ARTE DE PENSAR

martes, 18 de octubre de 2016

EL HOMBRE QUE AMABA LO NATURAL.- Relato

Tomado del libro Estación insólita de J. Winston Pacheco


Foto: Imágenes de Google



Encarno llegó a la ciudad huyendo de un pasado ignominioso y cruel. El hogar en que creció estaba en ruinas, y a sus años- aún no cumplía los 20- lo que más deseaba era olvidar, forjarse una existencia tranquila en la pequeña granja que adquirió, con grandes sacrificios, en los suburbios de Santa Brígida la Nueva.

Tenía un par de amigos que le visitaban tarde con tarde, manifestándole su sorpresa de no verle nunca en los eventos sociales que tenían lugar en la pequeña ciudad. Es más, Hipólito, el amigo abogado, no perdía ocasión de hacerle chanzas por su temperamento misógino.

- Mira y no piensen que padeces de alguna extraña enfermedad- le hizo ver con una sonrisa maliciosa-y que por eso te encierras.
- ¿Sabes qué? amigo, me importa un cacahuate, no tengo por qué complacer a nadie.- ripostó Encarno
-La verdad es que, aparte de nosotros con Efraín, no le importas a nadie –tornó a decir Hipólito- Aquí, como en todas partes, las personas sólo se interesan por sí mismas.
-Eso es correcto-admitió Encarno- Por lo mismo, me tiene sin cuidado lo que se piense de mi ¿comprendes?
Hipólito hizo un gesto de asentimiento.

Pero todo cambió el día en que un sujeto apareció muerto en la finca de Encarno. Tenía el rostro inflamado con heridas profundas llenas de sangre coagulada. Lucía ciertamente irreconocible. Cualquiera hubiese pensado que lo habían ultimado con una filosa arma blanca. El ciudadano que actuó como forense era alguien que había relizado años atrás estudios de medicina que no llegó a concluir. En el pueblo carecían de un elemento más calificado para tal finalidad. Su dictamen fue que el occiso llevaba aproximadamente tres días de haber pasado a mejor vida.

Encarno fue detenido como principal sospechoso y conducido a la Fiscalía, junto con algunas pruebas de convicción: un machete con restos de sangre de la víctima, y unas muestras de tierra extraídas con cuidado de los neumáticos de su vieja camioneta Ford.

Durante el juicio efectuado unos días después, Encarno protestó su inocencia por enésima vez, pero el fiscal Tomás Lloveras estaba decidido a encerrarlo en una celda por muchos años. Para él, Encarno era culpable fuera de toda duda.

Cuando le tocó hacer uso de la palabra, como dirigiéndose con gesto estudiado al juez y al jurado, Lloveras dio comienzo al interrogatorio.

-¿Conocía usted al occiso?- preguntó al acusado- Le recuerdo que está usted bajo juramento.
-Si señor, aunque no lo suficiente.
-Limítese a contestar la interrogante. ¿Lo conocía si o no?
-Si señor
-¿Admite usted que el señor Brenes le visitaba con cierta frecuencia en su finca?
-Bueno, él llegaba algunas veces a…
- No importa a lo que llegaba, pido al tribunal que tome nota de que el acusado conocía al occiso, es más, contemporizaron muchas veces. Se conocían ampliamente. Eso me basta por el momento. Su testigo, señor abogado.

Hipólito Rojas, el abogado defensor, avanzó hacia el acusado sosteniendo unos papeles entre sus manos.
-Su señoría…señores del jurado: todo lo que ha mencionado el señor fiscal son acontecimientos circunstanciales e irrelevantes. Todos podemos conocer a diez, cien o mil personas, y ello no significa nada para el caso que nos ocupa. Yo pido que se dicte sobreseimiento y se resuelva sin más trámite la libertad de mi cliente.
-Protesto, Su Señoría,- exclamó el fiscal- el abogado no se ha dignado ni siquiera interrogar al acusado.
- Ha lugar –dijo el juez
El abogado defensor avanzó hasta colocarse cerca del acusado...
-Señor Encarno –dijo- ¿Podría usted decir a esta Corte cuál es su ocupación actual?
-Soy apicultor y además siembro árboles y crío animales, soy un amante de la naturaleza
-¿Ah si?...y puede decirle a la corte que animales cría usted
- Bueno, algunas ovejas, caballos salvajes, y por supuesto, atiendo mis colmenas de abejas productoras de miel.
-¿Todo ello como afición, o para sacar algún provecho pecuniario?.inquirió el defensor
-Para ambas cosas. repuso Encarno con voz firme
-¿Tiene empleados que le ayuden? por ejemplo, para domar esos caballos salvajes ¿O lo hace usted mismo?
-Tengo un caporal muy bueno para la doma de esas bestias, y dos ayudantes más.
El fiscal intervino en ese momento.
-Objeción, Señoría, el señor defensor está divagando con cosas que no conducen a nada. ¿Podría pedirle que haga preguntas más específicas?
El juez se ajustó los lentes con impaciencia.
-Señor abogado, procure ser más específico en sus interrogantes
- Mil perdones, Su Señoría, le aseguro que sí quiero llevar claridad a esta corte.
-Eso espero –replicó el juez- de lo contrario cesará usted el interrogatorio.
-De acuerdo, Su Señoría. Ahora dígame señor Encarno, usted ha dicho que tiene colmenas en su finca ¿No es cierto?
-Si señor.
-Y…la manipulación de esos insectos ¿no es algo peligroso? específicamente los de la clase que usted mantiene.
-Así es, esa especie de abejas son muy peligrosas, siempre que no se usen las medidas de seguridad indicadas.
- ¿Puede usted decirle a la corte que medidas son esas?
-Bueno…usar trajes especiales, humo, pero ante todo evitar ruidos estridentes, atacarlas, o hacer maniobras que pueden ponerlas nerviosas.
-¿Usted ha sufrido accidentes alguna vez?
-No señor, inclusive puedo acercarme a las colmenas sin mayor protección. Esos animalitos conocen a quien les quiere bien, saben quien las trata con dulzura.
Hubo risas en la sala. El juez dio tres golpes llamando al orden.
El fiscal tornó a protestar
-Señoría: el señor abogado sigue divagando. Pido que se suspenda su trivial intervención.
-No ha lugar- afirmó el juez. Pero en lo adelante tratará de ser más concreto, abogado ¿Entendido?
-Si Su Señoría. De acuerdo. Ahora le pregunto al acusado ¿Cuándo fue la última vez que habló con el occiso?
- El domingo pasado, señor
-O sea, hace ocho días ¿quiere decirle a la corte de que cosas hablaron?
-Quería comprarme uno de mis potros
-¿Hicieron el trato?
-No. Le hice ver que por tratarse de animales salvajes no podía vendérselo, hasta que estuviese domado por un experto.
-¿Que dijo él entonces?
-Insistió mucho, pero yo me negué.
-Y el señor Brenes ¿se enojó mucho con su negativa a vendérselo?
-Si señor, el se puso furioso, incluso profirió palabras fuertes contra mi persona
- ¿Y qué hizo usted entonces?
- Traté de calmarlo, pero la verdad, no admitía razones.
- ¿Andaba armado el señor Brenes en esa ocasión?
- El siempre andaba armado, por lo menos en todas las ocasiones en que llegó a mi propiedad.
- ¿Profirió amenazas de muerte contra usted?
- Así fue, en efecto
-Pido al jurado que tome nota de esos hechos. ¿Qué debe hacer un hombre a quien le amenazan en su propia casa? Seguramente llenarse de furia, sin embargo, el señor Encarno no hizo nada de eso. Es todo. Su testigo señor fiscal.
El fiscal Lloveras avanzó hacia el estrado esbozando una sonrisa maléfica.

- He oído a mi colega preguntarle si el señor Brenes llevaba un arma el día del incidente en cuestión. Usted ha respondido que siempre portaba un arma, lo cual confirma mi criterio de que usted conocía al occiso más de lo que esta corte se figura.
El acusado guardó silencio.
-Ha dicho también usted que el señor Brenes se enfureció por su negativa a venderle un caballo. ¿Alguno de sus empleados escuchó las supuestas amenazas del señor Brenes?
- No señor, en ese momento estábamos los dos solos.
- O sea que lo de la amenaza bien puede ser invento suyo, además, en el supuesto de que esa amenaza existió... ¿Piensa usted que la corte creerá fácilmente que usted no respondió con igual furia a los insultos del señor Brenes?
-Si, lo creo, porque yo traté de calmarlo.
-¿Y qué palabras usó para calmarlo? ¿Puede repetirlas ante este tribunal?
-Le advertí que aquel caballo era una bestia peligrosa, y que por eso lo mantenía atado en la cuadra. Le hice ver que probablemente después podríamos hacer el trato.
- Y él acepto sus razones, por supuesto.
-No. El siguió vociferando, insultándome acremente
- Pero como usted dijo, nadie escuchó esos insultos aparte de usted ¡Aja!….Ahora dígame señor Encarno: ¿Reconoce usted este machete?
-Si, es de mi propiedad
-Pido a la sala que tome nota de esta prueba., y de que el indiciado confirma su propiedad. Además, se ha establecido que este machete tiene restos de sangre de la víctima. Muy bien, señor Encarno, quiero que me conteste sin subterfugios la pregunta que voy a formularle, entiende, sin subterfugios.
- De acuerdo –repuso el indiciado
-¿Hirió usted con este machete al señor Brenes? ¿Sí o no?
-Si –afirmó el señor Encarno- fue en una forma...
-Me basta- cortó el fiscal- Su testigo, señor abogado.

Hipólito se acercó hasta el indiciado mirándolo con fijeza.
-Señor Encarno. Usted ha confesado a esta Honorable Corte que hirió a la víctima con ese machete,  ¿lo hizo motivado por los insultos de la víctima?
-No señor, de ninguna manera. Como he dicho antes, el señor Brenes quería llevarse el caballo a toda costa, tanto así que en un descuido mío saltó sobre el animal sin importarle que estuviese atado. El animal se encabritó y lo hubiese matado si yo no corto la soga de un machetazo, pero la soga me arrancó el machete de la mano, volándolo por los aires e hiriendo accidentalmente en la pierna derecha al señor Brenes. Corcoveando como un diablo, el caballo saltó las trancas y corrió un buen trecho lanzando coces a diestra y siniestra, destruyéndome las colmenas y provocando un verdadero pandemonium.
- ¿Derribó el caballo al señor Brenes? ¿Cree usted que él murió por los golpes recibidos?
- No señor, él era un excelente jinete, de eso estoy seguro. Llamé al caporal y a  otros ayudantes, y salimos a buscarlo en mi auto por los alrededores, pero no lo encontramos. Fue hasta después que me enteré de que había muerto.
-Protesto, Su Señoría,- exclamó el fiscal- es una simple y burda coartada del acusado. Entre las evidencias presentadas hay tierra de los neumáticos del carro del acusado que coincide con la que existe en un pantano cercano a su finca. Precisamente del pantano en que fue encontrado el cadáver del occiso. ¿Cómo explica ese detalle?
- Estuvimos buscándolo cerca de ese lugar – dijo Encarno -pero no vimos ni al jinete ni al caballo.

Días después, en la audiencia para dictar sentencia, el juez anunció un receso, el jurado se retiraría en ese momento a deliberar. La audiencia se suspendió por un par de horas, al cabo de las cuales los miembros del jurado retornaron a la sala.

-Tiene el jurado un veredicto –pregunto el juez
-Si, Señoría, lo tenemos
-Hágamelo llegar con el señor oficial, por favor
-De pie todo el mundo- tronó el ujier- El Honorable Juez Marco del Muro dictará sentencia en este momento.
-Esta Honorable Corte declara al acusado inocente en el cargo de asesinato en primer grado. Se le conmina, bajo pena severa, a que retire sus colmenas a un sitio más alejado de su granja, donde el acceso de las personas particulares sea restringido. El acusado queda en libertad, el caso queda cerrado.
Sonaron tres golpes secos sobre el escritorio del juez.

El jurado llegó a la conclusión de que la muerte del señor Brenes fue a causa de un ataque masivo de abejas asesinas. 

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