consecuencia, era conducido sin contemplaciones al cuartel. 

Naturalmente, la orden no contaba para los conocidos gorgueras, su parentela o sus amigos. Opamane Chago: pasión reprimida y desconfianza. Alegoría del recelo. Luz opaca. Sombra. Hambre multiforme. Avechuchos en posesión absoluta del poblado.
  
   -¡Tris, tras, tris, tras! ¿Quién vive?
   -¡Chagueño!
   -¿Qué gente?
   -¡Paisano!
   -¡Repórtese al frente de la muralla!
  
Nicanor Lloyd, aunque muchos lo ponían en duda, era oriundo del pueblo. Hijo de una india que tuvo amores con un minero ingles que apareció en la comarca sin que nadie diera razón de su procedencia. En español chapucero explicó que venía huyendo de una guerra que había convertido medio mundo en un infierno.
  
   -Integridad física ser primer derecho humano-mascullaba el ingles-Humanidad estar loca, querer mucho, mucho money, obviamente pelear. Yo ha visto escenas... aah ...mucho horrible, entrañas regadas en pavimento, fábricas, factorías, escombros. Yo venir para acá, trabajar como mulo, no importar. ¡War is son of a bitch!
    
Ante la jerigonza del extranjero, un lugareño preguntó:
   
   -¿De qué diablos habla el fuereño?
   -¡Sepa Judas! -respondió alguien- Lo que medio le entendí es que... por hay de donde viene, abundan los que que a puro cuchillo les gusta adivinarle a uno lo que ha comido.
   -¡A la perica!
   
Jonathan Lloyd, el minero en cuestión, conoció a Pascuala Tiste un domingo en que la muchacha llegó al mercado a vender una canasta de maíz tierno.
   
   -¿Cómo ser tu nombre? - le preguntó, sonriéndole amablemente.
   
La india se ruborizó. Guardó silencio, como si intuyera que en la pregunta había una intención escondida que la inquietaba; al menos eso dijeron algunos que presenciaron la escena.
  
   -Pascuala... Pascuala es mi nombre –dijo al fin con sequedad.
 -Pasco... ala...... Pascoala. Nombre bueno, tú bonita, gustarme. ¿Querer venir conmigo a mi bungalow?
   -¿Qué dice usté? –Inquirió la muchacha furiosa en apariencia- Yo no lo conozco, ni ando en chulerías. Ando vendiendo elotes, compre, si quiere.
   -¡Oh!... no enojar... yo lamento, so sorry. Yo ofrecer mucho, mucho cosas. Tener mucho dólares pero estar solo. Necesitar... aah... buena persona conmigo ¿Comprende? Yo casamiento. Tu gustar... lugar gustar. ¡Bueno! ¡War is son of a bitch!
   
Tiempo después los chagueños comentarían sonrientes, que a Pascuala Tiste se le voló el seso ante la plática enrevesada del inglés. “No le entendió ni jota –decían- pero menos tardó en irse con él que quien se quita una brasa del trasero”.
   
Un año después de aquel encuentro, nació Nicanor Lloyd en lo profundo de la serranía. Alcanzó a conocer a su padre antes de que éste pereciera, sepultado por un alud, mientras removía la entraña de un cerro en busca de una veta de oro. Nicanor, aseguraban los nativos, se parecía más a la madre en lo que toca a los sentimientos; en lo físico, había heredado muchas características de su padre. “Es ídem al tata”, sentenciaban.
   
Le gustaba escuchar los cantos de la pajarería en medio del bosque. Talvez sin darse cuenta, aquellas cálidas y armoniosas melodías habrían de acompañarlo a lo largo de su vida. Ya hombre, no siguió la tradición de los labriegos chagueños, especialmente el amor pasional por la tierra; ni le gustó el oficio de su padre. “Las montañas son para admirarlas y vivir en libertad como los animales –sentenciaba- no son para abrirles hoyos. Yo prefiero abrirlos en otras partes”. Los amigos reían y comentaban en medio del cotarro: “Este chele es un jodidazo”. Entretanto, Nicanor deambulaba de un lado para otro trabajando en lo que fuese. Tenía gran habilidad e inteligencia y aprendía pronto las tareas más complicadas. En sus ratos de ocio componía versos, para decirlos en las verbenas y velatorios de santos, requebrando a las poblanas. Y decía:

¿Que donde nací? Nací
Tucusita por aquí
Porque por aquí te vi.
Allá en el cerro Trochas imponente
Y en su primo carnal, el cerro Dunas
Adormidero a veces se resiente
Si te tumbo en la falda de Las Tunas.


Libro: La ciudad que borró sus huellas. José Winston Pacheco
Imagen: Imágenes Google/www.aniko-viajandoporahi.blogspot.com

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