ARTE DE PENSAR

viernes, 7 de octubre de 2011

REINICIANDO PUBLICACIÓN por capítulos



Hace  algunos días, comencé a publicar mi novela corta IMPERFECTO AMOR, por capítulos, en la dirección anterior de CIUDAD DE LETRAS  enlazando la publicación con mi página en Facebook. Como tuve que interrumpirla por razones fuera de mi control, he decidido reiniciarla en esta nueva versión de mi Blog, Cumplo así con algunas peticiones recibidas, aprovechando para informar a mis visitas que esta obra pueden leerla pulsando el siguiente enlace:
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Capítulo 1

La jornada de clases llegó a su final cuando el crepúsculo se deshacía en matices multicolores. Los estudiantes se precipitaron hacia los portones como un torrente bullicioso y vivaz. Había cierta solemnidad en aquel tropel de despreocupados adolescentes.
   En el enorme edificio del colegio San Clemente sólo quedamos el profesor Cirilo Moncada y yo, aparte, por supuesto, del personal de servicio. Miré salir a Moncada presuroso y un rato después me hizo un ademán de despedida, al tiempo que su automóvil emprendía la marcha con un ruido semejante al de un demonio en desbandada.
   Matemático capaz, Moncada era también un personaje contradictorio. A veces se mostraba circunspecto y como sumido en hondas reflexiones; otras, en cambio, solía sorprendernos con un relato capaz de ruborizar a una cantinera de barrio marginado.
   Tomé mis materiales y me dispuse abordar mi propio transporte: una vieja  pero todavía eficiente bicicleta, regalo de un sobrino a quien en una ocasión ayudé a hacer un análisis sobre la filosofía de la Angustia. En las afueras del colegio me esperaba una chica, una de esas adolescentes que le obligan a uno a fijarse con nostalgia en la tersura de la tez, el brillo de los ojos y lo insinuante de las formas. Me miró con malicia, casi con desplante, e hizo un ademán como invitándome silenciosamente a detener mi desvencijado vehículo.
   -¿Qué hace usted todavía aquí? –me adelanté a preguntar
  -Estoy esperándolo para que me de “jalón” en la bici, y me lleve a algún sitio donde podamos hablar de un tema que me interesa.
   -¿Todo eso junto? – repuse asombrado, tanto por la propuesta de la chica como por la íntima convicción de que mi vehículo jamás resistiría un doble peso. Era casi seguro que de llevar a cabo aquella odisea, todo terminaría con una voltereta espectacular en cualquier calle concurrida. Desmonté, y poniendo cara de resignación inquirí:
   -¿Necesita acaso alguna información? ¿Cumplir algún deber?
  -Nada de eso –exclamó con la mayor frescura- Estoy enamorada y quiero estar segura de lo que es éso.
   La miré con cuatro ojos, aunque a decir verdad, en ese momento recordé que había dejado olvidados los lentes que le compré cierto día a uno de esos quincalleros más sagaces que un político en época electoral.
   -Y... ¿qué la hace imaginar que yo puedo ayudarla? –inquirí con voz apenas audible.
   -No lo imagino –sentenció con firmeza- Lo sé.
   Me rasqué la cabeza un tanto desconcertado, al tiempo que acudían a mi mente, sin saber por qué, los versos de aquella vieja canción que dicen: ¨ cuando aparezcan los hilos de plata en tu juventud ¨.
  -Mire –le dije- la acompañaré mientras hablamos, pero para serle franco no se si mis palabras le sirvan de algo…
 -¡Claro que me servirán! –Cortó convencida- Recuerdo que en una ocasión usted nos habló de algo que dijo Platón acerca del amor ¿quiere repetírmelo?
  -¿Se refiere usted a lo que suelen llamar “amor platónico?
  -¡Si… a ese! Pero también al otro tipo de amor del que también nos habló ¿Recuerda? Pero bueno… ¿Qué fue lo que dijo Platón?
   - Pues que… el amor es el contacto invisible de dos almas.
 -¿Contacto invisible? Eso no es posible, dos seres no pueden quedarse ahí nomás, sólo en contacto y peor invisible ¿no es cierto?
 -Bueno, algunos se han quedado –repuse un tanto incómodo por aquella plática inusitada- Aristóteles pensaba de otro modo.
  -¡Ah! ¿verdad que sí? ¿Y qué pensaba él? –demandó con ansiedad
  - Bueno, Aristóteles decía que “el amor es el contacto visible de dos cuerpos”.
   Sonrió complacida
   -¡Eso es! Eso suena mejor –exclamó con  júbilo – Y usted profesor ¿De cuál de esos dos señores es partidario?
   -¿Yo? -balbuceé carraspeando– Bueno…hace mucho tiempo que voté por los dos.
   - Claro. Es que los dos tienen razón ¿no es así?
  -Es una buena deducción –repuse- sin embargo hay quien cree que ninguno de los dos tuvo razón.
   Me miró con sus grandes ojos glaucos, inquisitivos
   -¿Qué significa eso? –preguntó vivamente interesada.
   En ese instante pasó cerca de nosotros un enorme furgón haciendo un ruido atronador. Yo dudaba en continuar con aquellas disquisiciones filosóficas  o concentrarme en las desniveladas llantas de  mi bicicleta. Sabía por experiencia, que cuando trataba de frenar siempre lo lograba varios metros adelante del lugar deseado.
   -Escuche –le dije con el tono más dulce de que fui capaz - en lugar de seguir con esta conversación, le prometo regalarle un librito que escribí hace algunos años, talvez lo encuentre interesante o apropiado para su propósito.
   -¿De veras? ¿Y cómo se llama su libro?
   -Imperfecto amor
   -Es un título extraño. ¿Por qué imperfecto amor?
   -Bueno, quizás porque como lo dijo otro gran pensador “el amor tiene razones que la razón no comprende” – indiqué citando la trillada  sentencia filosófica- Y a propósito, no me ha dicho su nombre señorita...
   -Soy Giselle, y usted…es pesado para la “casaca” –repuso sonriendo con malicia.
   -Siendo honesto, de casaca andaría yo con usted si viviésemos en otra época, pero como existe aquí un abismo de edades y tabúes, me voy y la dejo con sus inquietudes, diciéndole de paso que ese pantalón tan ceñido la hace lucir indudablemente muy atractiva.
   -Gracias. Es la moda “chicle” – respondió casi a gritos, pero yo ya pedaleaba con ardor, esforzándome por alcanzar mi acostumbrada marca de seis kilómetros por hora, era lo más que dábamos mi vehículo y yo.
   Al día siguiente lo primero que me reclamó fue el libro prometido, pero no lo hizo en el receso de clases. No. Se presentó intempestivamente, mientras yo dictaba mi clase de filosofía a un grupo que no era el suyo.
  -Profesor…vengo a que me entregue su amor imperfecto –exclamó con la más campante naturalidad.
   Entiendo que hay personas que se ruborizan extremadamente al cohibirse. Yo no pude sonrojarme porque aparte de tener una piel más bien trigueña, la malaria que padecí años atrás me dejó una palidez recalcitrante, difícil de domar, además, el malicioso murmullo de los pupilos no me dio tiempo de pensar en nada.
   Por cierto que esa vez al terminar la clase, observando desde el corredor de la segunda planta el barullo formado por los adolescentes a la hora del recreo, me puse a meditar en los cambios operados en aquella antigua institución con el paso de los años. “Todo es distinto ahora- pensé con profunda nostalgia—Hay una diferencia dramática, abismal. Ha cambiado el colegio, la ciudad, las personas ¡todo!...Sin embargo, hay cosas que parecen repetirse “
   Y como en un lento y vívido desfile, acudieron a mi mente las escenas  más emotivas experimentadas veinte años atrás, cuando llegué por vez primera a Santa Marta de la Colina.


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