Aquella ciudad se mostró a mis ojos como un cuadro de luces y de sombras pronunciadas. Descubrí que por sus calles bulliciosas paseaba diariamente la indiferencia, como una encopetada damisela, que encuentra su aposento en las almas.
Miré al dolor ocupado en mojar sus pinceles en las lágrimas de los niños o en la risa nerviosa de los adolescentes; noté que la ignominia conversaba animadamente con unas jovencitas de belleza marchita, como amigas que se cuentan mutuamente sus íntimos secretos.
Sorprendí al egoísmo, ladrón furtivo, robando el alimento de los desheredados. Observé las paradas del vicio y pude ver las marchas de la desvergüenza.
Miré también al sarcasmo reírse de la angustia y caminar campante al desconcierto.
Y, pese a todo, en ese mundo al parecer caótico, descubrí a la piedad asomarse a algunas puertas, a la fe luchando indeclinable y la esperanza marchando heroicamente.
Aquí estaba yo, lejos del solar ancestral, sofocado ante el fragor de una existencia agitada, en un mundo donde la tranquilidad huye como una virgen asustada ante el acoso de un fauno lujurioso.
Estaba sorprendido, pero sentía en mi interior una imponderable tranquilidad de espíritu. Sabía que si tuve el privilegio de respirar los aires fríos de mis montañas escarpadas, mi corazón debía templarse, ser ancho como un mar, ilimitado como un cielo.
Sin presunción alguna, al meterme en aquella maraña de seres casi impotentes, estresados por la histeria del materialismo, reafirmé mi creencia de que mi lugar no estaba en las grandes urbes.
Aquel anochecer, sin pensarlo mucho, me detuve en un café al aire libre, de esos que son concurridos preferentemente por los grupos juveniles. Fue algo súbito, sentarme y darme cuenta que ahí estaba ella.
Habían transcurrido algunos años pero su sonrisa, su actitud, eran las de siempre. Naturalmente ahora parecía más mujer, más atractiva, con su traje blanco, rodeada de una cohorte de amigos, quizás admiradores. Su gracia de muchacha inquieta sobresalía en el trajín de la gran ciudad.
Me asombró gratamente reencontrarla ahí, llenando con su fineza inalterable y su exquisita dulzura los estrados en que a veces la fatuidad gusta de hacer sus representaciones.
La miré venir hacia mí con su modo de siempre, a la vez atrevida y despreocupada, tal como la conociera aquella primera vez.
-Hola profesor –dijo con su voz cantarina al tiempo que ocupaba un asiento en mi mesa- Me alegro tanto de volver a verlo ¿Acaso anda de viaje o…reside aquí?
-Ando de paso ¿Y usted? ¿Qué ha sido de su vida? A mí también me satisface tanto volver a verla.
-Vine a estudiar a la universidad, me recibí de doctora en veterinaria- explicó con cierto aire de orgullo.
-¡Oh! Que excelente, y no me sorprende, siempre tuve la certeza de que llegaría muy alto –repuse con convicción.
-Pero, cuénteme, profesor ¿sigue dando clases en el colegio San Clemente? ¿Que tal marchan las cosas por el pueblo?
-Ha habido muchos cambios allá – señalé- Yo renuncié a mi cargo en el colegio, pienso dedicarme a la agricultura, compré unas tierras por allá ¿Se imagina dónde?
-No tengo idea, profesor – exclamó mirándome expectante.
-Mis tierras están a una distancia equidistante entre Santa Marta de la Colina y Sierra Verde. Allí voy a establecer mi granja.
-No le creo, profesor ¡En mi tierra! ¡En mi lugar!, ¡Es magnífico! –exclamó alborozada.
-Sí, señorita Yalila, allí me dedicaré a sembrar toda clase de plantas y a criar animales, cabras o vacas…lo que sea.
Se me quedó mirando con un cierto dejo de duda en la mirada, la sonrisa se fue diluyendo poco a poco en sus labios.
-Y seguramente… ¿llevará allá a su esposa, a sus hijos? –inquirió débilmente.
-No los llevaré…porque no tengo esposa y obviamente no tengo hijos. Aunque eso lo resolveré ahora que dispongo de más tiempo.
Me miró en forma interrogativa, como dudando del sentido de mis palabras.
-Pero…usted me dijo una vez que era casado –replicó- Me lo dijo allá en el colegio ¿Recuerda?
-Si, lo recuerdo, fue la vez en que usted me preguntó si alguien de mi edad podría interesarse en una persona mucho menor, como una alumna, lo recuerdo bien. Confieso que me pilló tan de sorpresa aquella pregunta, que no sé ni lo que le respondí. Cuando llegué a Santa Marta de la Colina tenía veintiséis años, ahora tengo cuarenta y séis y la certeza de que eso de casarse llega cuando debe llegar. Pero algo me hizo cambiar en todos estos años.
- ¿Algo? ¿Qué pudo ser?
-Bueno…cuando llegué a Santa Marta de la Colina , don Modesto Vargas, el conserje del colegio ¿lo recuerda? me dijo algunas cosas que al principio me causaron curiosidad, pero luego comprobé que eran grandes verdades. Ese hombre sabía tanto de la vida…Todo lo que me dijo en aquella ocasión resultó muy cierto, incluyendo mi intención actual de convertirme en granjero.
En la calle adyacente se formó una cola de ruidosos vehículos. Se escucharon voces airadas, gritos, claxon.
-Mi querido profesor, me encantaría hablar con usted en otra parte. Aquí al final de la calle está el “Belmondos”, ahí toca un grupo pop que es una delicia, lo invito a que vayamos- dijo poniéndose de pie al tiempo que me sujetaba por un brazo.
-¿Grupo pop?... espere, no me ha contado nada de usted ¿Vive aquí? ¿Tiene novio? ¿Qué hace?
Dejó salir una risa divertida.
-Vamos –dijo por toda respuesta
Solo acerté a incorporarme y seguirla
Solo acerté a incorporarme y seguirla
-¿Le agrada esta ciudad? –inquirí mientras caminábamos.
- No, claro que no ¿y a usted?
-Para nada, prefiero el lugar en que la conocí- repuse intencionalmente.
En sus labios se dibujó una sonrisa leve
-Ahí está el lugar –señaló entusiasmada- es una discoteca fantástica, se lo aseguro.
-¿Discoteca?...pero yo…
Dudé un poco antes de entrar, pero los grandes ojos de mi amiga era la fuente de una juventud eterna, aunque su boca al hablar o sonreír parecía haber perdido la ingenuidad primigenia, tornándose atrevidamente sensual.
Tuve la extraña y fascinante impresión de que el paganismo báquico oficiaba en los templos del espíritu. ¿Como contradecirla, si el hacerlo significaba privarla de su pureza que ahora me parecía infiel?
Y entramos al “Belmondo´s”
Aquello era un torrente de acordes a la vez acompasados y discordes, como un maremagno.
Parejas que se agitaban como débiles cañas sacudidas por un huracán arrasador.
Gemidos de instrumentos que despertaban los más confusos pensamientos y sensaciones.
Lamentos desvaídos de muchachas
Cabelleras al vuelo
Contorsiones excitantes de cuerpos sudorosos
Miradas de lascivia
Inercia de los cuerpos y las almas.
-¿Qué están tocando ahora? –dije casi a gritos para que pudiera escucharme.
Contestó algo que no atiné a descifrar, en su lugar me respondió un tipo que se contorsionaba como una rama, con la mirada perdida y un gesto como de sufrimiento estoico.
-Es…”La fuga de las almas” man. ¿Es que no estás en onda?
No esperó mi respuesta, siguió girando como un trompo, sonámbulo y extrañamente fascinado.
Yalila se echó a reír, quizás porque leyó mis pensamientos y supo que no me sería fácil escapar de aquellas redes tendidas por el existencialismo fatalista.
-¡Muévanse todos! – gritó alguien por un altavoz ubicado en una plataforma rodeada de luces intermitentes. Y todos comenzaron a moverse.
Los músicos enfundados en sus estrafalarias vestiduras.
Las muchachas de cuerpos tentadores
Los fifíes, los extraviados, los indiferentes
Las jóvenes que atendían a los clientes
Ella,
Yo.
En un instante en que cesó el bullicio ella se acercó a mí y dijo con voz cálida.
-¿Recuerda lo que le dije aquella vez cuando fuimos al río de paseo, profesor?
-Si… Preguntaste lo que pasaría si nos encontráramos años después en una ciudad como ésta – susurré junto a su oído tuteándola por primera vez.
-Entonces sólo lo sospechaba – dijo con acento de ternura- Ahora se que regresaré contigo a mi querido pueblo.
-Y será para siempre, porque en verdad te amo- repuse al tiempo que la besaba apasionadamente.
-¡Muévanse todos! – volvió a rugir el hombre desde la plataforma.
Ambos soltamos la risa dejándonos llevar por aquel torrente al parecer incontrolable.
Al fin y al cabo –pensé- cuando se rompan las cuerdas del mundo el sonido que producirán no será el de una sinfonía.
Serán más bien las notas del Apocalipsis,
Pero no el de Juan, el evangelista,
Sino el de Jonny, el vocalista de “The Crazys of Love”
FIN
Libro: Imperfecto amor. J. Winston Pacheco
Imagen: Imágenes Google/ www.absoluthuelva.com
Imagen cabecera del blog: http://joseluisavilaherrera.blogspot.com/
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