ARTE DE PENSAR

martes, 15 de noviembre de 2011

LA CIUDAD QUE BORRÓ SUS HUELLAS. Capítulo 1




Cuando la anciana Casiopea abrió la ventana de su habitación vio por segunda vez, después de muchos años, aquella bandada de gavilanes hambrientos volando en círculos concéntricos por el cielo sombrío de Opamane de Santiago.

Sacudió la cabeza con aprensión. La escena de las aves rapaces le trajo a la memoria el cúmulo de pensamientos macabros que habían perturbado su sueño desde los años ya lejanos de su juventud, cuando el pueblo cambió de nombre, porque sus habitantes se acostumbraron a llamarlo Opamane Chago, y a sí mismos chagueños, y con esos nombres escribieron su historia.

Niña Zenobia llegó poco después. Era una visita obligada cuando Casiopea regresaba de sus rezos matinales, hábito sostenido desde sus tiempos de doncella casadera, y que efectuaba con puntualidad rigurosa en la más antigua iglesia del pueblo: la de Kriste Audenus, el Patrón, el Señor de los Ejércitos.

Como era habitual, Niña Zenobia llegó comentando el rumbo azaroso que tomaban los tiempos, sucesos nunca antes imaginados, que perturbaban su alma de doncella envejecida en ansiedades incumplidas, en duras penitencias y prolongados rezos.

 -¡Dios guarde, Casiopea! Parece que hemos vuelto a los tiempos de los arrancalenguas. Tengo vivo el recuerdo de las carreras que nos tocaba dar para escapar de las manoseadas de los léperos. ¡Jesús Credo!

Casiopea sirvió sendos tazones de café acompañados de marquesotes de cuajada, en cuya elaboración era una experta. “La receta le viene de familia-decían en el pueblo- Cuando el general Zenón Moscoso estaba en la presidencial, siempre mandaba un avión expreso a llevar cargamentos de marquesotes de los de Casiopea, para obsequiar a los plenipotenciarios”.

Y era cierto. Cada vez que había pomposas galas en la Casa de Gobierno, irrumpía sobre el poblado un desvencijado aparato haciendo toda suerte de acrobacias antes del aterrizaje, mientras los lugareños comúnmente tranquilos, seguían con estupor las evoluciones del avión desde cualquier punto del pueblo.

Opamane Chago era un pueblo así: Húmedo, helado, triste. El frío calaba desde siempre los huesos de los hombres, y éstos habían aprendido desde niños a beber el fermento del maíz, la chicha, que mataba la tristeza y trastornaba los caminos del destino.

Chicha, abandono, conformismo; rostros adustos de quienes han sido defraudados muchas veces. Misa mayor. Actos ceremoniales en las festividades de San Pedro y San Pablo, o el día del Patrón. Penitencias de rodillas por las empedradas  callejuelas. Esperar la ayuda de Dios. Confiar y esperar: Opamane Chago.

El viejo cuartel del pueblo fue, como tantos otros, escenario de luchas encarnizadas libradas desde que se tuvo memoria. Luchas a balazo limpio o a filo de machete, ejecutadas por hombres sencillos, inocentes como niños, empujados a la búsqueda de bienes cada vez más lejanos. Claro, no lograron nunca nada, pero las luchas repetidas dejaron una estela de sacrificios vanos e inenarrables, y luego, al paso de los años, sumieron a la gente en una extraña suerte de alucinamiento y desidia.

¿La revolución? ¿Cuál revolución? Los ventarrones soplaron casi con exactitud de abril a diciembre, como una prolongada carcajada, irónica y salpicada de sangre. Opamane Chago fue cantera de hombres heroicos, ignorantes de letras o fruslerías ideológicas, pero diestros en el manejo del fusil o la cuma, el machete corvo de limpiar rastrojos, su fiel acompañante. 


Los ambiciosos demagogos que les visitaban, no ignoraban que aquellos hombres conservaban viva la herencia genética de sus antepasados, y que, llegado el caso, les era fácil templar un arco y causar destrozos en el enemigo, a punta de flecha si fuere necesario, como alguna vez lo hicieron sus mayores. Eran hombres con mucho corazón y valores nobles, los que luego les serían mediatizados y sustituidos empleando las modernas técnicas. No era, pues, extraño, que primero se les despertaran ilusiones, valiéndose de sus necesidades, para luego lanzarlos a la lucha estéril, en pos de banderas verdes, rojas, azules, rosadas, de gallitos, de rombitos, de estrellitas o circulitos ¡Que importa! Opamane Chago: cementerio general.

La Escuela de Maestros, llamada así a secas, fue siempre su orgullo. El centro en torno al cual giró por innumerables décadas la historia del pueblo. Contaban que un presidente había dicho durante una gira electoral: “En este pueblo voy a construir un instituto, para que esta gente deje de ser bruta y tenga un mejor porvenir”. Y lo hizo, lo construyó, aunque poco tiempo después el presidente aquel fue derrocado mediante una revuelta sangrienta. Sus enemigos le dieron alcance cuando emprendía la huida hacia un país vecino, lanzando la recua de bestias y peones por escabrosas veredas. Fueron hombres de Opamane Chago los que lo ejecutaron, igual que a sus compinches, colgándolos de las gruesas ramas de los árboles de guachipilín que tanto abundaban por esos lados. Pero no sabían lo que hacían. No, no lo sabían. ¿Por qué imaginar que lo sabían? Allá tenían un dicho: “Hay vainas que se hacen sin  pensar".


Libro: La ciudad que borró sus huellas. José Winston Pacheco
Imágenes/ Imágenes de Google/www.pajarracos-arcos.blogspot.com

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