Desde que el señor Bonsard llegó a ocupar aquella vieja casa de la Calle 15, despertó las sospechas y el malestar de los vecinos del barrio. Es que en su mayoría eran personas conservadoras, si se quiere, muy chapadas a la antigua, aunque su característica más sobresaliente era un individualismo exagerado. No querían saber nada de nadie, y lo que desde el principio supieron de Bonsard es que se trataba de un sujeto agresivo, con un pasado tormentoso.
De la actitud huidiza y reservada de los vecinos, hablaban elocuentemente las puertas permanentemente cerradas, la escasa relación existente entre ellos, excepto en casos de verdadera urgencia.
Al señor Bonsard le agradaba la música bullanguera, y, a juzgar por el volumen con que la escuchaba –haciendo literalmente estremecerse las paredes del vecindario- diríase que creía que aquel hábito suyo era compartido placenteramente por los demás.
Retornaba de su trabajo casi siempre al filo de la medianoche, por cierto, nadie conocía la naturaleza de sus ocupaciones, y lo primero que hacía era encender su equipo de sonido, importándole un comino si con ello perturbaba el sueño del vecindario.
Naturalmente aquella actitud comenzó a originar protestas, empezando con murmuraciones entre dientes hasta llegar a acciones más contundentes.
Una noche que en casa de Bonsard parecía estarse escenificando una orgía, Nazario Colunga, el vecino de al lado, se asomó a la ventana en paños menores vociferando a grandes gritos.
-¡Apagá esa papada, grencho imbécil! ¡Llevate ese burdel a otro lado! ¡infeliz! ¡Dejanos dormir!
Una sucesión de luces se fueron encendiendo en el vecindario tras los gritos de Colunga.
Agustín Colomer, el vecino de la esquina opuesta, tuvo una idea mejor. Armado con una resortera que se había fabricado para cazar conejos, oculto tras el muro de su patio, comenzó a lanzar piedras de regular tamaño a la casa de Bonsard. Pero ni los insultos ni las pedradas lograron el efecto deseado. El señor Bonsard, acomodado en un mullido sillón reclinable, sorbía generosos tragos de licor y poco a poco iba cayendo en un estado de abotagamiento mental muy cercano a la inconciencia.
Unos airados vecinos se atrevieron a acercarse a la casa con ánimo de reclamarle, pero por más que oprimieron el timbre de la puerta principal no obtuvieron respuesta. No obstante, notaron que el hombre estaba despierto y además acompañado, por la conversación que escucharon.
-¡Esta no se las perdono miserables! – Bonsard arrastraba las palabras como gruñidos apenas inteligibles por efecto del alcohol- ¡Les llegó su día, malditas! ¡Les ordené que me esperaran en su habitación…y a mi se me obedece!
Se escuchó lo que parecían ser voces o risas nerviosas.
- Parece que pelea con alguien. Tiene mujeres con él. ¡Se oyen como chillidos o llantos! - acotó uno de los vecinos alarmado- Sería prudente llamar a la policía.
- De varias casas la han llamado inútilmente- repuso otro de los vecinos- Parece que este hombre es tan peligroso o poderoso que prefieren no meterse con él, más bien los que llaman corren riesgo.
De nuevo se escucharon risas y como voces chillonas.
-¡Y encima burlándose de mi! ¿No es cierto? –Continuó vociferando Bonsard- ¿Saben qué? ¡De mi no se burla nadie sin pagarlo caro! ¡Si! ¡Las mataré yo mismo!
El estallido seco de varios disparos se mezcló con las notas altisonantes del rock pesado que Bonsard escuchaba en ese momento. Tras las detonaciones, los antes iracundos vecinos se alejaron en veloz carrera con dirección a sus viviendas.
Al día siguiente, alarmados por el estruendoso ruido de la música que aún continuaba, alguien llamó a las autoridades.
Encontraron a Bonsard semi devorado por una manada de hambrientas hienas que- según le había contado a alguien en una ocasión- eran sus mascotas favoritas.
Libro: Estación insólita. J. Winston Pacheco
Imagen/ www.ecologismo.com

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