Como la mayoría de ciudades y pueblos de herencia hispana, Santa Marta de la Colina fue erigida siguiendo el mismo patrón estructural. Frente al parque, la antigua iglesia, mezcla de diseño barroco con detalles indigenistas que le daban un aspecto imponente, o mejor dicho, señorial. En el extremo opuesto, el viejo edificio municipal, construcción de adobe de trazo sobrio y sólida estructura, con un amplio corredor al frente en que se destacaban las columnas de madera, elaboradas con esmero, rematando en su parte superior con detalles que recordaban vagamente el estilo corintio. Dichas columnas iban empotradas en una base de piedra cincelada a mano. Por lo demás, el parque estaba rodeado de viviendas de parecida estructura, todas construidas de adobes macizos y tejas de arcilla cocida, todo ello fabricado en el lugar por artesanos que- según me enteré después-heredaron el oficio de sus ascendientes, generación tras generación.
Yalila y yo nos sentamos en una banca situada frente a la iglesia. Un viento frío soplaba aquella tarde sabatina, y una verdadera bandada de tordos armaba una gritería estruendosa, al retorno de sus andanzas cotidianas, en tanto buscaban sus nidales en los frondosos árboles que rodeaban el quiosco ubicado en el centro del parque.
-No me dicho si le gusta mi pueblo –dijo ella iniciando la conversación.
-Me gusta mucho –respondí- Siempre desee vivir en un lugar así, tranquilo y de gente muy amable.
-Me alegro que le guste- agregó sonriente- Yo siempre vengo al parque a escuchar los conciertos que ofrecen los domingos por la noche. Vengo con una amiga. Ahora esto está muy tranquilo, pero si viera los domingos, hasta se arman bailes que duran muchas horas.
-Ya veo. Es una forma muy bonita y sana de divertirse. ¿Sus padres no vienen con usted?
-Ellos viven en una comunidad vecina llamada Sierra Verde, es una pequeña aldea un poco alejada de aquí, son agricultores, yo vivo con mi tía, en una casa de familia.
-Entiendo
-Y a usted ¿le gusta bailar, profesor?
-Nunca logré aprender, pero me gusta la música y ver bailar a las parejas, especialmente a las que saben hacerlo.
-¡Vaya!...pues en eso nos parecemos. Yo tampoco se bailar, aunque me gustaría mucho hacerlo. Pero, dígame ¿Qué hace en su tiempo libre, aparte de oír música y leer libros de filosofía?
-Bueno, a veces me pongo a escribir, tomo notas de… todo lo que me parece interesante. Y a propósito, no sólo se aprende filosofía leyendo. Hay filosofía en tantas cosas…
-¡No me diga!- Exclamó visiblemente sorprendida- ¿Acaso hay filosofía en este parque? ¡Vamos! Dígame, que filosofía hay aquí, según usted.
-Podría aburrirla si se lo digo –advertí
-No. Al contrario, le aseguro que no me aburriré de escucharlo.
Me rasqué la cabeza, estaba ciertamente agradado en compañía de aquella chica.
-Sabe usted, señorita Yalila, que en muchas ocasiones el destino suele comenzar a tejer sus hilos en los parques. Sentado en una banca, como un personaje invisible, se entretiene en enredar su madeja...
-¿El destino? – balbució en un susurro
-Es que los lugares como este son, por excelencia, los escenarios en que a diario se representa el drama del amor, la tragedia del dolor o la comedia de las alegrías sencillas.
-El destino ¿un personaje? –tornó a repetir quedamente.
-Si. Y en esas representaciones, según el caso, puede haber un silencio sugestivo, como el de este momento, quitando o no, la gritería de esos pájaros; o puede haber la música estruendosa de una banda municipal, como la que me dice que ofrece conciertos los domingos.
-Pero ¿como es eso de que el destino enreda su madeja? No entiendo muy bien.
-Es fácil de entender, querida, los otros actores son las personas que vienen aquí. Cada una representa su papel en el drama de la vida. Son protagonistas principales, y sus representaciones son sumamente francas, tanto que a veces nos impresionan por su sinceridad. Y es que son espontáneas, porque cada quien se representa a sí mismo.
-¡Vaya!...Nunca se me ocurrió mirar las cosas así, como si cada quien estuviera representando su propia historia, incluyéndolo a usted y a mí.
-Pues así es, querida mía. A veces, cuando veo algunas personas, por ejemplo, aquel señor que viene saliendo de la iglesia ¿lo ve? Ese que lleva un sombrero blanco en la mano...
-Si...si...el viejito de chaqueta azul, lo veo, si
-Pues me vienen a la mente personajes de libros famosos, o simplemente los títulos de esos libros.
-¿Cómo que libros, profesor?
-Son muchos, por ejemplo “Confieso que he vivido” de Pablo Neruda; o “La simulación en la lucha por la vida” de José Ingenieros; o “La comedia humana” de Honorato de Balzac, en fin...
-¡Vaya títulos!, impresionan por sí solos –comentó ella- ¿Y usted ha leído todas esas obras, profesor? No vaya a decirme que esos señores escribieron sus libros en un parque como este.
-Eso no lo sé cabalmente, pero tengo mis sospechas.
Llevó sus manos a la boca en gesto de asombro. Se puso seria, me dio la impresión de que trataba de ordenar los pensamientos que acudían en tropel a su mente.
-¡Ahora comprendo!- exclamó de pronto- ¡Está claro, clarísimo ¡Eso fue lo que sucedió aquí!
-¿A qué se refiere? –inquirí un tanto sorprendido.
-Este parque tiene una historia, profesor, todos la conocen en Santa Marta de la Colina. Mi papá me la contó desde que era una niña, y nunca la olvidé, porque me pareció muy triste ¿Quiere que se la cuente?
-Por supuesto, me encantaría
-Dice papá que él estaba muy joven cuando sucedió aquello. Aquí vino a vivir un muchacho de la capital. Se llamaba Vladimiro, y se enamoró de una de las muchachas más bonitas del pueblo. Ella se llamaba Rosalina, y era hija única de un matrimonio muy rico, los Carreño, talvez los ha oído mencionar.
-Claro- asentí- el director del colegio me presentó a un señor Pedro Carreño.
-¡Ajá! Es de los mismos. Pues Vladimiro era comerciante, de esos que van y vienen por varios lugares vendiendo cosas. Muchas personas le aconsejaron que no se hiciera ilusiones con aquella muchacha, pero él no hizo caso. Todos los días acudían al parque para verla, y en una ocasión en que ella fue a la iglesia a confesarse, la siguió, y ahí cerca del confesionario se le declaró. Imagínese usted, profesor.
-Pues si que era audaz ese muchacho
-Bandido era, no respetar ni la iglesia. Dice papá que un día Rosalina le mandó un papelito con la doméstica de su casa, citándolo aquí en el parque, a las cinco de la tarde, para darle una respuesta a su declaración de amor.
-¿Y qué ocurrió -pregunté sumamente interesado- ¿Se hicieron novios?
-¡Que va! El muchacho llegó desde horas antes, muchos lo vieron pasearse de un lado para otro dando vueltas alrededor de este parque. Dicen que así estuvo por largo rato esperándola.
-Ya me figuro la impaciencia de ese chico- comenté sonriente.
Para esa hora había llegado bastante gente al parque. Personas de todas las edades caminaban por las estrechas calzadas bordeadas de flores y árboles viejos. El reloj del templo dio cuatro campanadas que se fueron diluyendo lentamente en el ambiente. Confieso que el relato de mi joven amiga comenzaba a interesarme sobremanera.
Libro: Imperfecto amor. J. Winston Pacheco
Imagen/ http://www.skyscrapercity.com

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