ARTE DE PENSAR

sábado, 24 de septiembre de 2016

Evaristo, el hijo del silencio


(Foto: http://www.gratuites-photos.com)


Tomado del libro RELATOS DE MI BLOG, I Parte, de J. Winston Pacheco


Evaristo era un niño robusto, de estatura más bien baja y piel cobriza. Su cara redonda, cabello hirsuto y pómulos salientes revelaban a primera vista su ascendencia indígena. Era hijo del silencio y hermano de la soledad.

Contaban que apareció en el poblado sin dar razón de su procedencia. Era callado, solitario, receloso, a nadie reveló su origen ni habló de su familia o de sus intenciones para el futuro. Pero muy pronto los viejos del pueblo, aguzado el ojo avizor de la experiencia, convinieron en que se trataba de un chico- como decían allá- de buena ley. Le gustaba perseguir golondrinas en el llano al comienzo de la estación invernal, darse festines con las larvas de las avispas monteras, asándolas al amor del fuego, y fabricar flautas con carrizos de bambú o cañas de maíz.

En casa de mis parientes le dieron asilo y trabajo. Ahí creció y se hizo hombre y más hijo del silencio y más hermano de la soledad. Convertido en un muchacho desapareció cierto día, y como era de esperar, sus protectores no tuvieron noticias de su paradero. 

Años después llegué a la casa de mis familiares con el propósito de recoger un costal de duraznos que estaban en plena cosecha. Entré directo al huerto y decidí saborear uno de aquellos apetitosos frutos, pero me detuve al escuchar un extraño ruido en unos cafetos adyacentes. Al investigar, me encontré con una chica encaramada en lo alto de un árbol, recolectando café en una cesta atada a su cintura.

-Es la mujer de Evaristo- me explicó después una de mis tías, moviendo la cabeza con gesto de desaprobación- Según dice, la conoció en la costa y como no tenía trabajo para mantenerla decidió regresarse con ella.

-Entonces... ¿regresó Evaristo?
-Si, después de cinco años. Entró como la primera vez, sin decir nada, pero esta vez acompañado, ahora anda trayendo leña para vender, yo le dije que pusiera a la mujer a cortar el café del huerto, para que lo vendan y se ayuden un poco...

Rizelda, la mujer de Evaristo, causó impacto entre los hombres del poblado. Su vestimenta atrevida y sus modales desinhibidos hicieron que se le acercaran por montones para cortejarla, siempre que iba a hacer las compras al mercado. Sin duda la miraban diferente a las mujeres del pueblo, como una magnolia en un mar de zarzamoras.

Muchos le advirtieron a Evaristo sobre el peligro de dejar sola a aquella chica de costumbres tan libertinas, pero él siempre respondía:

-Con diez pesos que consiga yo y diez pesos que reúna ella, nos vamos pá la costa...

Fue corto el tiempo que la joven mujer soportó aquella vida de estrecheces. Una tarde que Evaristo regresó del bosque con su carreta de leña, ya no la encontró.

El hombre se refugió en el silencio y en la soledad como era su costumbre. Una mañana se marchó de nuevo sin dar aviso y sin dejar rastro. Jamás volvimos a saber de él. 


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