Un cuento de J.W.Pacheco
Era una impresión general de tensión y oscuros presagios en el ambiente. Al igual que otros días, aquella mañana los diarios rebosaban de noticias desalentadoras. Se podía olfatear el corrosivo aroma de la muerte, la aterradora certidumbre de que algo pavoroso estaba por ocurrir en la antes pacífica república de Carabayí
El miedo mostraba sus fauces en el seno de los hogares de todos los estratos sociales, pero principalmente en los más paupérrimos.
Por esos días conocí a Angélica, una joven maestra de español que aspiraba a trabajar en la misma institución educativa en que yo lo hacía. Ella era amante de las leras e investigadora incansable de temas religiosos y filosóficos que la apasionaban hasta el delirio. La afinidad entre nosotros fue inmediata.
De cuerpo delgado y atractivo, en su rostro ovalado color canela destacaban la dulzura de su sonrisa y la franqueza de su mirada.
-Angélica – me atreví a preguntarle una tarde que conversábamos en la plaza de la ciudad- ¿Por qué no te has casado? ¿Acaso no quieres compromisos?
Sonrió con una mezcla de tristeza y complacencia
-Soy viuda- aclaró- a mi esposo lo secuestraron cuando apenas cumplíamos dos años de casados. Apareció muerto a orillas de un camino rural, nunca supe de las razones de su muerte, pero sí de los autores. Todo quedó en la impunidad.
-Lo siento, debió ser algo terrible para ti – Me disculpé con voz susurrante.
-Lo es todavía- precisó- aunque lo he superado en gran parte. Muchos ignorantes y mal intencionados acusaban a Ernesto de oponerse a este régimen, de ser un subversivo. Nada más lejos de la verdad. A mi esposo no le interesaba la política para nada, tenía sus ideas sobre la justicia, claro, pero su inclinación principal era el estudio comparativo de las religiones antiguas. Estaba escribiendo un ensayo sobre esa materia, le atraían con especialidad las religiones orientales. Él creía en la reencarnación y en la transmigración de las almas.
- Interesante- comenté, ante las revelaciones de mi amiga-¿Y tú? ¿Qué piensas de ello? ¿Tienes las mismas creencias de tu esposo?
- Hicimos juntos muchas prácticas de meditación. El no creía en la muerte en la forma física como solemos imaginarla en nuestra cultura, para él era un proceso continuo de perfección de varias facetas, cada una superior o inferior a la anterior, según hubiese sido el comportamiento de la persona en lo que él llamaba “esta dimensión”. Decía que al morir se convertiría en pájaro, y me aseguraba que cuando yo muriese, vendría a acompañarme a otra dimensión superior, porque yo también sería un pájaro.
Sonreí sin ocultar mi interés al escuchar sus palabras, luego inquirí
-¿Pero te dijo en que clase de pájaros se convertirían?
-Talvez en loros o en palomas mensajeras –dijo sonriendo con cierta malicia..
Unos días después el ambiente de persecución llegó a sus extremos. Varios dirigentes de organizaciones sociales, empresarios, estudiantes y obreros aparecieron ejecutados en forma alevosa y bárbara. Los prensa dio informaciones escuetas sobre aquellos casos, cuidándose de emitir comentarios críticos sobre la problemática. En nuestra institución recibimos notificación de evitar todo comentario que implicase censuras o repudio a la acción gubernamental, se nos advirtió que de producirse alguna acción como las señaladas, los responsables serían despedidos e incluso las clases suspendidas.
Recuerdo perfectamente la tarde en que me encontraba sirviendo una clase a los alumnos de bachillerato. Por el portón principal entró Angélica corriendo en forma desesperada, subió atropelladamente los escalones del segundo piso dirigiéndose directamente a mi aula.
-¡Me vienen persiguiendo los guardias! –exclamó aterrorizada- Tienes que ayudarme, por favor...no soy culpable de nada.¡antes muerta!
Miré por la ventana exterior en dirección al portón observando una camioneta oficial de la cual descendieron varios elementos armados. Abrieron el portón a empellones y penetraron abruptamente al local del instituto.
Vacilé un instante, pero luego acudió a mi mente una idea que creí salvadora.
-Señorita Roxana – me dirigí a una de las alumnas- Quítese rápidamentel a camisa y quédese en camiseta deportiva. Afortunadamente hoy es día de deportes. Déle su camisa a esta muchacha, pero de prisa, y usted Remberto traiga uno de los pupitres que están en el corredor y lo coloca en la última fila para ella, trataremos de hacerla pasar como una alumna. Y algo más...¡nadie haga el menor gesto de sorpresa o malicia, sigan tomando anotaciones mientras yo continúo con la clase ¿Entendidos?
Aprobaron con un gesto. Sabía que tenían miedo, igual que yo, pero estaban dispuestos a aceptar aquel inesperado desafío.
El oficial que comandaba la patrulla entró al aula seguido de tres elementos portando fusiles automáticos
- Profesor quiero que me informe con franqueza si vio a una mujer que entró corriendo hace un momento a este edificio- espetó con fuerte vozarrón
- Si...la miré entrar por el portón –respondí fingiendo naturalidad
-¿Y hacia dónde se dirigió?
- No lo sé, señor, yo estoy atendiendo mi trabajo y no le di mayor importancia
Con mirada de lince observó los rostros de los estudiantes los cuales permanecían callados.
-¿Y alguno de ustedes la vió? ¿Saben dónde se esconde? Esa mujer es una criminal y tenemos orden de detenerla, cualquiera que la esconda correrá la misma o peor suerte que ella- exclamó amenazante.
Los chicos permanecieron callados
-Lo siento, oficial, pero nada sabemos de ella- traté de hacer mis palabras convincentes.
Infortunadamente, uno de los guardias se fijó en Angélica y exclamó con cruel satisfacción.
-Aquella que está al final se parece mucho a la que buscamos, mi comandante
El oficial fijó sus ojos inexpresivos y fríos en la aludida-
-Profesor... ¡salga usted inmediatamente de este salón contodos los alumnos! Se queda solamente esa muchacha.
-Pero...esto es anormal, ella es una alumna- quise protestar en forma entrecortada
-Haga lo que le digo o le pesará ¿Me ha entendido?-vociferó cortante el uniformado
Salimos lentamente. Desde la puerta alcancé a ver como Angélica se incorporaba junto al pupitre, su atractivo rostro lucía sereno, enmarcado por su largo cabello suelto, hasta creí percibir una mirada de determinación en sus hermosos ojos.
-¡No me atraparán viva, malditos! –exclamó con voz firme- No les temo, pueden dispararme si quieren, ustedes son los mismos asesinos de mi esposo. Algún día la justicia los alcanzará, ténganlo por seguro.
Escuchamos los disparos. El oficial se retiró con la patrulla en forma tan prepotente como había entrado. El colegio se volvió un pandemonium. Mis alumnos y yo nos abalanzamos a la puerta del aula. No sé lo que vieron ellos, pero jamás olvidaré el instante en que por una de las ventanas entró de improviso un pájaro de blanco plumaje y revoloteó sobre otro de igual tonalidad que estaba posado sobre el escritorio, luego, ambos se elevaron por encima de los pupitres.
Antes de salir por la ventana, las dos aves aletearon frente mí por unos segundos al tiempo que emitían un extraño gorjeo que me lució como un inconfundible gesto de despedida.

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