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CAPÍTULO 9
Cuando llegué al colegio aquella fresca mañana de septiembre, encontré a los chicos llenos de un entusiasmo desbordante. Se habían despojado del uniforme diario y vestidos con ropas comunes y corrientes, comentaban con inocultable alborozo los acontecimientos que tendrían lugar ese día y que para ellos constituían toda una aventura. |
Un joven de aspecto desgarbado vino corriendo hacia mí cuando ingresaba al edificio principal.
-Profesor Bruno, a usted le toca ser nuestro guía ¿verdad? ¿Puede decirme a que lugar iremos de paseo?
-Iremos al río Apagirá, jovencito, pero ¡atento! No se trata de un simple paseo sino de una práctica de observación de nuestro ambiente ¿De acuerdo?
-Si, profesor
-Muy bien, dígales a sus compañeros que se reúnan en el aula, en un momento estaré con ustedes –indiqué
Más tarde, cuando estuve reunido con ellos, por primera vez noté en Yalila un gesto de profunda tristeza, algo verdaderamente inusual en su modo de ser.
Avancé con los chicos por un abrupto sendero rodeado de frondosa vegetación. En esa ocasión noté con extrañeza que ella no hizo ningún intento por acercarse a mí, antes bien, se mantuvo alejada y, a diferencia de los demás estudiantes, la observé callada y distante.
En cierto tramo del camino ordené hacer un alto. Los chicos se desparramaron buscando sentarse en cualquier saliente, roca o montículo que les pareció apropiado. Dirigiéndome al grupo les dije en voz alta:
-Jóvenes, su atención por favor. Quiero que se fijen bien en la belleza natural de este lugar. En la variedad de la vegetación que crece aquí libre y espontáneamente. Este bosque es un orgullo para Santa Marta de la Colina , y representa salud y bienestar para todos sus habitantes. A ustedes que son el futuro de esta región les digo ahora con plena convicción: cuiden esta floresta que es refugio de tantas especies animales, que purifica el aire que respiramos y protege el agua que consumimos. Amen estos bosques, muchachos, así como ellos nos aman a nosotros. Recuerden que hay lugares en el mundo en donde la aridez consume los cuerpos y los espíritus y en donde seguramente desean tener siquiera un poquito de esta vegetación maravillosa. Quiero que me hagan hoy una promesa: cuando sean mayores y si acaso les tocase conducir los destinos del país, jamás se presten a destruir este don inapreciable con que Dios nos ha bendecido. ¿Lo prometen?
-Si, profesor – exclamaron en coro. Luego escuché sus aplausos espontáneos y sus gritos entusiastas- ¡Bravo, profe! ¡Buena, profe!
-Muy bien –expresé sin ocultar mi complacencia- Ahora, continuemos caminando.
Una hora más tarde llegamos a la ribera del río Apagirá, cuya corriente límpida y silenciosa, discurría como un ancho hilo de plata por entre la lujuriosa vegetación. Muchos jóvenes anunciaron su intención de tomar un baño en aquellas frescas aguas, otros se prepararon para descansar bajo la arboleda, y otros más se aprestaron a encender hogueras en terreno limpio para calentar sus alimentos.
Busqué una saliente rocosa para sentarme y beber un poco de refresco que llevaba en mi mochila. Desde donde estaba situado podía observar cabalmente a los chicos y disfrutar a plenitud el hermoso panorama que se abría ante mis ojos. En eso estaba cuando llegó Yalila. El velo de tristeza que noté en su rostro a la hora de salir, aún persistía en sus agraciadas facciones.
-Hola, profesor –dijo con vocecita triste
-Hola Yalila, que bueno que aparece por aquí, desde que salimos del instituto quise decirle que le traje lo que le prometí – indiqué al tiempo que le alargaba una hoja de papel cuidadosamente doblada.
Cuando lo leyó advertí que sus ojos brillaban más de lo acostumbrado. Había lágrimas en ellos.
-Gracias, profesor – dijo quedamente frotándose los ojos con los dedos de su mano derecha.
-¿Ocurre algo? – Inquirí realmente sorprendido - Desde que la miré hoy por la mañana noté que algo le preocupa. ¿Puedo ayudarla?
Guardó silencio un momento mirando hacia la lejanía.
-Veo que encontró bastantes nombres –repuso forzando una sonrisa-¡Vaya nombres!...”Albatros” me parece muy ostentoso… ”Serpentinero” muy…muy audaz “Halconcillo” muy pretencioso...
Sonreí, encogiéndome de hombros, indefenso
-Todos estos nombres evocan cantos agudos, gritos desafiantes, vuelos audaces –balbució con voz melancólica- Son bonitos, pero no son apropiados para…para mi pobre pajarito encogido de frío y tristeza.
-Lo siento, fueron los únicos que encontré, pero sé que hay más, buscaré otros – repuse apuradamente.
-Ya no es necesario, profesor –musitó sollozante
-¿Por qué? ¿Acaso?...
-Ayer, cuando iba a alimentarlo…lo miré cuando hizo esfuerzos por escapar por un hueco que yo no había notado- explicó con voz quebrada- Lo miré luchar hasta hacerse sangre… y luego remontar el vuelo, parecía…una mariposa de colores. Era de color blanco ¿recuerda?
Asentí con un movimiento de cabeza. Continuó:
-Pues…parecía un rubí en el lienzo del cielo, por la sangre. Fue la primera vez que lo escuché cantar. Piaba, piaba, como diciendo... olvido, olvido, olvido –expresó con acento trémulo.
Le ofrecí mi pañuelo para secar las lágrimas que brotaban incontenibles de sus hermosos ojos.
-Olvido – repetí siguiendo una intuición- Quizás ese es el nombre que mejor le encajaba.
Me miró fijamente un poco sorprendida. Luego su vista pareció perderse en la lejanía.
En aquel sitio las montañas parecían desvanecerse en el inmenso llano que se extendía en la otra ribera del río. Caminó unos pasos, y con los ojos entrecerrados aspiró con deleite el aire fresco que llegó de pronto procedente de la otra orilla.
-A veces pienso que alguna vez yo también habré de marcharme tras esas montañas – expresó como hablando consigo misma- Me gustaría tanto conocer lo que hay allá, allá donde las montañas parecen unirse con el cielo.
-¿Acaso nunca ha viajado a otras ciudades? –pregunté, mirando también hacia el horizonte.
-Sólo una vez, siendo muy pequeña mis padres me llevaron a la capital. Es muy poco lo que recuerdo. Pero en sueños, en sueños he viajado mucho- repuso sonriendo.
-Me lo imaginaba – indiqué- Siempre me pareció una peregrina de ensueños. Un camino, como un pájaro, despierta en usted anhelos de andanza y aventura que no puede ocultar.
-Es verdad –afirmó- Pero ¿Cómo se ha dado cuenta de ese detalle? –inquirió mirándome con fijeza y ya sin lágrimas.
-Observándola, por supuesto, pero eso es hasta cierto punto peligroso.
- ¿Peligroso? ¿Por qué? –volvió a preguntar, intrigada
-Tengo la impresión de que es una viajera en medio de un mar desconocido. Su barca de anchas velas blancas es impulsada hacia regiones que se encarga de forjar su fantasía. Si he de ser sincero, la naturaleza que le ha concedido tanta gracia le ha dado también una imaginación creadora, pero desbordada…tanto, que podría darle a este paisaje el toque multicolor que le hace falta para hacerlo más sugestivo, o hacer brillar nuevas estrellas en una noche iluminada por miríadas de ellas.
-¿De verdad lo cree así, profesor?
-Desde luego –subrayé- Usted es capaz de describirme una región fantástica, probablemente inexistente, pero a la que sabe dar matices de realidad.
-¿Todo eso piensa de mí?
-Más que eso, pienso que es una muchacha y a la vez una historia inconclusa. Una historia que puede comenzar en la orilla de este río y quedar suspendida en una rayo del sol poniente. En verdad, a veces me parece una interrogación…
-¡Vaya! – Exclamó complacida - ¿Y qué otra cosa piensa de mí?
-Creo que muchos desean tenerla cerca y escucharla, pero que son pocos los que la comprenden, porque por otra parte usted es en sí una contradicción, a veces me parece atrevida hasta la temeridad, otras frágil y delicada. No me extraña que de pronto comience a preguntarse ¿que hay más allá del horizonte? ¿Qué hay más allá de aquella estrella? Como le he dicho, su imaginación la lleva a crear mundos de fantasía, paisajes utópicos, quimeras irrealizables…
-Mas que profesor parece adivino –dijo esbozando una amplia sonrisa.
-Sus rutas imaginarias siempre tienen un destino. Sus mares, un puerto de arribo. Sus sueños, una conclusión placentera. Pero hay algo a lo que le teme, y es a la duda; eso sí parece perturbarla bastante- expresé con convicción.
Me miró con admiración, casi con ternura
-Es…cierto – reafirmó
-Se que nunca quiere quedarse en el punto de ignorar algo que le interesa. Si no conoce algo, es capaz de imaginarlo. Todo eso es bueno, pero hay, como le dije antes, un peligro.
-¿Cual, profesor? –inquirió con voz trémula
- Que las realidades no son castillos encantados sino fortalezas casi inexpugnables. Su belleza, querida, está en su serenidad de espíritu. En un mundo azotado por la tempestad usted es un puerto de calma. En un desierto calcinado por los soles inclementes, es un oasis de frescura. Un faro en la noche tormentosa y oscura...
-¡Caramba, profesor, cualquiera pensaría que me está cuenteando! – exclamó con acento travieso.
-No es cuentear si le digo que no confunda realidad con fantasía. Yo no quiero que su limpia corola se marchite. Si alguna vez se marcha de aquí, no permita que otras latitudes consuman su alma limpia y cambien su modo de ser, a la vez vivaz y tierno. Yo puedo asegurarle que más allá de esas montañas hay algo parecido a un desierto frío y paradójico. Allá los ruidos proliferan, la tranquilidad se rompe a cada instante, en miles de fragmentos como los que produce el choque de la corriente contra el acantilado. Los seres son como mundos adversos, hostiles, que chocan entre sí estrepitosamente. No todos, por supuesto, pero abundan los enjambres de moscardones venenosos ansiosos de inyectar su veneno.
-¿Tan malas son las cosas allá? –preguntó con acento susurrante.
-No del todo, pero allá es más fácil considerarse o ser extraño en medio de extraños. Los seres compiten usando las peores armas, o sea, no lo hacen en buena lid en la mayoría de veces. Como lo dijo un gran pensador: pareciera que cada uno piensa que el otro quiere quitarle lo que considera suyo, y se apresta desde antes a atacar y despojar al otro.
-Cualquiera diría que usted es un pesimista, profesor – subrayó – Hablándome así, me asusta.
-Pudiera ser…pero es que usted a veces me da la impresión de ser como los pájaros. Ellos también se asustan antes del primer vuelo. Los espacios son amplios, infinitos, y sus alas pequeñas y débiles. Temen caer y lastimarse, no poder alzar vuelo y remontarse. Pero el viento les empuja y les lanza al infinito como pequeñas estrellas fugaces. Se van, y en la floresta sólo quedan los ecos desvaídos de sus cantos, y sus nidos vacíos, huérfanos de calor y alegría.
-Entonces, según lo que usted me dice, allá no hay alegría, amistad, amor…. ¡No lo puedo creer! - exclamó escéptica.
-Bueno, no es para tanto. Quizás es que yo prefiero que no se vaya, pero sé que es algo imposible, terminará marchándose de todos modos como su pájaro ¿no es cierto?
Me miró con aquella actitud traviesa tan característica de ella, y esbozando una enigmática sonrisa, expresó
-¿Y qué pasará si allá nos encontramos alguna vez, profesor?
No supe que responder. En ese momento un bullicioso grupo de chicas llegó a invitarnos para que fuésemos a disfrutar del guisado campestre que habían preparado.
Libro: Imperfecto amor. J.Winston Pacheco
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