ARTE DE PENSAR

martes, 22 de noviembre de 2011

LA CIUDAD QUE BORRÓ SUS HUELLAS. Capítulo 6





Horas más tarde, don Cupertino le relató a Emiliano las últimas novedades del pueblo, donde, según la opinión general, estaban ocurriendo cosas inusitadas.

-Este no es el mismo pueblo de cuando vos te fuiste, muchacho. Hoy aquí todo es una vaina que no va a terminar en nada bueno. Yo pienso que estamos peor que en los tiempos de Gilbertón “El hereje”, cuando vos todavía no nacías. Aquellos eran tiempos perros. En cuanto entraba al pueblo una partida de bandidos, aparecía otra de bandera contraria, pero todos igualmente desalmados. A fuego y cuchillo, pero siquiera de frente. Hoy la cosa está jodida, no sabés con quien tratás y más vale no hablar con desconocidos. Por hay se rumora que en medio de los maizales y los frijolares han sembrado no sé que monte dañino, que en otros lugares se los pagan a precio de oro. Para mí que este pueblo ya perdió la inocencia. Muchos que antes no tenían más que unas parcelas en la montaña, puros guamiles, han aparecido ahora dueños de buenas casas y con lujos que aquí no conocemos, y aseguran que es con la venta de esa vaina, y que el que los denuncie seguro deja el pellejo en cualquier hondonada ¡Dios nos ampare!.
   
-Pero, este pueblo, abuelo, tan sano que ha sido –replicó Emiliano con preocupación- Y las autoridades, ¿qué hacen?


-De esas no se habla aquí, muchacho, por lo menos con los desconocidos. Entre amigos o familiares lamentamos la situación. ¿Cómo no se van a dar cuenta las autoridades de lo que está sucediendo?. Pero se dice que hay pisto de por medio, de eso ni duda cabe, el pisto lo arregla todo.
   
El anciano aspiró una honda bocanada de su cigarro puro al tiempo que hondas arrugas surcaron su frente. Continuó:

-Ve... hace muchos años que yo me paraba con Tilo, el papá de tu amigo Marciano, allá en la otra punta de la Plaza de Armas. Desde allá mirábamos cuando sacaban del cuartel las carretadas de muertos, para ir a enterrarlos en una fosa común en las afueras, por el lado de la curtiembre. Era algo que daba miedo, pero uno sabía que aquellas eran guerras entre hombres ambiciosos o ignorantes quizás, pero que peleaban de frente, como te he dicho. Hoy los muertos resultan por las leperadas de políticos o letrados que usan, como decían mis tatas, las luces para hacer el mal. La gente honrada no sabe de donde sale el tiro o la puñalada, y lo que es peor, contra personas de provecho inocentes y honestas.
   
Doña Mariana, que seguía con mucha atención la conversación, intervino de pronto:
   
-Lo que es a las mujeres nos llevaban los viejos a escondernos en la casa parroquial, era el único lugar en que estábamos seguras.


-Pues ni tanto –replicó don Cupertino- Recuerdo que una vez entró un bandido al frente de una columna de macheteros, creyó que dentro de la iglesia se ocultaba el enemigo y mandó a emplazar un cañón frente al templo. Sin embargo, primero se encaramó al campanario a bajar la bandera de los contrarios, pero como con Dios no se juega, se desbarrancó desde lo alto y quedó desguasado en el atrio de la iglesia. El lugarteniente no se atrevió a dar la orden de disparar contra el templo, pero ordenó que apalearan a monseñor Brizuela. Todo el mundo se aterrorizó de aquella acción, pero es que esos bandidos no se andaban con respetos, no se tocaban el alma para hacer cualquier desmán.
   
Emiliano movió la cabeza con gesto de desaprobación. El anciano continuó:
   
-Pero ahora es peor. Nadie está seguro en estos días  aunque viva encerrado en su propia casa. Satanás anda suelto. Se ha perdido la fe, el respeto hacia el prójimo, la comprensión, la caridad. Se finge, se miente, se actúa como las víboras.
   
La conversación se hubiese prolongado por más tiempo, de no ser porque repentinamente apareció Roldán Menjivar, viejo amigo y ex compañero de Emiliano en la Escuela de Maestros. Como es de suponer, hubo abrazos efusivos y frases plenas de intensa camaradería. El crepúsculo comenzó a descender sobre el poblado.
   
-Bueno... creo que ahora quedas en buena compañía, Emiliano, nosotros con Mariana nos retiramos, tenemos que rezar la novena de San Antonio.


-Muy bien, abuelo, no tenga pendiente, pase usted
   
Cuando quedaron solos, Roldán Menjívar expresó entusiasmado:
   
-Te apuesto doble contra sencillo que no tardan en aparecer Pio García, Osanio y Vallejo. Te aseguro que no tardan.


-¡Juega!...pero ya perdiste, ellos no saben que estoy aquí.


-Pues no estés tan seguro, encontré a Remberto cuando iba a aguar el caballo, él me contó de tu venida y yo les mandé aviso a aquellos.


-Siendo así va a ser fantástico volver a encontrarnos todos para hacer remembranzas.
   
Y ocurrió como Roldan lo predijo. Los muchachos llegaron unos instantes después, y pronto se formó una bulliciosa tertulia en el corredor de la vieja casona.
   
En medio de risas estrepitosas, recordaron la ocasión en que Pio García se introdujo en la casa de su novia Amelita Rocas, al filo de la media noche. Habían convenido anticipadamente encontrarse en el huerto, al abrigo de un frondoso arbusto de buganvilla que formaba con sus ramas una especie de cueva.
   
A la hora convenida, Pio intentó escalar la tapia apoyándose en las salientes de los macizos adobes, pero al llegar al entejado  pisó en falso y se vino al suelo en forma aparatosa en medio de una avalancha de tejas que produjeron un ruido atronador.
   
Afortunadamente, los dueños de la casa, a excepción de Amelita, dormían plácidamente y no se percataron del incidente. Para suerte suya, en aquella casa no tenían perros, de modo que, aunque magullado y maltrecho, Pío ya estaba dentro del huerto de su amada.
   
Expectante y lleno de ansiedad, emitió un silbido peculiar para indicarle a la muchacha su presencia. Oculto tras una ancha macolla de plátano, se mantuvo atento a la menor señal de peligro. Al poco rato vio salir a Amelita por la puerta de la cocina y dirigirse hacia él con paso ágil y provocativo.

-Amelita... vení para acá, cosita-balbució con contenida emoción.


-Esperate, ya voy, ya voy... alguien nos puede ver


-Pero ¿quién diablos nos va a ver a estas horas? ¿Acaso hay alguien despierto en la casa?


-No, pero hay que ser precavidos. Si se llegan a despertar, ¡ay no!


-¡Bah!..Que me importa, vení para acá te digo


-Esta bien, pues, hace lo que querrás
   
No obstante, cuando Pío se disponía a estrecharla con ardorosa vehemencia, experimentó un repentino sobresalto. Con horror se dio cuenta de que la mujer que tenía frente a sí y que estaba a punto de abrazar no era su novia, era una pálida calavera que le mostraba las cuencas vacías y los maxilares abiertos en una lúgubre sonrisa.

-Me salté la tapia sin saber cómo –exclamo Pío García en medio de las risas de sus compañeros- Ustedes nunca me creyeron, pero les juro por éstas que es la pura verdad. ¡Por poco le hago el amor a la huesuda!
   
Después recordaron el caso doloroso de Casimiro Doblado, el conocido quincallero que nunca logró progresar debido a su afición incontrolable por la bebida. Era asiduo parroquiano del establecimiento de Foncha “La potranca”, cantineja de mala muerte a la que concurría, especialmente los fines de semana, gran número de lugareños. En opinión general Foncha era especialista en la fabricación de una fuerte bebida a partir de arroz, dulce de panela y hierbas que sólo ella conocía. Y decían:
   
-Con tres guacalazos de chicha de la de Foncha, el más gallo da el barquinazo. Esa malvada hace pisto a pura chicha, pero si le preguntan se hace la de a peseta ¿Se han fijado?
   
Un año, Casimiro hizo una venta fabulosa de cobijas salvadoreñas, lo cual le reportó una apreciable utilidad. Medio enajenado, tomó camino para México. Cuando regresó, pasados dos meses, no se daba tregua relatando las cosas que había conocido. Afirmaba que le sorprendió especialmente el cinematógrafo, y llegó a fastidiar con sus cansinos relatos y descripciones a los parroquianos de Foncha. Sus peroratas culminaron una noche en que Ronulfo Cerén, hastiado de aquella platica machacona, le propinó una paliza de padre y señor mío desbaratándole, además, el tosco carretón en que expendía su mercancía. Horas más tarde, doña Zenaida, la madre de Casimiro, acudió a levantarlo con esfuerzos supremos para llevarlo a su casa. La noche descendía sobre la desolada callejuela, y en medio del silencio, como la aguda punzada de un estilete, se escuchó el grito estertóreo de Casimiro, mil veces oído en Opamane Chago:
   
-¡Yo soy Casimiro Doblado y me mato con cualquiera, hijos de p... SSSSH! (Durmiendo) Sueño que vuelo... SSSSH... ¿Qué significa volar en sueños?..SSSH... siempre sueño que vuelo SSSH.
   
Horas más tarde, en casa de los abuelos de Emiliano los comentarios se tornaron menos jocosos. Se habló de la situación en la Escuela de Maestros y en el propio poblado. Vallejo les contó que había comenzado a escribir canciones, y, animado por el grupo, se atrevió a cantar acompañado por Osanio, quien era muy hábil en sacar los más finos acordes a la vieja guitarra de don Cupertino.


De una ancianita una arruga
Sólo es signo de vejez
Pero en una jovencita
La mismita muerte es

A mí ya me lo ha contado
Gente de mucha experiencia
Lo que la mala conciencia
Está haciendo en el poblado.

A las muchachas bonitas
Dicen que las ronda el duende
Pero hay que ser avisado
El tatascán viola y vende
El mandamás deshonrado.

Aquí en el pueblo, señores
Ya no existe autoridad
Dios nos guarde, se ha perdido
La mínima dignidad.
Tenga cuidado, compadre
No lo arrastre el chaparrón
Mejor ser roble parado
Que guachipilín tizón.
  
   
Sonaron los aplausos y las voces animosas de los jóvenes, impresionados por la actuación de su amigo. Mientras tanto, en el oratorio de doña Mariana sólo se escuchaba el apagado murmullo de las oraciones que en ese momento musitaban los dos ancianos consortes:


“Vos libráis a cualquier reo
De grillos y de cadenas
Y el que os clama se enajena
Del pecado, sucio y feo
Y, pues, sois divino Orfeo
De Jesús, Flor de las flores.

Humilde y divino Antonio
Rogad por los pecadores”.



Libro: LA CIUDAD QUE BORRÓ SUS HUELLAS. José Winston Pacheco
Imagen/Imágenes de Google/ www.calderas.wordpress.com

No hay comentarios: