Emiliano Torcuáz regresó a Opamane de Santiago después de muchos años de ausencia. Volvió de la capital, graduado de ingeniero agrónomo y se sintió feliz desde el momento en que divisó, a lo lejos, el poblado nativo. Desde que sintió en el rostro el aire helado de la región y vio las casas de sólida construcción, con sus tejados ambarinos o rojizos y sus renegridas azoteas. Y las plazas desoladas, al igual que las empedradas callejuelas por las que transitaban contados transeúntes, a pie o en bestias caballares. “Opamane Chago de lejos es un lugar pintoresco, por dentro, es un drama” musitó para sí Emiliano.
Cuando llegó a la amplia casona de sus abuelos maternos, justo frente a la Plaza de Armas, acudió a recibirlo un joven indígena de redonda faz, cabellos hirsutos y carnosos labios. Al verlo, Emiliano recordó algo que había leído en algún sitio, y el diálogo efusivo se produjo:
-Don Miliano ¡Usté aquí! ¡Por Dios bendito!
-Aquí mismo, Remberto, ya lo ves, y con grandes deseos de abrazar a los abuelos.
-Claro está. Después de tantos años, se van a alegrar mucho de verlo.
-Ellos... ¿Están bien?
-Si... si... doña Mariana en sus afanes; don Cupertino en la labranza. ¡Se van a poner tan contentos!
Al fondo del corredor, justamente en la puerta de la cocina, apareció una muchacha indígena en visible estado de gravidez. Al notar que Emiliano la había visto, Remberto enrojeció hasta la raíz de los cabellos.
-Don Miliano... la Martina y yo... este, pues, je, je.
-La tumbaste, bandido
-Si, pues, la tumbé
El indio rió abiertamente, al tiempo que tiraba de las riendas de la cabalgadura en dirección a un traspatio.
Poco después, Emiliano se encontró en efusiva plática con doña Mariana. La buena señora se lamentaba, en medio de una alegría que le era imposible disimular:
-¡Sea por Dios, muchacho! No pudiste avisarnos que venías, te hubiera preparado los pasteles de carne que tanto te gustan, porque no creo que hayas cambiado de gustos en esas ciudades, donde según se oye decir, hasta las comidas son muy diferentes. Pero, contame, muchacho ¿cómo sigue tu mama? En la última carta que nos mandó nos decía que estaba padeciendo de un fuerte dolor en los huesos.
-Si, estuvo con ese malestar, pero por fortuna un tratamiento que le indicó el doctor le cayó muy bien. Lo que pasa es que a mamá es imposible hacerla descansar, eso no lo permite.
-Es que para uno de viejo estar sin hacer nada es la muerte. Nos parece que ya no servimos para nada –señaló doña Mariana con cierto aire de tristeza.
-Pero no hay razón para pensar así, abuela, mucho menos alguien que ha vivido toda una vida dedicada al trabajo ¿No le parece?
-Si, muchacho, vos tenés razón, pero lo que sucede es que una no puede vivir pasando de holgazana. No, eso si que no. Preferible cualquier otra cosa.
-Ah, abuela, bueno. ¡Que le vamos a hacer! Ahora déme razón del abuelo Cupertino, por lo que veo no se encuentra en casa.
-Ay, ese hombre, con ochenta años y no deja el trabajo pesado. Alentado está, por obras de Dios, pero yo le vivo diciendo que uno ya es viejo, y que a cualquier momento los achaques lo dejan baldado. Pero ve... por un oído le entra y por el otro le sale ¡Malhaya! No va a tardar en llegar.
Y así fue, en efecto, don Cupertino apareció en el portón, cargando sobre sus hombros un pesado tronco de encina que tiró en el patio. Pese a su edad, se le notaba un vigor físico extraordinario. Al advertir la presencia de Emiliano, una sonrisa de satisfacción dulcificó sus facciones.
-¡Muchacho! vos, aquí!
-¡Abuelo!
-Llegó el hombre ¡por Dios bendito! –proclamó el anciano alegremente- Te veo cambiado. Más recio, como era tu padre cuando tenía tu edad.
Se fundieron en un abrazo prolongado.
-Mamá les manda recuerdos –dijo Emiliano- Esta sana y contenta. Me recomendó que les dijera que espera venir a verlos muy pronto.
-¡Gracias al Paráclito! Cuando se está lejos de los seres queridos uno vive preocupado, aunque siempre les hemos tenido presentes en nuestras oraciones y eso nos conforta. Pero vení, trae unos taburetes y sentémonos aquí en el corredor, que Mariana nos traiga café... platiquemos. Que gran alegría en la casa ¡Bendito sea Dios!
-Ya se los llevo –dijo doña Mariana secándose las manos con el delantal- ¡Martina... mirá si ya hirvió el agua, atizale el fuego a la hornilla, muchacha!
Emiliano extrajo dos paquetes de su mochila
-Le traje estos puros, abuelo –dijo, entregándole al anciano los paquetes- Este otro se lo manda mamá, creo que por ahí le echó una carta, según me dijo.
-Vaya, gracias muchacho. Estoy muy agradecido, me le decís eso, por favor, y que ojala venga para la temporada de las frutas, y pueda llevar bastantes.
-Si, claro, abuelo, se lo diré. Ahora, estos otros regalitos son para la abuelita. Venga para acá, señora, adivine que le traigo aquí.
-Pero... ¿Por qué te molestaste, muchacho? –exclamó la señora con acento de agrado, poniendo el azafate con el café sobre una mesa rústica.
-Desde hace mucho tenía pensado traerle esto –repuso Emiliano desenvolviendo los paquetes- Mire... mire, abuelita, cortinas finas para que adorne su oratorio. Y esto ¿sabe lo que es? Unos lentes, para que lea bien sus novenas, aunque me imagino que se las sabe de memoria.
-¡Sea por Dios, hijito! ¿Cómo voy a pagarte? –exclamó la señora a punto de sollozar.
-¿Qué le parece si me paga con un beso, eh?, Pero bueno, primero póngase los anteojos. ¿Qué tal, eh? ¿Le quedan bien?
-Santo Dios, veo perfectamente... mirá, Cupertino, fijate
-Y además, te ves bien Mariana –repuso el anciano con agrado- Gracias, muchacho, gracias por venir a contentar estos pobres viejos.
Libro: LA CIUDAD QUE BORRÓ SUS HUELLAS. José Winston Pacheco
Imagen/Imágenes de Google/www.agenciainfomania.com

No hay comentarios:
Publicar un comentario