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Había
mucha bruma aquella tarde de invierno en que caminábamos con mi
amigo Ataúlfo Col por la desolada plazoleta. Pocas personas se
encontraban a esa hora en aquel lugar, excepto algunos vagabundos
arrebujados en sus raídas vestiduras, esforzándose por capear el
frío que azotaba como latigazo.
Ataúlfo
me refirió que había pasado en vela la noche anterior. Su aposento
estaba en el segundo piso de un viejo edificio de apartamentos cuyos
ventanales daban precisamente hacia la plazoleta.
Las
marcadas ojeras de mi amigo revelaban el paso escabroso de las horas
de insomnio que debió pasar.
-No
sé por cuánto tiempo estuve con la vista fija en las sombras que se
reflejaban en la pared –masculló con voz cansada- Parecía que las
sombras bailoteaban con el movimiento de la llama de la lámpara de
gas, pues la luz se fue con la tormenta.
-Debes
sentirte postrado –comenté
-Bueno,
pasé casi toda la noche dándole vueltas a ese extraño asunto.
Cuando te hablé por teléfono deben haber sido como las tres de la
mañana.
-Eran
las dos –puntualicé
Esbozó
una sonrisa de desamparo
-Esto
es algo... difícil de creer. Algo sin explicación lógica, te lo
aseguro.
-¿Por
qué no me lo cuentas? Mi mujer dice que con la luz del día los
problemas no se miran tan negros -sugerí
Nos acomodamos en una banca junto a un árbol de eucalipto. Numerosos vehículos cruzaban raudos por la húmeda calzada, distante como cien metros de donde nos encontrábamos.
-No sé por qué razón asistí ayer al acto que celebraban en esa escuela –expresó Ataúlfo intrigado- Nadie me invitó, simplemente me encontré en medio de los asistentes. Un orador muy elocuente estaba hablando de los méritos de aquellos hombres. Recuerdo que llamó a tres de ellos, invitándolos a subir al estrado lo cual hicieron uno tras otro.
-¿Recuerdas
los nombres?
-No.
Sólo recuerdo que los tres se parecían físicamente y que eran de
muy corta estatura. De no ser por sus semblantes avejentados y sus
cabelleras largas y canosas, quizás hubiesen pasado inadvertidos
entre los escolares.
Hizo
una pausa para encender un cigarrillo, aspirando el humo con
fruición.
-¿Y
qué dijeron ellos? –pregunté con curiosidad.
-Ni
una palabra. Recibieron sus diplomas en silencio, con porte de gran
dignidad. En cierto momento tuve la impresión de que uno de ellos
iba a dirigirse al público pero no fue así, hicieron una
genuflexión y retornaron a sus asientos.
Un
perrito de pelambre amarillenta cruzó en ese momento frente a
nosotros, dando saltos de alegría con el dogal a rastras, sordo a
los llamados de su dueña, una joven mujer cargada de paquetes.
Ataúlfo expelió una bocanada de humo denso y azuloso que se diluyó
en el aire. Tiró el cigarrillo restregándolo contra el suelo con la
punta del zapato.
-Enseguida el presentador anunció los nombres de tres personajes más que también serían homenajeados. Por lo visto se trataba de sujetos a cuál más célebre, a juzgar por lo que dijo de ellos. Sólo recuerdo el nombre del que llamó por último, pues me causó una impresión tremenda.
-¿Y eso?
Se aclaró la garganta con un carraspeo característico. Fijó su mirada en la distancia, pensativo. Tuve la impresión de que se esforzaba en ordenar los recuerdos.
-Era un hombre de rostro alargado, alto y huesudo, vestía sin ninguna ostentación, casi pobremente. El presentador dijo que se trataba del autor del primer libro de lectura que se utilizó en las escuelas por muchos años, y del cual sólo quedaban unos pocos ejemplares guardados con mucho celo. Alguien, no supe quién, puso en mis manos un ejemplar del libro, con la tapa amarillenta y medio carcomida por las polillas. Lo abrí al azar, y para mi sorpresa descubrí que conocía de memoria aquel texto y aquellas ilustraciones, principalmente la lección titulada “Como la espiga”. ¡Yo aprendí a leer con ese libro! ¿Te imaginas? Me sentí verdaderamente emocionado, como transportado a los días de mi infancia. Solo volví a la realidad cuando el presentador anunció que aquel hombre se presentaría a sí mismo, lo cual hizo con voz grave y trémula, como si al pronunciar las letras de su nombre arrastrara con ellas todo un mundo de imágenes y remembranzas. “Soy Geo Liberat de Transquilata”, exclamó orgullosamente, y el salón se inundó de emocionados aplausos.
Ataúlfo hizo una nueva pausa para arreglarse el cuello del gabán.
-Poco después caminé por las calles adyacentes a aquella escuela, no te diré por cuanto tiempo. Todavía experimentaba aquella sensación como de plenitud espiritual. Entonces advertí que me encontraba en un callejón sin salida, rodeado de viviendas de sólida construcción. Me llamó la atención ver un hombre que jugaba con un enorme gato de pelambre erizada y aspecto feroz. Estaban al fondo del callejón. “Espinón”, dije, como si llamara al gato. El animal se me quedó mirando con cierta extrañeza pero luego vino maullando a restregarse contra mis pantalones.
Desde el fondo del callejón el hombre me dirigió una mirada hipnótica y dijo: “Siempre estuve seguro que no nos olvidarías. Ojalá recuerdes también los consejos que te di cuando eras un escolar”.
No tuve la menor duda, aquel era el mismo personaje que habían premiado hacía un momento, y que tan fuerte impresión me causó cuando dijo su nombre.
-Ahora comprendo - comenté- Debió causarte una emoción muy grande volver a ver a tu maestro.
Ataúlfo me miró en forma enigmática.

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