ARTE DE PENSAR

domingo, 21 de agosto de 2016

PAGINA INVITADA


Foto: imágenes de Google


PÁGINA 1 – REFLEXIONES

EDUARDO GALEANO
(Uruguay/1940-2015)


Confidencialmente confieso, y lo confieso con todas las letras, por difícil que me resulte: sí, en verdad, sí: yo no sé manejar automóviles, no tengo computadora , nunca fui al psicoanalista, escribo a mano, no me gusta la tele y jamás he visto las tortugas Ninja.
Y más, todavía: mi cabeza es calva y de izquierda. Vanos han resultado todos mis esfuerzos para que el pelo brote en mi desnudo cráneo y para corregir mi tendencia a pensar zurdamente.
Hasta hace pocos años, en las escuelas ataban la mano izquierda de los niños zurdos , para obligarlos a escribir con la mano derecha; y parece que eso daba buenos resultados.
Para obligar a los adultos a pensar derechamente, las dictaduras militares usan terapias de sangre y fuego, y las democracias usan la televisión.
A Mí me han hecho probar ambas medicinas, y no hubo caso.
Admito que no tengo, por ejemplo, una incapacidad biológica para percibir las virtudes de la libertad del dinero. A fines del año pasado, pongamos por caso, yo estaba con mi mujer en la mitad de un largo viaje, cuando quebró Pan American. Ella y yo quedamos literalmente en el aire y sin avión. Tuvimos que pedir dinero prestado a unos amigos, y entonces yo interpreté el episodio según mi limitada visión de las cosas: creí que la mano invisible del mercado me había robado dos pasajes.
Debo reconocer que me equivoqué. Ya no tengo ninguna esperanza de recuperar ni un centavo; pero ahora me doy cuenta de que Dios me hizo un favor. Astutamente, el Altísimo utilizó ese sutil procedimiento para convencerme de que no se puede andar por el mundo sin tarjeta de crédito.
Yo no tenía. Lo confieso.
Hasta hace poco, mi natural inclinación al Mal me impedía esta felicidad. Yo creía que la tarjeta de crédito era una trampa más de la sociedad de consumo. Creía que los habitantes de las grandes ciudades modernas padecen la esclavitud por deudas, tanto como los indios de Guatemala en las plantaciones de algodón o de café.
Ahora se ha descorrido el velo que cubría mis ojos,y veo: nadie es, si no es digno de crédito. Ahora, ya soy. Debo, luego soy.
Pero la duda, porfiada sombra, vuelve al asalto. A mi cabeza se le da por pensar que mi país también debe, y que cuanto más paga, más debe. Y cuanto más debe, menos lo gobierna el gobierno y más lo gobiernan los acreedores.
Y sin embargo los Estados Unidos, que deben mucho más que toda América Latina junta, no aceptan condiciones, sino que las imponen.





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