ARTE DE PENSAR

viernes, 27 de marzo de 2015

EL ARLEQUÍN (Relato)







(Tomado del libro "PIEL CANELA Y OTROS CUENTOS de J. Winston Pacheco)


Cuando el centro comercial quedó en penumbra, lo miré por segunda vez, al cabo de  tres décadas.

En la sala del Consejo Directivo, los ejecutivos analizaban regocijados, la increíble alza en las ventas lograda en forma sostenida, principalmente en la sección de objetos esotéricos.

Volví a experimentar aquella suerte de fascinación que sentí la primera vez siendo un escolar, siempre que pasaba frente a la vieja casa de don Anacleto, en cuyo   extenso huerto predominaba como patriarca absoluto,un árbol de laurel.

Una fuerza desconocida me impulsaba invariablemente  a mirar hacia ese árbol, de cuyas ramas veía descender un extraño personaje con cara de niño, luciendo un gorro de lana color rojo, rematado en unas borlas azules. Era de pequeña estatura, quizás de unos dos pies.

Ataviado con una especie de pijama estampada a cuadros rojos y negros, y calzando  botines verdes de gamuza, aquel personaje hacía inusitadas cabriolas. Era un gimnasta consumado.

Manteniendo fija en mí  su mirada perturbadora, me llamaba con ademanes insistentes, como invitándome a jugar con él.

Por mi parte, absorto y fascinado, seguía sus movimientos luchando contra el temor a acercarme, e invariablemente, continuaba mi camino hacia la escuela.

Lo miraba entonces sentarse sobre la hierba, con sus piernas entrecruzadas,  sosteniéndose el mentón con sus manos, en gesto de profunda desilusión.

 Cierto día, venciendo mis temores, me acerqué lo suficiente para apreciar la rara vivacidad de sus ojos, y su risa semejante al trino de las oropéndolas. Esa vez me entregó, o mejor dicho me lanzó, desde la corta distancia que nos separaba, un refulgente medallón con una  inscripción que decía. "Hasta treinta años después".


Comprendí el significado de aquella inscripción  cuando el destino me condujo, muchos años después, a una hermosa ciudad del otro lado del mundo. Hasta entonces volví a encontrarme con mi singular amigo, en ese Centro Comercial en que las ventas  subían y subían en forma para todos inexplicable  Nadie parecía advertir la presencia de aquel ser, que saltaba sobre los mostradores y escaparates, muy contento de volver a verme despés de treinta años, 

Yo todavía tengo la sospecha de que él ya sabía que nuestro reencuentro se produciría en ese tiempo y en ese lugar.

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