http://www.nytimes.com/es/2016/09/05/honduras-la-teologia-de-la-liberacion-y-el-despertar-de-tim-kaine/?
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En
septiembre de 1980, mientras por toda Centroamérica estallaban la
violencia y la guerra civil, un estadounidense de carácter reservado
abandonó la facultad de derecho de Harvard para trabajar como
voluntario con los misioneros jesuitas en el norte de Honduras.
A su
alrededor veía cómo la dictadura militar, con el apoyo de Estados
Unidos, cazaba a los marxistas y reprimía al clero católico por
predicar entre los campesinos. Los hondureños en el pueblo El
Progreso también observaban con cautela a ese americano, con barba y
cabello alborotado, que vivía entre ellos.
A
pocas horas al sur de ahí, la CIA convertía Honduras en el
escenario de su guerra secreta contra el comunismo
latinoamericano y entrenaba para sus operaciones a fuerzas armadas de
derechas en El
Salvador y Nicaragua.
“Algunos
se preguntaban qué pasaba, quién era ese tipo”, recordó en una
entrevista Tim Kaine, actual candidato demócrata a la
vicepresidencia que en ese entonces era un voluntario de 22 años.
Comprendía bien las sospechas. Sus mentores sacerdotes también le
habían recomendado que actuara con cautela incluso entre
estadounidenses que parecieran amigables. “En esa época reinaban
la intriga y la sospecha”, señaló Kaine.
Kaine
no era un operativo de la CIA sino un joven católico que se
encontraba en una encrucijada y experimentó un cambio espiritual.
Entre las plantaciones de plátanos y las ciudades que se abrían
paso entre caminos de tierra, Kaine adoptó una interpretación del
evangelio conocida como teología de la liberación, que sostenía
que el cambio social era el camino para mejorar las vidas de los
oprimidos.
En
Honduras, su oración para bendecir los alimentos cambió a “Señor,
da pan a quienes tienen hambre y hambre de justicia a quienes tienen
pan”.
Los
líderes militares de Honduras, los funcionarios estadounidenses e
incluso el papa Juan Pablo II miraban con recelo a la teología de la
liberación, pues la consideraban un peligro debido a que combinaba
creencias marxistas con las enseñanzas religiosas. Pero el fuerte
mensaje de justicia social de la teología de la liberación
contribuyó a que Kaine optara por una trayectoria con tendencias de
izquierda en su carrera. Usó su profesión de abogado para luchar en
contra de la discriminación en la vivienda, se convirtió en un
alcalde liberal y, en su ascenso como gobernador y senador de habla
hispana, mostró una constante preocupación por América Latina.
Esta
experiencia también dio a Kaine una perspectiva nueva y más oscura
de la conducta de su propio país.
“Fue
una experiencia que me politizó mucho porque Estados Unidos estaba
haciendo muchas cosas malas”, reflexionó. “Me hizo enojar mucho.
Tanto, que todavía lo siento”.
Kaine
fue por primera vez a Honduras durante la Semana Santa de 1974,
cuando era un estudiante de segundo año en Rockhurst High School,
una academia jesuita de la ciudad de Kansas, Missouri. Kaine, que se
describe como un “niño muy protegido” que creció en el seno de
una familia irlandesa católica de clase media, llevó algunos
donativos a una misión jesuita en El Progreso.
Mientras
Kaine, de vuelta en casa, terminaba la preparatoria y se inscribía
en la facultad de derecho de Harvard, en El Progreso los jesuitas
trabajaban en una región cada vez más sangrienta.
Un
sacerdote hondureño, Mauricio Gaborit, se hizo amigo de Kaine
durante su primer viaje en 1974. Gaborit comentó que, después de
ayudar a varios refugiados nicaragüenses a cruzar la frontera, dos
funcionarios de seguridad le advirtieron que debía abandonar el país
si quería vivir. Así lo hizo, y finalmente fue a estudiar a
Estados Unidos.
“Hablé
sobre ese asunto con Tim”, recordó Gaborit, quien visitó varios
años después a Kaine en su hogar en las afueras de Kansas City;
también intercambiaron correspondencia y sostuvieron conversaciones
hasta altas horas de la noche. Gaborit describió sus experiencias
aterradoras pero, según dijo, Kaine estaba decidido a regresar.
Por el
contrario, a Kaine le preocupaba vivir la vida de prisa. Mientras
estaba en Harvard hizo trámites para ser voluntario de nuevo en El
Progreso. Sus padres se preguntaban si estaría considerando hacerse
sacerdote, pero él decía que buscaba algo más.
Cuando
Kaine regresó en 1980, los jesuitas le dijeron que su experiencia de
trabajo en el taller de su padre era más valiosa que sus
conocimientos de derecho. Pronto comenzó a enseñar carpintería y
soldadura a 70 estudiantes en una escuela profesional.
Jack
Warner, un sacerdote que trabajaba con la misión, recuerda a Kaine
como alguien reservado y metódico. Pero Warner también recuerda que
existía una atmósfera de temor en la que el consejo más básico
era “ten cuidado con quién hablas, en especial con los
estadounidenses”. El propio Warner consideraba que la iglesia debía
defender a los pobres y oprimidos; en su opinión, “el evangelio es
un documento extremadamente comunista”.
Precisamente
esa mezcla de catolicismo y socialismo despertó sospechas en la
administración de Ronald Reagan y entre los militares hondureños.
En el Vaticano, el papa Juan Pablo II, marcado por su experiencia de
resistencia al régimen comunista en Polonia, no veía con buenos
ojos la teología de la liberación.
Pero
Kaine afirmó que los sacerdotes se sentían “como si estuvieran
bajo el pulgar de la Iglesia” y procuró tener contacto con algunos
de los principales ideólogos del movimiento.
Conoció
a Jon Sobrino, teólogo español asesor del arzobispo asesinado en El
Salvador Oscar Romero, y autor de “Jesucristo Liberador”, obra
que fue objeto de críticas por parte de la Congregación para la
Doctrina de la Fe del Vaticano en 2006 porque podría “dañar a los
fieles”.
Durante
una breve estancia en Nicaragua, Kaine buscó al reverendo
estadounidense James
Carney,
conocido allí como Guadalupe, que fue exiliado de Honduras en 1979,
en parte debido a que adoptó una posición extrema de la teología
de la liberación que validaba levantarse en armas en contra de los
opresores militares.
Kaine
saltó de un autobús en el norte de Nicaragua, caminó varios
kilómetros hasta la remota parroquia de Carney y pasó una tarde
memorable escuchando al sacerdote relatar cómo “sufría atropellos
por parte de los militares y también por parte de la Iglesia”.
El
estigma de “sacerdotes comunistas” pendía sobre todos los
jesuitas de la región, donde algunos sacerdotes y monjas fueron
asesinados. Pero la mayoría de los jesuitas estadounidenses con
quienes trabajó Kaine cotidianamente tenían un punto de vista más
pragmático y se desesperaban cuando se veían envueltos en debates
filosóficos sobre la teología de la liberación.
Kaine
desarrolló una estrecha relación con Jarrel Wade, conocido como el
padre Patricio, un estadounidense alto y atlético que contaba con
gran alegría que los pisos de tierra sobre los que dormía en
Honduras le recordaban a sus viajes de acampada.
Durante
la lluviosa temporada navideña, Kaine acompañó al padre Patricio a
pueblos rurales donde niños recibían con alegría a sus mulas, con
la esperanza de recibir caramelos. En uno de esos pueblos remotos,
una familia pobre cuyos hijos estaban desnutridos dio comida al padre
Patricio como regalo de Navidad.
A Kaine
no le pareció. Pero cuando estuvieron solos, el padre Patricio le
explicó: “‘Tim, tienes que ser muy humilde para aceptar que una
familia tan pobre te regale comida’”. El mensaje que Kaine
comprendió fue que si piensas que alguien no es capaz de dar, lo
despojas de su humanidad.
El
padre Patricio, fallecido en 2014, sabía bien que las lecciones que
daba a su joven acompañante llegarían a dar fruto. “Patricio
estaba impresionado”, comentó su hermano, el reverendo John J.
Wade, “ante la posibilidad de que este joven regresara y tuviera
cierta influencia”.
Los
nueve meses que pasó como voluntario en Honduras dejaron una marca
formativa en Kaine y lo inspiraron a escribir un poema titulado
“Naturaleza muerta”, en un boletín de 1981 relacionado con la
misión:
"En el barrio más triste de San Pedro Sula
la vida pasa a la sombra de una autopista
donde se deslizan autobuses como pensamientos perdidos, suspendidos
De las azoteas apiñonadas brotan antenas,
que se alimentan de la espesa miseria que llevan dentro.
Esta gruesa telaraña de interrogantes;
cada dedo retorcido
prueba hacia dónde va el viento,
y cada uno predice el cambio
que nunca llega."
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