CAPITULO 11
-Bien…lo cierto es que el trato, la forma de relacionarse con sus alumnas no es nada ortodoxo, profesor De la Fuente. Usted las trata con demasiada confianza, con flojedad diría yo, y si ese trato no es una forma de coqueteo, dígamelo usted, porque en todo caso yo, particularmente, estimo que ese tipo de comportamiento no es el apropiado para mantener la disciplina en la institución- terció la profesora Arancibia.
-Esa es su opinión señora –señalé a mi vez- pero que no va al punto de la cuestión. Se me acusa de algo muy serio, y quiero saber quién o quienes formularon tal acusación ante este Consejo Directivo. ¿Fue usted acaso? ¿Fue otro compañero? Quiero saberlo.
El profesor Álamo se incorporó y caminó hacia el ventanal visiblemente perturbado.
-Profesor De la Fuente –dijo con voz ronca y mirándome fijamente - yo insisto en que esta situación debemos arreglarla aquí mismo y sin mayores escándalos. Me voy a tomar la atribución, con el permiso de los compañeros, de aclararle que todos los miembros del Consejo estuvimos de acuerdo en traer a discusión su forma de tratar a los estudiantes, especialmente a las señoritas, por ser inapropiada, y se presta a comentarios bien o mal intencionados de parte de los alumnos, de los profesores y de las personas particulares. Todos los miembros del Consejo que estuvimos en la sesión anterior creemos que su comportamiento recae dentro de lo que las leyes del ramo prohíben, es decir, la relación romántica maestro-alumna, por esa razón el Consejo adoptó esa determinación ¿De acuerdo?
-Además- añadió la subdirectora Arancibia con tono de prepotencia apenas disimulada- Ahora que se le ha convocado, tiene usted la oportunidad de defenderse, y exponer a este Consejo sus puntos de vista, su verdad. Le aseguro que estamos ansiosos de escucharlo y que estaríamos dispuestos a rectificar si usted nos convence de que estamos equivocados ¿No es así compañeros?
Asintieron con un gesto de aprobación. Yo tenía la vista fija en el ventanal donde el pájaro, una vez más, hizo una serie de cabriolas espectaculares antes de alejarse con rumbo desconocido. Tuve la sensación de que me liberaban de un pesado e inútil lastre, como quien sale, regocijado, de un foso lleno de oscuridad y mira frente a sí un horizonte pletórico de luz y alegría. Todavía dejé transcurrir un espacio de tiempo para ordenar las ideas que se agolpaban en mi cerebro como un torrente casi incontenible.
-Creo, compañeros, que por fin han dicho lo que esperaba escuchar desde el principio. Son ustedes los que por sí y ante sí han juzgado mi conducta como reprobable y digna de censura. Algo en esa conducta les molesta, y si he entendido bien lo que ha dicho el profesor Álamo, creen, piensan, y han dejado constancia de ello, que mi modo de ser con las señoritas estudiantes entraña algo pecaminoso, una falta muy grave que ustedes están dispuestos a sancionar como es debido.
-Escuche, profesor -interrumpió la profesora Arancibia- Usted no debería…
-No señora subdirectora, yo no debería estar aquí escuchando una acusación absurda y temeraria como la que me hacen ustedes. Ustedes, mis supuestos compañeros de trabajo. Una acusación tan falsa e hipócrita como falso e hipócrita es el flamante artículo 20 de la ley educativa que ustedes pretenden aplicarme, bajo el expediente de preservar la disciplina de la institución…
-Por favor, profesor, un poco de cordura- intervino el director Rocas.
-Cordura la he tenido en abundancia, señor director, ahora ha llegado el momento de hablar con franqueza, sin tergiversar ni maquillar la verdad para adecuarla a esa doble moral que es la que le hace verdadero daño a esta institución. Por eso, señores profesores, voy a decirles lo que pienso sobre ese artículo 20, tan apreciado por ustedes y sobre su acusación…
Hice una pausa. Advertí que en la lejanía se había formado un cúmulo de arreboles con la puesta de sol.
- Dice ese artículo que constituye una grave falta, sancionada con suspensión del cargo, el sostenimiento comprobado de relaciones amorosas entre un profesor y una alumna. ¡Vaya hipocresía la de nuestros legisladores, y vaya falsedad y cobardía la de nosotros los maestros! ¿Quieren saber como es mi proceder con mis alumnas? Se los diré con claridad: es un comportamiento amoroso…porque las quiero. ¡Vaya que si las quiero, no puedo ocultarlo!
Al escuchar mis palabras en sus rostros se dibujó una expresión de estupor. Parecían no dar crédito a sus oídos.
-¿Y saben qué? –continué diciendo- Creo firmemente que quienes hicieron esas leyes, además de hipócritas son unos perfectos ignorantes, como lo son todos aquellos que las siguen al pie de la letra con una lealtad perruna digna de mejor causa.
-¡Profesor De la Fuente !- exclamó la profesora Arancibia con voz alterada- Sus comentarios son ofensivos. Sepa usted que, por lo menos yo, no estoy dispuesta a seguirlo escuchando.
-¡Su actitud es intolerable! –Barbotó Álamo- Creo que la dirección debe tomar medidas…
-Lamento, señores míos, que les molesten mis palabras. Esperaba otra cosa de ustedes –puntualicé con energía- pero ahora tendrán que escucharme en la misma forma que yo escuché las resoluciones que tomaron a mis espaldas. En efecto, ratifico mi criterio de que esas leyes contienen una gran dosis de falsedad y les diré por qué. Aquí estamos hablando de amor auténtico. Amor desinteresado, señores, no del amor subalterno que persigue finalidades de satisfacción egoísta. Quítenle ese amor legítimo al maestro y lo convertirán en un personaje anodino, que sólo cumple una función por la paga, por la figuración, o por cualquier otro motivo. Déjenlo sin amor hacia sus alumnos, y le transformaran en una suerte de burócrata sin conciencia, moviéndose en un medio que no conoce ni le interesa conocer. ¿Qué puede importarle a un sujeto tal saber de las preocupaciones, las angustias, las limitaciones de sus discípulos? ¿Cómo podría enterarse de los sueños, de las esperanzas, de los ideales de los muchachos con los que trabaja? ¡Jamás lo sabrá! porque su falta de amor le obnubilará la mente. Por eso son hipócritas esas leyes que prohíben expresamente la relación amorosa maestro-alumna. Pero hay otra razón más puntual para que yo considere esas leyes como el muestrario de la hipocresía. ¿Se imaginan cuál es? A buen seguro que si, pero de todos modos voy a decírselas. Escúchenla bien: ahí, en ese artículo, donde se prohíben las “relaciones amorosas” entre maestros y alumnos, nuestros legisladores quisieron decir otra cosa pero no se atrevieron por mojigatos y cobardes. Lo que ellos quisieron prohibir fue la relación sexual, y eso hubiese sido lo procedente, pero llenos como están de dobleces éticos y morales, de tabúes y posturas aparentemente respetables, de mentiras, para decirlo en una palabra, no se atrevieron a llamar al sexo por su nombre, ni pudieron hablar de un sentimiento como el amor, muchas de cuyas facetas desconocen. Pero yo si las conozco, señores profesores, y por ello agradezco a la vida, les agradezco a ustedes, el haberme dado la oportunidad de expresar lo que pienso en torno a este penoso asunto. Ahora pueden ustedes tomar la determinación que más les plazca, yo…estoy dispuesto a aceptar esa resolución. Naturalmente, me retiro ahora mismo de esta reunión.
Uniendo la acción a la palabra salí de aquellas oficinas y caminé hasta el corredor frontal de la segunda planta, desde donde se divisaba la amplia área de recreo que rodeaba el edificio. Los muchachos habían terminado sus clases vespertinas y se dirigían hacia los portones como un mar humano alborotado y feliz. Me detuve un instante a observarlos, reflexionando en lo ajenos que estaban de la discusión habida en aquella reunión del Consejo Directivo de la que acababa de salir. “Es mejor así –pensé- ellos no tienen culpa de las estupideces de los adultos. Ya les llegará el momento de enfrentar sus propios problemas y tomar sus propias decisiones”.
Sentí que alguien ponía su mano en mi hombro. Era una de las chicas de un jubiloso grupo que, entre risas y dicharachos, reflejaban la sencilla satisfacción de haber culminado la jornada cotidiana.
-¿Nos vamos, profesor? – dijo la chica con entusiasmo.
La miré un instante en silencio. Ella, como las otras del grupo, llevaba en la lozanía de su rostro el signo fácilmente reconocible del candor y la serenidad de espíritu. Sonreí complacido.
-Por supuesto –dije comenzando a andar- Vamos muchachas, es hora de irnos a casa.
Libro: Imperfecto amor.J.Winston Pacheco
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