ARTE DE PENSAR

jueves, 13 de octubre de 2011

IMPERFECTO AMOR. Capítulo 6




En otra ocasión me encontraba en la pequeña plazoleta construida dentro del área del colegio, junto a los viejos y frondosos ceibos que crecían casi al borde de la calle.
Tenía vacante a esa hora, así que dispuse revisar mis apuntes en aquel lugar tranquilo, pero en eso miré a Yalila  venir hacia mí. Recién terminaba un examen y traía sus cuadernos apretados contra su pecho.
   -Hola –saludó- ¿Que hace aquí tan solito?
  -Preparándome para poner un examen en la próxima hora. Y usted ¿Como le fue? ¿Hizo bien su examen?
 -Mmm…no me siento muy segura, fue un examen muy difícil, el profesor Cirilo es “hueso”
   -¿Hueso?
   -Duro, pues, y no admite reclamos, aunque uno tenga razón.
Se sentó cerca de mí con aquellos impulsos suyos tan impredecibles.
 -¿Ya vio eso, profesor? –dijo señalando el tronco del árbol que se erguía junto al descansadero que ocupábamos.
  -¿Se refiere a esas grabaciones que han hecho en el tronco?
  - Si –afirmó con un tono de traviesa malicia
En efecto, el árbol ostentaba su corteza maltratada, no sólo por los años sino por las  múltiples heridas inferidas en su tronco, nombres o iniciales enlazadas en corazones dibujados a punta de cuchillo.
 -En todas las épocas ha habido amantes tan apasionados como exhibicionistas –comenté acercándome al árbol- Mire esto: “Juan y Gabriela”, “Roberto y Nereida”, “PM y RZ se aman”. ¡Pobre árbol! Se me figura como uno de esos ancianos comprensivos que soportan sin quejarse toda clase de sinsabores.
  - Menos mal que ahora ya no se acostumbra hacer esas tonterías – replicó ella con convicción.
   -¿Ah no? ¿Cree de verdad eso? –repliqué a mi vez sin convencerme.
  -Claro que sí. Si se fija bien, esas letras son de hace varios años, cinco, diez, quién lo sabe
   - ¿Y ahora qué es lo que se acostumbra? –torné a inquirir
 -Mmm...No lo sé. Ahora es diferente, una puede andar con varios muchachos, salir con ellos, abrazarlos, pero sólo es amistad, nadie debe confundirse. Si alguien siente algo más por una, se lo dice y ya.
   -Entiendo- repuse
  - Hablando de otra cosa –expresó cambiando de tema- ¿Se ha fijado que los días parece que tuvieran distintos vestidos como nosotros? Este, por ejemplo, me luce como con un vestido gris, como si se hubiese echado encima un abrigo oscuro.
  - Tiene razón! –repuse, oteando el cielo grisáceo en el que parecían correr algunos nubarrones negros – Y ya que está comparando los días con las personas, a mí me parece este día más bien   como un niño triste y aletargado.
Mi miró interrogante. Escuché que exhalaba un hondo suspiro, y descubrí en su voz un matiz como de inconformidad.
  -Pero…los niños corren tanto, en un momento no se les tiene junto a una -señaló con cierta pesadumbre- Son como ciertos hombres.
 -¿De verdad piensa eso? –inquirí tratando de penetrar en sus pensamientos.
  -Si, lo pienso y lo creo así, aunque, claro, no todos los casos son iguales ¿verdad?
   -Desde luego, hay niños y hombres que son tranquilos, hasta diría que excesivamente tranquilos.
Me miró en forma indefinible. Entonces noté aquella rara ambivalencia natural en su ser, y que en lo adelante me desconcertaría tanto. En aquel momento, su mirada parecía reflejar un abismo o un desierto gris, como el día que, según ella, parecía vestido de tonalidades oscuras y deprimentes.
  - No – dijo de pronto con énfasis- A mí me gusta que los niños jueguen, que corran, que griten. Los que no lo hacen están enfermos de tristeza.
Siempre he creído que la contradicción es una característica muy marcada de la naturaleza femenina. La actitud que la chica asumía a veces me intrigaba. En ocasiones lucía ingenua y melancólica, en tanto en otras su atrevimiento sacaba de quicio a cualquiera.
  -Creo –le dije- que en todos los tiempos existirán sentimientos, aunque cambie la forma de expresarlos, siempre existirán actos y hechos semejantes. ¿Sabe lo que miré cuando vine a esta plazoleta?
Negó con un movimiento de cabeza, en su mirada percibí un claro matiz de curiosidad.
  -Un joven estaba haciendo marcas en este árbol, por este lado de atrás ¿quiere verlas?
Se acercó al árbol y miró las letras con fijeza: “Yali, te amo” Hizo un mohín de desgano.
   -Este fue el alocado de Javier comentó con acento de disgusto.
  -En efecto-repuse- dijo que su nombre es Javier. Tuve que quitarle el cortaplumas y llamarle la atención.
 -Es un muchacho iluso y terco- trató de explicar- Le he dicho un montón de veces que no me moleste, pero no entiende.
   -Eso que le pide algo que no es fácil para alguien que está enamorado –señalé
  -¡Bah! Y yo que voy a hacer –exclamó encogiéndose de hombros- No voy a engañarlo.
  -Tiene razón, pero ¿sabe? Aunque la actitud de él es inconveniente, no deja de dar pena un joven que se enamora contra toda esperanza. No dudo que por eso haya querido cobrárselas con este pobre árbol.
Sonrió divertida por mi comentario, pero enseguida tornando a ponerse seria expresó con vehemencia.
  -No es por eso, profesor. Javier es un alocado y caprichoso. Un día que íbamos a clase con el profesor Moncada, se subió a la cátedra y gritó ante todos los compañeros: “Yali, te amo” y comenzó a lanzarme besos, así con la mano. Me puse furiosa, le tiré los libros encima y  salí del aula. No sé ni cuántas cosas le dije ese día, desde entonces no me habla.
   -¿De veras?
   -Si, profesor, ya lleva como un mes sin dirigirme la palabra.
   Asentí con un movimiento de cabeza
 -Entonces está usando el libro de planes –comenté sonriendo abiertamente.
   Ella me miró sin comprender
   -¿El libro de qué? –inquirió desconcertada
   -El libro de planes
   -¿Y ese libro cuál es? Nunca lo había oído mencionar- expresó
 -Es uno que se ha usado en todas las épocas, especialmente por ciertos jóvenes que tienen dificultades para desenvolverse con naturalidad en sus relaciones con el sexo opuesto, y principalmente cuando una chica les gusta.
 -¡Vaya! –Exclamó sonriente- ¿Por qué no me cuenta de ese libro, profesor? Debe ser divertido.
 -Lo haré en otra ocasión. Se lo prometo. Ahora debo ir a poner el examen, faltan solamente diez minutos para entrada.
  -¡Que le vaya bien! –exclamó, al tiempo que yo apuraba el paso- Y deje que los muchachos se digan algunas respuestas. No sea malo.


Libro: Imperfecto amor. J.Winston Pacheco
Imagen/ banco de imágenes gratuitas  http://joseluisavilaherrera.blogspot.com

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