Fuente: Libro "Piel Canela y otros Cuentos" por J. Winston Pacheco
Foto:http://totally-unrated.blogspot.com/
El ulular
de las sirenas inundó la manzana al filo de la media noche. Se
escucharon gritos, voces apremiantes y disparos. Algunas personas se
asomaron a las ventanas de los altos edificios atraídas y al a vez
amedrentadas por el bullicio. Había numerosos policías corriendo tras un individuo que intentaba huir por el enorme puente que
dividía la ciudad en dos áreas. Cuando estaban a punto de darle
alcance, en un intento desesperado por eludirlos, el fugitivo se
lanzó a las oscuras aguas que discurrían procelosas veinte metros
más abajo.
El
haz de luz de las linternas barrió las aguas inútilmente. Algunos
vehículos de la policía se desplazaron apuradamente siguiendo el
curso del río por la avenida costanera, y desde el aire un
helicóptero hizo lo propio enfocando sus reflectores sobre las aguas
por un largo espacio de tiempo. Finalmente, un extraño silencio cayó
sobre el vecindario.
Al
día siguiente los diarios dieron la noticia en primera plana: Alex
Rojo, el peligroso asesino de mujeres sentenciado a cadena perpetua,
había logrado evadirse mientras lo conducían a una cárcel de
máxima seguridad.
Benjamín
Retes se encontraba en el garaje de su granja cuando escuchó a los
perros ladrar nerviosamente en el límite del patio, justo donde
comenzaba el bosque. Pensó que habrían descubierto alguna
madriguera de lobos, tan abundantes en aquella zona, y no les prestó
mayor atención. Se disponía a salir con su familia para asistir a
la boda de su amigo Pepe Finés, dueño de una granja vecina, y pensó
en revisar el motor de su camioneta. Decidió que no era el momento
para investigar el insistente bullicio de los animales.
-¿Están
listos ya? Es hora de irnos – gritó a su mujer e hijos que se
preparaban en una habitación del segundo piso de la casa, cuyas
ventanas daban hacia el garaje.
-
En este momento bajamos –contestó su esposa Shirley asomándose a
la ventana -¿Le pasa algo a la camioneta?
-
No, todo está bien, sólo le faltaba un poco de agua al radiador.
Cuando
la camioneta dejó la granja tomando una carretera troncal, los
perros la siguieron por un buen trecho como solían hacerlo siempre
que los dueños salían.
Ben
y Rosa, los dos pequeños hijos del matrimonio, les hablaban a los
perros con vocecillas apremiantes a través de las ventanillas
mientras el coche se alejaba.
-¡Váyase
Fiera!
-¡Regrese
Pitty!
Cansados
y jadeantes, los animales detuvieron su carrera cuando la camioneta
aceleró en una curva dejando tras de si una espesa nube de polvo.
-Tenemos
el tiempo justo para llegar a la ceremonia religiosa – comentó
Benjamín arreglando el nudo de su corbata- ¿Cuánto tiempo crees
que podemos estar en la fiesta?
-Pienso
que hasta las diez, los niños tienen que ir mañana a la escuela y
no pueden desvelarse -repuso Shirley
-Papi...
a mí me gustan las bodas, yo quiero quedarme más tiempo –
intervino la pequeña Rosa.
-Mami...
¿Fiera y Pitty también tuvieron una boda? –inquirió Ben a su
vez.
Los esposos se miraron mutuamente y sonrieron.
-Los
animales no celebran bodas, ellos tienen otra manera de juntarse. Y
no podemos quedarnos más tiempo en esa fiesta, ya oyeron a su madre
–repuso Benjamín.
Alex
Rojo, cojeando de una pierna y con las ropas húmedas y hechas
jirones, logró llegar a la parte trasera del garaje aprovechando el
momento en que los perros perseguían a la camioneta. Oculto tras
unos maderos, se mantuvo atento a cualquier ruido proveniente de la
casa pero no escuchó nada. Decidió acercarse sigilosamente a una
ventana de la primera planta para observar el interior de la casa.
Todo estaba cerrado y silencioso.
Retornó
al garaje cuya puerta le fue más fácil abrir para introducirse. En
unos cajones de herramientas encontró un paño limpio el cual empapó
con el agua de un bidón, limpiándose la herida de bordes
irregulares y sucios que llevaba en la pierna. Sin duda, durante la
persecución uno de los disparos de los uniformados le dio en el
muslo derecho, pero para fortuna suya la herida era superficial.
Había perdido mucha sangre y se sentía débil y terriblemente
hambriento. La noche anterior braceando furiosamente en las aguas del
río, logró alcanzar la orilla y ocultarse en el bosque. Se
desplazó cojeando quién sabe por cuanto tiempo hasta que, en el
límite de su resistencia, cayó de bruces sobre la hojarasca y se
quedó dormido. Al día siguiente, oculto tras unos arbustos, pudo
observar los movimientos de Benjamín cuando sacó la camioneta del
garaje y se puso a revisarla. Fue entonces cuando los perros
comenzaron a ladrar detectando su presencia.
Forzando
una ventana penetró en la casa. Fue a la cocina y devoró
literalmente todo lo que encontró disponible. Luego, en el clóset
de la habitación principal tomó una muda de ropa de Benjamín que,
si bien era de talla un poco mayor que la suya, decidió que le
resultaría más cómoda que la sucia y rota que llevaba puesta, así
que la guardó sin pensarlo mucho. Lo mismo hizo con las medicinas y
gasas que encontró en el botiquín del baño, todo lo guardó en
una mochila escolar que debía de pertenecer a uno de los niños.
Acto seguido salió de la casa y se metió presuroso en el bosque.
No
supo por cuanto tiempo caminó por la espesura, deteniéndose
solamente para sorber algunos tragos de agua y comer un bocado. Se
proponía alcanzar la vía férrea que según sus cálculos no debía
estar muy distante del sitio en que se encontraba. Evidentemente trataba de abordar un tren carguero para alejarse lo más posible de
esa zona en que la policía lo buscaba con mayor empeño.
Después
de varias horas de camino sin dar con la línea del ferrocarril hizo
un alto para comer algo. Se detuvo en un claro del bosque, cerca de
un arroyo, tendiéndose de bruces en la orilla para beber de las
frescas aguas, cuando escuchó en la distancia el silbato del tren.
Trató de incorporarse en forma precipitada, pero en ese momento les
vio llegar.
Con
una mueca de estupor en el rostro, percibió en sus ojos un destello
asesino inconfundible. ¿Estarían dispuestos a ultimarlo en aquel
desolado lugar? A cierta distancia escuchó un ulular aprensivo de
sirenas y el nervioso ladrar de los sabuesos. Estaba rodeado y
entendió que esta vez no habría escapatoria posible.
Hubo
un instante en que las sirenas parecieron alejarse y silenciarse el
ladrido de los perros perseguidores. Fue sólo un instante, porque
enseguida la jauría de lobos hambrientos se abalanzó sobre él con
inaudita saña. De
lo último que tuvo conciencia fue de los colmillos de las fieras
desgarrando su garganta.

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