ARTE DE PENSAR

viernes, 18 de noviembre de 2011

LA CIUDAD QUE BORRÓ SUS HUELLAS. Capítulo 4



Desde tiempos inmemoriales era costumbre improvisar endechas, hacer nuevas canciones, o reinventar viejas cosas como fabricar adobes rectangulares de singular tamaño, pesados como rocas y eternos como insondable misterio. O preñar a las mozuelas a edad demasiado temprana, a despecho de las aparentes reglas éticas de la sociedad, saltando las tapias al amparo de la noche. Sombra fundida en la sombra, bajo los cafetos o al abrigo cómplice de los platanares. 

Los viejos, en tanto, conversaban animadamente en las cocinas, consumiendo café en amplios y limpios huacales. A la luz de una tea de ocote fino. Aquellas conversaciones, amenizadas con todo un repertorio de dicharachos, siempre culminaban haciendo referencia al pasado:
   
-El general Zenón Moscoso fue el único que impuso la paz con mano de hierro. Aquel sí tuvo pantalones, no estos ensuciados.
   
Paz de difuntos. Las celebraciones de cuaresma, de valor inmarcesible para los poblanos, estaban- aunque ellos no lo supieran- destinadas al olvido. Los más viejos, sin embargo, parecían intuirlo. Años más tarde, al entrar la carretera, los turistas extranjeros no se darían tregua filmando las escenas a su juicio más pintorescas e interesantes: los bailes de los nativos, de gran connotación religiosa; los ritos guerreros en la plaza, tozuda remembranza de un pasado acaso omnipresente; los intrépidos jinetes en sus briosas cabalgaduras, compitiendo por descabezar unos palmípedos atados por las extremidades a una cuerda templada a regular altura. Y la fiesta y comilona. Y el cuadro deprimente de los que abusaban de la chicha. Y contaban:
    
-Mardoqueo Menoyo, el tunante metido a soldado, arrancó cien cabezas y desfloró cien vírgenes.

Ocurrió tiempo atrás. El cuartel estaba lleno de milicianos. Frente a la muralla, dos escuadras de soldados rendían honores de ordenanza. En el pueblo se hablaba por lo bajo: “Mardoqueo Menoyo es un pícaro de siete suelas. Roba que es un gusto y hostiga a la gente honrada. Acabará con muchos ¡por vida!...y todo en nombre de la paz y el orden que predica Moscoso, satisfecho, desde la Silla
   
Los soldados presentaron armas. Revista de tropas. El general Sambenito Gedeón llegó por la mañana procedente de Puerto Cimbalero, la capital. Llegó a bordo de un  viejo avión Ford que dio tres pases sobre la población, causando conmoción entre la gente.
   
-Es un AT-6, no se asusten, yo los conocí cuando estuve en la guardia de honor de mi general Moscoso. ¡Seguro viene el gobierno!- comentó Encarno Oyala a sus familiares recién llegados de una cercana aldea.
   
El avión estuvo a punto de zozobrar en el aterrizaje, porque el aeródromo estaba nublado y lleno de vacas y caballos que pacían. El piloto, uno de esos ases desconocidos para el común del pueblo, y cuyos nombres la historia guarda en el subconsciente, tuvo que hacer una maniobra arriesgada para posar en tierra el aparato, en medio del estupor de los ciudadanos que a cierta distancia contemplaban el incidente.
   
Enriqueto Espada, vigilante del aeródromo, voló literalmente en su alazán media sangre, ganado a un forastero en una parada de pokar, para ir a dar parte de la llegada del notable personaje. Regresó poco después, con una comitiva como de doscientas personas, entre las que se contaban políticos locales, empleados de mayor y menor categoría, pudientes del pueblo, y sobre todo, gente recogida a discreción y obligada a hacer número en aquella presentación de respetos al poderoso visitante:
   
-Coronel Mardoqueo Menoyo: En nombre del señor Presidente, mi general Zenón Moscoso, gran benefactor del pueblo y decidido sostenedor de la paz y el orden que disfrutamos, le entrego a usted el bastón de mando como Jefe Expedicionario, con poder supremo en toda la región, y potestad para mantener a discreción los intereses del supremo gobierno que son los mismos del pueblo.
   
Chasqueó las polainas el indio al cuadrarse con garbo y hacer el saludo militar. Mardoqueo Menoyo fue uno de los hombres a quienes su partido, el de la bandera rosada con rombitos grises, dio potestad suficiente para cumplir aquellas órdenes arbitrarias y atropellar gente a destajo.
   
Lejos de aquella ceremonia, pero enterado de ella por los amigos, el zapatero Cleto Mayén hizo una mueca de disgusto, al tiempo que cortaba de un hábil navajazo un trozo de cuero curtido que recién le había llevado un proveedor.
   
-¡Carajo! –Exclamó- en este pueblo se verán cosas. ¡Por Dios, tres veces santo!
   
En la calle, frente al taller de Cleto, un grupo de chiquillos armaba un cotarro, repitiendo con agudo sonsonete los dichos aprendidos de los viejos:
   
-San Juanillo le dijo al Rey: ¡Sota! ¡Caballo! ¡Nariz de buey!

Libro: La ciudad que borró sus huellas. José Winston Pacheco
Imagen/Imágenes de Google/www.ceutec-aviacion.blogspot.com


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