ARTE DE PENSAR

miércoles, 12 de octubre de 2011

IMPERFECTO AMOR. Capítulo 5




La fresca brisa del atardecer soplaba por todos los rincones con un hálito vivificante. Los tordos habían silenciado un poco su bullanguería al acogerse en sus nidos.
     -Muy bien, Yalila, sígame contando ¿Qué ocurrió después?
  -Pasé por alto algo muy importante –dijo ella con entusiasmo- Vladimiro no era sólo un pequeño comerciante. Dice papá que la gente del pueblo lo relacionó con algo que ocurrió en este parque por ese tiempo, algo ¿cómo le digo? Que nadie se esperaba. ¿Ve usted esa plancha de piedra que sobresale de la hierba, ahí, junto a ese arbusto de buganvilla?
     -Si, lo veo perfectamente
   -Pues dice papá que una noche, hace muchos años, alguien vino a colocar sobre esa base de piedra la estatua de una joven pensativa. Lo sorprendente es que nadie vio quien la puso ahí, ni siquiera los serenos de la municipalidad. Lo cierto es que al día siguiente fue la sorpresa en todo el pueblo. La estatua debió ser hecha por alguien que sabía el oficio porque estaba bien elaborada, eso se notaba a simple vista. Pero en el pueblo se formó enseguida una discusión, unos estaban de acuerdo con que la estatua se quedara en el parque; otros no. En fin, el pleito llegó hasta la Municipalidad.
     -¿Y qué resolvieron ellos? – inquirí sumamente interesado en el relato de mi amiga.
     -Tardaron una eternidad discutiendo el asunto. Parece que entre ellos también había desacuerdo. La verdad es que el tiempo fue pasando y la estatua se quedó en ese lugar.
      -¿Y dónde está ahora?
    -Cuenta papá que con el paso de los años se fue deteriorando. Y como siempre hay muchachos sin oficio, primero la manchaban y luego le tiraban piedras, hasta que le botaron la cabeza, por cierto que papá todavía se ríe cuando se acuerda de eso, y es que dice que por ese tiempo vivía aquí en Santa Marta de la Colina un señor muy ocurrente llamado don Honorio, y tenía una voz muy fuerte. Un día se detuvo frente a la estatua y  haciendo un ademán de desacuerdo comentó con su gran voz como para que todos lo oyeran: “¡Ja! No hay mujer que no pierda la cabeza”. Hizo reír a todos los presentes y nunca olvidaron ese comentario.
        -Pues vaya que era agudo ese señor- comenté
     -Por último la estatua se cayó del todo, sólo quedó esa base de piedra,  y, por supuesto, la leyenda del escultor desconocido. Pero la historia no termina ahí. Dice papá que un día unos escolares descubrieron en esa plancha unas palabras que todavía pueden leerse ¿quiere verlas?
      -Naturalmente
Fuimos hasta el lugar y nos inclinamos sobre la plancha. Se apreciaban claramente los signos grabados a punta de cincel sobre la roca. Decía: “Todo puede caer. El amor vivirá por siempre” 
      -Es asombroso –exclamé vivamente sorprendido
      -¿Verdad que si, profesor?- repuso ella sonriente
   -Tengo la impresión de que quien hizo esto no era una persona común y corriente- agregué- Para mí que fue alguien con grandes sentimientos y no poca sabiduría, y se me ocurre algo más…
Ella se me quedó mirando un tanto asombrada por mis comentarios. Regresamos a sentarnos.
   -Pienso –le dije- que pocas cosas son fugaces en los pueblos pequeños y tranquilos. Lo que hizo esa persona debió causar conmoción en Santa Marta por mucho tiempo.
  -Tiene razón, profesor- apoyó ella- dice papá que desde que descubrieron esa leyenda, comenzaron a llamarle a este sitio “Monumento al amor” Así se le conoce desde entonces, y era aquí donde se citaban los enamorados de otro tiempo, los románticos, ja, ja, ja.
      - ¿Ya no lo hacen ahora?
      -No, por supuesto que no, sería ridículo
   - Bien –expliqué- Eso es parte del progreso que poco a poco va entrando a esta comunidad trayendo un cargamento de novedades, especialmente para la juventud, y borrando de paso costumbres y valores tradicionales, por cierto muy positivos. Sólo hay algo que no acabo de entender en esta historia que me ha contado.
      -¿Qué cosa? Profesor…
     -Usted me estaba hablando del  enamorado de Rosalina. Se citaron aquí, pero  ¿cómo terminó esa historia?
     -¡Ah! Es verdad ja,ja,ja. Es que olvidé decirle que fue en este mismo sitio donde Rosalina citó a Vladimiro aquella tarde. Ella nunca vino a la cita. Dicen que algunos vieron a Vladimiro poner sobre esa base de piedra el papelito que ella le envió. Ahí lo dejó y luego se marchó muy resentido. Jamás lo volvieron a ver en el pueblo.
  -Pobre muchacho- comenté- El destino, armado con su lápiz intemporal le escribió una historia de amor diferente.
  -Creo que si- repuso ella- Rosalina fue mala. Nada le costaba rechazarlo desde el principio pero hizo lo contrario, algunos cuentan que le dio esperanzas.
    -Bien. Con lo que me ha contado puede sacar la conclusión de que hay filosofía aún en un parque como este ¿De acuerdo?
   Asintió convencida y sonrió.
     -Creo que ha llegado la hora de irnos- indiqué- Debo decirle que he pasado unas horas muy agradables en su compañía. Para ser sincero, su presencia, su relato, todo ha sido perfecto. Muchas gracias, Yalila.
     -Por nada, profesor. Yo también he tenido una tarde muy bonita- dijo ella con voz suave.
Hay quienes, como alguien dijo una vez, acuden a los parques con tristeza, con alegría o simplemente para librarse del fastidio. Como quiera que sea, el aire que se cuela por entre el follaje recoge y arrastra las inquietudes como si fuesen hojas secas, y conduciéndolas por sobre los arbustos las eleva sobre las doradas cúpulas y las hace remontarse como pájaros en desbandada.
Por eso- pensé- tantas personas van a los parques, y a veces se detienen como embelesados a mirar los surtidores de las fuentes.
Surtidores que manan, la mayoría de veces, de las bocas de ángeles de piedra, o de cisnes de cuellos interrogantes o de marmóreas estatuillas de Eros.
Simbolismo de cielos serenos, o lagos de tranquilidad inmutable. O aladas  representaciones  del amor contradictorio, que quiere ser eterno y fugaz al mismo tiempo.
Mientras regresaba con mi joven amiga, cada uno sumido en sus propios pensamientos, recordé la leyenda grabada a cincel en la tosca piedra del parque: “Todo puede caer. El amor vivirá por siempre”
Y, lo confieso, imaginé que el amor personificado debía tener, indudablemente, la apariencia de mi amiga, a ratos delicada y a ratos atrevida. Y, mirándola de reojo,  sentí que algo en mi vida sonreía.
 
 
Libro: Imperfecto amor. J. Winston Pacheco
Imagen/imágenes Google/ www.mitoypincel.blogspot.com 



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