Estaba seguro que la vería de nuevo cuando el autobús se detuviera en aquella parada frente al edificio de apartamentos. Ella estaría ahí, sin duda alguna, grácil y fresca, entre las personas que esperaban subir a aquel transporte urbano. Era una escena que venía repitiéndose desde hacía tanto tiempo que ya no recordaba.
Como siempre a las 6 en punto, él se dirigía a su trabajo en la biblioteca pública, y desde mucho antes de llegar a aquella parada, su corazón comenzaba a acelerarse. Sabía que la chica estaría ahí como la primera vez, y harían juntos gran parte del trayecto, aunque ella bajaba unas calles antes, en la zona del Centro Cívico.
Era una chica alegre, vivaz y coqueta, luciendo siempre su pantalón de mezclilla muy ajustado, y su blusa blanca o negra, o con motivos de estos colores que parecían ser sus predilectos.
No tenía duda de que la chica lo obsesionaba. Antes de llegar a la parada, recordó el primer día que la vio subir al autobús y buscar con ansiedad un asiento. Sus miradas chocaron por unos segundos. Ella sonrió en una forma que él ya no olvidaría. Como si la estuviese esperando, le tenía reservado el asiento junto al suyo, cuando lo ocupó ,no le extraño para nada que le agradeciera con un gesto silencioso que le hizo estremecerse interiormente.
- Me llamo Venus - Habló ella al cabo de un rato como en un murmullo.
-¿Venus? ¿Cómo la deidad romana? …es…es increíble-repuso él balbuceante
-¿Por qué?
-Le diré un secreto: Es mi diosa favorita, Venus, la Afrodita de los griegos
-¿Ah sí?- Ella dejó asomar una sonrisa breve
-Sí, encantado de conocerla Venus. ¿Va para su trabajo?
-Así es, y supongo que también usted ¿No es cierto?
-Sí, trabajo en la biblioteca pública, si alguna vez llega por ahí, pregunte por el señor Pigma. Ese soy yo.
-Lo tendré presente - afirmó ella.
A partir de entonces viajaron juntos día tras día, mes tras mes, año tras año, hablaron, se contaron sus cosas a lo largo de todo el trayecto de todos los días. Intimaron. El señor Pigma se decía a si mismo que era feliz.
Un día el autobús no se detuvo en la parada, siguió de largo, tomó una ruta desacostumbrada.
Venus no estaba en ninguna parte. Los demás tampoco la vieron.
El señor Pigma se contorsionó en el asiento. Comenzó a proferir sonidos atropellados, ininteligibles, luego, sus gritos se volvieron desaforados.
-¡Deténgase maldito! -le gritó al conductor- ¡Venus sube aquí! ¡Deténgase, le digo!… ¡Venus!… ¡Venus!
Se puso en pie e intentó abalanzarse sobre el conductor. Varios hombres lo sujetaron con fuerza. Vio un hombre vestido de blanco que se acercaba amenazante. Sintió algo así como un aguijonazo en el antebrazo derecho. Seguidamente, alguien le ató los brazos junto a la cintura impidiéndole cualquier movimiento. Cayó en un extraño sopor. Miró a Venus correr desesperadamente tras el vehículo.
El autobús se detuvo frente a aquel deprimente edificio de paredes grises y frías. Un uniformado abrió el portón de entrada y dirigiéndose al hombre vestido de blanco preguntó.
-¿Novedades?
- Únicamente que el paciente Pigmalión volvió a entrar en crisis- repuso el hombre de blanco con desgano-. Es un caso perdido, le diré al director que no le permita participar en estos paseos de rehabilitación. Es perder el tiempo, la tal Venus lo vuelve loco y peligroso.
El uniformado torció el gesto con impaciencia, procediendo acto seguido a cerrar con varios candados el portón de acceso del hospital neuro-siquiátrico.
Libro: Relatos de mi blog. J.Winston Pacheco
Imagen/Imagenes de Google/ www.kodice.com

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