Mi padre lo contrató como cocinero, y yo que en ese tiempo era un escolar, aprendí a reconocer las cualidades de sabiduría, bondad y desprendimiento que adornaban su persona.
Tendría unos 40 años de edad, estatura mediana y complexión robusta, su piel negrísima y su cabello ensortijado exhibiendo un alto bucle sobre la frente, era característico su gesto de tranquilidad casi permanente, muy propia de un hombre como él, de corazón limpio y confiado.
Todos en la casa le teníamos en la más alta estima, lo considerábamos un miembro más de la familia.
A mis hermanos y a mí nos encantaba verlo cocinar, moviéndose rítmicamente, al compás de un son tropical, acompañándose con el sonido de cucharones y sartenes. Bailaba muy bien, como todos los de su pueblo en la costa caribe de Honduras.
Como a mi padre le encargaban atribuciones en distintos lugares, cada cierto tiempo teníamos que cambiar de residencia. Queríamos llevarlo con nosotros, pero siempre se respetaba su elección de acompañarnos o marchar al puerto del que era originario. Cuando se decidía por lo último, nos llenábamos de nostalgia, tanto así le queríamos.
Pero en el momento menos esperado le mirábamos llegar, cargando su maleta, y anunciando sonriente su intención de permanecer con nosotros por un largo tiempo.
-Patrona, ya estoy aquí- decía con sonora voz dirigiéndose a mi madre. Ella lo invitaba a pasar a la cocina, le ofrecía un refresco y le servía un opíparo almuerzo o cena según el caso.
No importaba si habían transcurrido tres, seis meses o un año de ausencia, cuando llegaba, mi madre le encomendaba las tareas de cocina y todo continuaba como siempre, como si no hubiese transcurrido el tiempo o estuviésemos siempre en el mismo lugar.
Pero en una ocasión Juan apareció en un momento inoportuno, mi madre recién había contratado una señora como cocinera, y, como es obvio, estimó injusto despedirla sin razón justificada, pero nosotros sabíamos que no estaba dispuesta a dejar marchar a Juan, así como así, de modo que intervino con mi padre para que le consiguiera una ocupación en la finca por un tiempo determinado.
Una mañana lo miré llegar cargando una enorme manguera en las espaldas, cubierta la cabeza por un casco inglés.
-Soy “poisero” - me dijo con orgullo.
En las fincas bananeras de la costa norte hondureña, era común la traducción arbitraria de anglicismos que terminaban sustituyendo las voces originales. Poisero era un derivado de poisson, y aludía al duro trabajo de fumigar con manguera los platanares para preservarlos del virus de la sigatoka que, en ciertas épocas, se desataba como epidemia y diezmaba la producción de fruta.
Una mañana mi padre le encomendó a Juan la tarea de acompañarme a la escuela, distante como un kilómetro de nuestra casa. Debíamos de hacer el trayecto por la vía del ferrocarril.
Ya en camino, Juan se quitó el casco inglés y mostrándomelo me dijo con su peculiar acento caribeño:
-Mirá mi somberu de ruciar poisa
Yo me lo coloqué sobre la cabeza y él rió regocijado.
Más adelante, descubrimos a orillas de la vía férrea un enorme panal de avispas colgando de una rama de un árbol de mazapán, Sin detenerme a pensarlo, y ante la sorpresa de Juan, le lancé una piedra con tan buena puntería que le arranqué un pedazo. Una nube de furiosos insectos se abalanzó sobre nosotros, recibí muchos aguijonazos pero a Juan no le hicieron nada. Tuvo que cargarme de regreso a casa.
Días después, ya restablecido de la fiebre que me causaron las picaduras de las avispas, le pregunté a Juan por qué a él no le había ocurrido nada.
-Es malo molestar avispas, te pican, te emponzoñan. Te daré secreto para que nunca más picarte las avispas, pero no lo cuentes a nadie. Doblá piernas, como en cuclillas, y te mordés punta de lengua, ninguna se te acercará.
Parece cosa de cuento, pero a lo largo de la vida en más de una ocasión probé el secreto de Juan y nunca volví a sufrir la dolorosa picadura de esos insectos.
Cuando nosotros fuimos a radicarnos en una ciudad del interior del país, él regresó al puerto. Alguien me refirió que se dedicaba a la pesca artesanal, la que efectuaba en horas de la noche. Durante el día, acomodado en una hamaca, se daba a la tarea de contemplar el mar y acariciar sus recuerdos, en los cuales, estoy seguro, figurábamos nosotros.
Murió hace algunos años, y en premio a su amistad le hice figurar como personaje de una de mis novelas.
-Juan, Juan, Juanucho Vera, que pica la pera- Así le decíamos en coro con mis hermanos, y él, como siempre, dejaba aflorar su comprensiva sonrisa.
-Juan, Juan, Juanucho Vera, que pica la pera- Así le decíamos en coro con mis hermanos, y él, como siempre, dejaba aflorar su comprensiva sonrisa.
Libro: Relatos de mi blog. J. Winston Pacheco.
Imagen/ www.stockphotos.mx.com

No hay comentarios:
Publicar un comentario