ARTE DE PENSAR

jueves, 1 de septiembre de 2016

ANTONIO JOSÉ RIVAS: El hombre, el amigo






El silencio que guardé por meses luego del tránsito del Poeta Antonio José Rivas a las regiones del espíritu puro, fue intencional. Yo que acostumbraba visitarle con regular frecuencia y enfrascarme con él en toda suerte de disquisiciones, principalmente filosóficas, incluyendo el tema de eso que llaman "muerte", sigo pensando, a contrapelo de otras respetables opiniones, que ese 14 de abril de 1995(fecha prevista en su poesía para un gran acontecimiento) inició su periplo para conocer a fondo  la esencia trascendente de ese símbolo que para él fue siempre EL SILENCIO.
Como siempre, la última vez que hablé con él lo saludé con mi acostumbrada expresión "¡Salve, señor de la palabra!", saludo hasta cierto punto histriónico que lo hacía sonreír y le incitaba a la conversación amena y siempre aleccionadora.
Esa vez hablamos de Comayagua, del crecimiento material que comenzaba a experimentar aparejado a una como postración espiritual. Le referí que un nóvel poeta me había visitado en mi casa, y que al regalarle una de mis obras de argumento romántico me comentó que "eso de escribir sobre el amor como sentimiento trascendente, no puede hacerse si la obra no es antes "tallereada".

Soltó una sonora risotada:

-¡Vaya! -comentó con sorna- ya inventaron el verbo "tallerear". Ese sujeto no sabe lo que dice. Escribir sobre el amor es escribir sobre la esencia de la vida.

Y hablamos del tema de la vida. Le cité a Kant con sus categorías del tiempo y el espacio, casi incomprensibles para la mayoría de simples mortales. A Sartre, con su afirmación del no ser. Le conté que había dejado a mis alumnos de filosofía la tarea de explicarme lo absurdo que resulta que la vida, con el atributo de eternidad que lleva implícito, pueda ser "cortada" por la muerte. Es un contrasentido- enfaticé- yo asumo...

-Yo asumo, presumo y consumo- me interrumpió

Y dejó aflorar su sonrisa característica.

-¿Sabe usted, poeta?- señalé- Yo no sirvo para dar pésames ni asistir a velatorios. En estos días en que han muerto tantos conocidos, he preferido guardar silencio. Me parece más expresivo. En esa obrita que le regalé (Imperfecto amor, la que todavía no había convertido en novela), sostengo que el silencio es el eterno enamorado de la soledad. Usted, en cambio, en un poema suyo dice que al silencio: "la soledad lo enamoró por señas" ¿De que clase de amor estamos hablando realmente?
Me miró con gesto meditabundo, como escrutándome con sus ojos expresivos.

-No todos hablan de estas cosas- afirmó suavemente- Este tema exige meditación, elaboración. En mi caso, callar hasta dar con la estructura perfecta de un poema, algo como escuchar la música, que no sólo es oírla sino sintonizarse con ella, y me refiero a la verdadera música.

-¿Un poco de nirvana? –acoté con intención

Sonrió como si la comparación le divirtiese.

-Esto que usted dice que prefiere no dar pésames me parece correcto. Es mejor elevar una oración. Las mejores oraciones, quizás las más escuchadas, son las de aquellos que queriendo orar no saben que decir, y, por supuesto, las de los que saben que decir.

Misa de cuarenta días, Liliana, su hija, me entrega la tarjeta de recordatorio. Una cruz atravesada por una pluma. Sin oraciones comunes. Briznas de genio poético derramado en la sencilla cartulina. En el solemne ambiente de la catedral de Comayagua leo en silencio:

"El hombre es como el sueño de la muerte:
Cree que vive.
Y Dios mismo es el sueño mar del hombre:
Cree que...
¿Sueño mar...?
Ya los barcos se van sin despedida."

Algo me dice en mi interior; "Ahora, escribe" Y como en una visión sucesiva me viene a la mente la escena de la ocasión en que llegué a su casa y le hice decirme la segunda estrofa de su soneto a Comayagua. Me lo dijo a través del postigo entreabierto de la puerta principal.

Para la soledad empedernida.
De la noche sangrada de calvario
Hay un fantasma plenipotenciario
Y un alma en pena. Misa requerida.

No hay misas en los templos los viernes santos si alguien las requiere. Sigo leyendo la tarjetita de los cuarenta días de su fallecimiento:

"Quiero sólo un instante
Escaparme del eco de mis cinco sentidos.
Volar sobre los muros.
Volar sobre mi abismo.
(Volar para las aves
Río y vuelo en un barco, ya es morirse dos veces)
Quedar, sin saber cuándo, ni dónde ni en que forma.
Despojado de todo
Despojado de todo
Mirando el gran poema
Desde un pájaro absorto
Desde un ojo absoluto"

En el antiguo parque- hoy convertido en atractiva plaza colonial- la banca que solía ocupar tarde con tarde para conversar con sus amigos, fue retirada.

Hoy estamos iniciando una formal petición pública a quien corresponda, o a la dirección del instituto departamental "León Alvarado", para que el busto del insigne poeta que está colocado en la entrada sur del bulevar Cuarto Centenario (y que ha sido objeto de toda clase de vejámenes de delincuentes) sea colocado dentro de los predios del instituto, del cual su padre fue director y el poeta alumno sobresaliente.






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