ARTE DE PENSAR

miércoles, 8 de febrero de 2012

LA CIUDAD QUE BORRÓ SUS HUELLAS, Capítulo 21




En Opamane Chago había algunos hombres que se daban cuenta de los profundos problemas sociales y humanos que corroían a la población. Emmanuel Bogronde era uno de ellos. Aunque no era originario de la región, se había hecho amigo leal de los indígenas, compartiendo con ellos tristezas y alegrías lo mismo que su magro alimento consistente en caldo de frijoles, cebollas y chiles picantes. Tampoco había despreciado su chicha, al grado de convertirse en un alcohólico.

De Bogronde se decía que era uno de los pocos forasteros que tuvo amores con innumerables muchachas pueblerinas, rompiendo la vieja creencia de que la mujer de aquellas regiones solamente podía pertenecer a un hombre de su misma raza. No cabía duda, las cosas estaban cambiando totalmente.

Una noche, dos hombres que merodeaban cerca de la casa de Bogronde se acercaron a la puerta llamando con toques suaves. Se trataba de dos viejos indígenas, veteranos combatientes de las guerras civiles. Hubo un intercambio de voces apagadas, luego, la puerta se abrió y los hombres entraron. Bogronde los condujo hacia un corredor interior. Acomodados en toscos taburetes, a la luz de una lámpara de gas, tuvo lugar un interesante diálogo:

-Luciano y Juan, viejos amigos ¿Qué les trae por aquí a estas horas?

-Queremos que usté nos ilustrés sobre lo que está haciendo el comandante Villaverde con nuestra gente. Ha encarcelado a muchos viejos y se ha llevado a los jóvenes para la capital, dicen que a servir en la milicia –expresó el llamado Juan con acento grave.

-Entimás nos quiere imponer a Nicomedes Pérez como candidato a Alcalde, al mentado Arcángelo como diputado en propiedá y a Rusiñol como suplente. Nuestro pueblo no los quiere, y como sabemos que usté te has identificado con nosotros, por eso hemos venido a verte. Perdoná la hora, pero es que estamos amenazados. Talvez usté podés decirnos lo que hacemos –agregó Luciano.

-Ajá... algo de eso me habían dicho – dijo Bogronde encendiendo el puro que bailoteaba en su boca- Creo que sé lo que se trae Villaverde entre manos, y para serles franco, la cosa no es sólo de él, viene de más arriba.

-Pues aunque sean órdenes del gobierno, no nos gusta lo que hace el Villaverde. No es un hombre bueno, y usté sabés que lo hacemos pedazos en una alzada. Muchos de los nuestros han guerreado igual que nosotros, no tenemos miedo.

-Eso lo sé muy bien, amigos, pero me parece que esta es una cuestión delicada y no se arregla así como piensan ustedes. Es necesario actuar con mucha cautela y con mucha inteligencia, y hacerlo con rapidez. Tomen en cuenta que sólo faltan diez días para las elecciones – señaló Bogronde con gesto grave.

-Eso es lo que nos preocupa, por eso pensamos en venir. Usté con tu experiencia podés recomendarnos lo que debemos hacer –repuso Luciano

Bogronde expelió una bocanada de humo que se diluyó en las sombras circundantes.

-Bueno... ¿Se han dado cuenta ustedes de algunas órdenes que Villaverde ha dado para las elecciones? – inquirió Bogronde fijando sus ojos en sus interlocutores.

-Si –repuso Juan con presteza- Ya mandó repartir papeletas entre el pueblo para que las depositemos el día de la elección. Llegaron a nuestros ranchos a requisar cuántos vivimos en cada casa, y a hacernos amenazas. Aquí traigo una papeleta que le dieron a mi ahijado Norberto.

Bogronde se caló los anteojos y observó la papeleta muy cerca de la lumbre.

-Je, je, je.. Ya entiendo, ya entiendo. Pero se le puede poner una tapada a Villaverde para enseñarle a respetar – masculló sonriente.

Los dos viejos indios intercambiaron una mirada, mezcla de intriga y esperanza.

-¿Qué nos querés decir usté con eso de la tapada?- preguntó Luciano con visible interés.

-Pues hombre, que podemos hacerle una jugada que ni se imagina. Pero oigan bien, señores, es preciso que este plan lo mantengan ustedes en el mayor secreto. Ni sus mujeres, ni sus hijos, ni nadie debe enterarse. Consigan lo más rápido que puedan un hombre joven, de entera confianza. Deberá pasar por aquí llevando un encargo para unos parientes que tengo en Santa Marcela. Que venga montado en buena bestia y traiga una mula para carga. Si alguien le pregunta alguna cosa, deberá decir que yo lo contraté para traerme un maíz de Santa Marcela. El muchacho deberá ser capaz de ir y regresar en tres días, a lo sumo ¿Entienden?

-Seguro. Mañana tendrás al hombre listo con las bestias.- dijo Luciano con voz firme.

-Esta papeleta electoral me la dejan porque voy a necesitarla. Ahora, le diré a Teresa que nos haga café mientras les explico los detalles del plan- agregó Bogronde.

Los tres hombres estuvieron hablando por casi tres horas. Al filo de la media noche, los dos viejos indios salieron de la casa de Bogronde tan sigilosamente como habían llegado.

El día de las elecciones desde tempranas horas, Villaverde se reunió en la comandancia con los dirigentes políticos del partido de gobierno. Todo el día estuvo dando órdenes y dictando disposiciones a fin de asegurar el triunfo electoral. Cuando dieron comienzo los escrutinios, el militar y los políticos se dieron a celebrar lo que consideraban sería un triunfo arrollador sobre los opositores.

Repentinamente llegó a las oficinas de la comandancia Asunción Salavarría, portando un sobre dirigido a Villaverde. El militar hizo una mueca de disgusto al enterarse del contenido. Dio un puñetazo sobre el escritorio. Era evidente que no daba  crédito a lo que leía.

-Pero ¿Cómo putas sucedió esto? ¡Maldición! –barbotó furibundo, estrujando el papel con desmedido furor.

Demudados y perplejos, los políticos que lo acompañaban aguardaron en silencio alguna explicación.

-Señores – vociferó el militar- Se me informa que en la mayoría de cantones escrutados han ganado  Bogronde y Flamenco para diputados y Hermenegildo Domínguez para alcalde  ¡Y en forma absoluta, cuando sólo faltan dos cantones por escrutar! ¿Se dan cuenta?

-Pe...pe... pero eso es imposible, ellos no son candidatos- balbució Rusiñol demudado.

-¡Silencio! Esto es una conspiración contra el gobierno y tienen que haber culpables. Andá vos, Asunción, que me manden una papeleta de esas, pero venís volando, o te zampo al calabozo por tres días. ¡Movete, infeliz!

El aludido no se hizo repetir la orden. Pasados unos minutos regresó jadeante entregando la papeleta al militar, quien clavó en ella sus ojos inquisitivos.

-¡A la gran puta! Son iguales a las que repartimos nosotros, sólo los nombres están cambiados. Estos indios me han jugado sucio. Miren, miren ustedes... Ah, pero los responsables de esto van a pagar con su vida.

Atribulados, los políticos comparaban una y otra vez las papeletas, con la estupefacción reflejada en sus semblantes.

-Con... con.. su venia, mi comandante – balbució Arcángelo con voz chillona- Me parece que sería peligroso tomar acciones drásticas en este momento. Yo creo que...

-¿Qué quiere usted, de la O.? ¿Qué me quede de brazos cruzados? ¿Cómo voy a explicar esto a mis superiores? !Mierda! –cortó Villaverde mirando desdeñosamente al político.

-Escuche, por favor, mi comandante – repuso Arcángelo con tono suplicante- Lo que tememos es una sublevación general, esos indios deben andar ya en manifestación, celebrando lo que creen un triunfo y sería peligroso contrariarles ¿No le parece?

-Tiene razón Arcángelo, mi comandante –intervino Rusiñol – Sería muy peligroso tomar alguna medida en este momento. Podemos hasta provocar una insurrección. En cambio, podemos arreglar las cosas de otra manera, por ejemplo, anulando las elecciones. Esas papeletas son nulas, todo será fácil, además, nosotros tenemos el poder..

-Señores – exclamó Villaverde ocupando su silla tras el escritorio- Pueden ustedes retirarse y hacer lo que les ronque la gana, yo tomaré las medidas que crea convenientes.

Los políticos salieron de la comandancia cohibidos y contritos. Mientras tanto, a poca distancia se escuchó el animoso bullicio de la manifestación popular que, en ese momento, iniciaba su recorrido triunfal por las calles del pueblo.

A Donaciano Orella, general de montoneras, lo enterraron días después de aquellos hechos, siguiendo, quizás por última vez, las tradiciones del pueblo: bien bañado, envuelto en su cobija y con una condecoración que se ganó en las luchas de partido.

Donaciano, como la mayoría de sus paisanos, había participado en las guerras fratricidas porque lo arrastraron a ellas, no por razones o convicciones definidas. Después de varios años de penalidades, abriéndose paso a sangre y fuego por todos los senderos del país, retornó a Opamane Chago en un tiempo de relativa calma dedicándose a cultivar las parcelas que heredó de su padre. En medio de la lucha había conocido a una mujer en Puerto Moreno de la cual se enamoró perdidamente.

-¡Me la traje aquí! –exclamaba golpeándose el pecho lleno de cicatrices fruto de los azares de la guerra- ¡Y aquí vivirá hasta que me coman los zopes!

Facunda, la mujer con la que estaba casado en Opamane Chago, lo acompañó fielmente hasta sus últimos instantes, soportando con estoicismo el dolor que le causaba la pasión de su hombre por la costeña. A solas se deshacía en llanto, sin alcanzar a comprender los sentimientos de Donaciano pero intuyéndolos grandes, profundos y ajenos.

Donaciano –pocos lo sabían- alentaba el secreto anhelo de volver a encontrarse con la costeña. En sus agitados sueños, se miraba a sí mismo estrechando aquel cuerpo cimbreante y de naturaleza ardiente, y se obsesionaba recordando las palabras que la mujer le musitó la noche del primer encuentro, justamente después que se tomaron la guarnición de Puerto Moreno en encarnizada refriega. “Soy tuya para siempre, Donaciano”, le dijo ella con voluptuosidad, y esas palabras estallaban en su cerebro día con día y oprimían su corazón desde en aquel entonces. Pero los años fueron pasando inexorables, y Donaciano no volvió a ver a la mujer.

Una tarde que se encontraba en su labranza, llegó a visitarlo un viejo camarada de las montoneras. Sentados en un tronco, a la sombra de una frondosa encina, hicieron remembranzas sobre los sacrificios y banalidades de las pasadas luchas. La conversación discurrió amenamente hasta que Donaciano, sacudido de súbito por los recuerdos, interrogó a su amigo con evidente ansiedad.

-Y vos, Avelino ¿Has vuelto otra vez por Puerto Moreno?

-Si. Estuve allá trabajando en los muelles casi un año. Aquello está cambiado paisano.

Como movido por una fuerza desconocida, Donaciano tomó por los hombros a su amigo sacudiéndolo con violencia.

-¡Vos la viste! ¿Verdá paisa Avelino? ¡La viste a la Roxana!

-Si, hombre, la vi. –repuso el aludido contrariado- La vi muchas veces, pero ¿Cuál es la vaina? ¿Qué diablos te pasa?

-¡Contame de ella, cabrón, vos sabés que me muero por ella! –rugió Donaciano volviendo a sacudirlo por los hombros.

-Ya te amolaste, paisano –replicó Avelino retrocediendo unos pasos- Te cuento de ella...y hasta sos capaz de matarme por lo que te cuente.

Donaciano clavó en su amigo una mirada penetrante, mezcla de furia e intriga. Su semblante estaba descompuesto.

-¿Qué me querés decir con eso, Avelino? ¿Qué me querés decir, ah?

-Que te olvidés de ella, paisano, a vos no puedo mentirte. Esa mujer es pura movida como dicen allá, se ha metido con marinos, con braceros, con campeños. Ya no es la hembra que vos conociste, está hecha una lástima.

Donaciano dejó escapar un rugido desgarrador. Con la mirada extraviada, dando la espalda a su compañero, comenzó a caminar como sonámbulo aplastando a su paso los nacientes retoños. Avelino lo dejó partir, seguro de que sería inútil intentar detenerlo. Movió la cabeza de un lado a otro con pesadumbre.

-Esto es lo que nos dejan las cochinas guerras –masculló entre dientes.

Después se supo que Donaciano abandonó su hogar y su labranza. Por varios días anduvo sin rumbo fijo, bebiendo chicha en las rancherías, hasta que encontraron su cadáver en el fondo de un barranco. Facunda le sobrevivió apenas un año. Una mañana la encontraron muerta en medio del maizal. Las dos hijas que tuvo con Donaciano quedaron a la deriva.

Libro: La ciudad que borró sus huellas, José Winston Pacheco
Imagen: Imágenes Google/http://www.sucreturistico.gob.bo/

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