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Tomado del libro RELATOS DE MI BLOG, I Parte, de J. Winston Pacheco
Evaristo era un niño robusto, de
estatura más bien baja y piel cobriza. Su cara redonda, cabello
hirsuto y pómulos salientes revelaban a primera vista su
ascendencia indígena. Era hijo del silencio y hermano de la soledad.
Contaban que apareció en el poblado
sin dar razón de su procedencia. Era callado, solitario,
receloso, a nadie reveló su origen ni habló de su familia o de sus
intenciones para el futuro. Pero muy pronto los viejos del pueblo, aguzado
el ojo avizor de la experiencia, convinieron en que se trataba de un
chico- como decían allá- de buena ley. Le gustaba perseguir
golondrinas en el llano al comienzo de la estación invernal, darse
festines con las larvas de las avispas monteras, asándolas al amor del fuego, y
fabricar flautas con carrizos de bambú o cañas de maíz.
En casa de mis parientes le dieron
asilo y trabajo. Ahí creció y se hizo hombre y más hijo del silencio y
más hermano de la soledad. Convertido en un muchacho desapareció
cierto día, y como era de esperar, sus protectores no tuvieron
noticias de su paradero.
Años después llegué a la casa de mis
familiares con el propósito de recoger un costal de duraznos que
estaban en plena cosecha. Entré directo al huerto y decidí saborear
uno de aquellos apetitosos frutos, pero me detuve al escuchar un extraño
ruido en unos cafetos adyacentes. Al investigar, me encontré
con una chica encaramada en lo alto de un árbol, recolectando café
en una cesta atada a su cintura.
-Es la mujer de Evaristo- me explicó
después una de mis tías, moviendo la cabeza con gesto de
desaprobación- Según dice, la conoció en la costa y como no tenía
trabajo para mantenerla decidió regresarse con ella.
-Entonces... ¿regresó Evaristo?
-Si, después de cinco años. Entró
como la primera vez, sin decir nada, pero esta vez acompañado, ahora anda
trayendo leña para vender, yo le dije que pusiera a la mujer a cortar
el café del huerto, para que lo vendan y se ayuden un poco...
Rizelda, la mujer de Evaristo, causó
impacto entre los hombres del poblado. Su vestimenta atrevida y sus
modales desinhibidos hicieron que se le acercaran por
montones para cortejarla, siempre que iba a hacer las compras al mercado.
Sin duda la miraban diferente a las mujeres del pueblo,
como una magnolia en un mar de zarzamoras.
Muchos le advirtieron a Evaristo sobre
el peligro de dejar sola a aquella chica de costumbres tan
libertinas, pero él siempre respondía:
-Con diez pesos que consiga yo y diez
pesos que reúna ella, nos vamos pá la costa...
Fue corto el tiempo que la joven mujer
soportó aquella vida de estrecheces. Una tarde que Evaristo
regresó del bosque con su carreta de leña, ya no la encontró.
El hombre se refugió en el silencio y
en la soledad como era su costumbre. Una mañana se marchó de
nuevo sin dar aviso y sin dejar rastro. Jamás volvimos a saber de él.

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