(Tomado del libro "PIEL CANELA Y OTROS CUENTOS de J. Winston Pacheco)
Cuando el
centro comercial quedó en penumbra, lo miré por segunda vez, al cabo de tres décadas.
En la sala
del Consejo Directivo, los ejecutivos analizaban regocijados, la increíble alza
en las ventas lograda en forma sostenida, principalmente en la sección de
objetos esotéricos.
Volví a
experimentar aquella suerte de fascinación que sentí la primera vez siendo un
escolar, siempre que pasaba frente a la vieja casa de don Anacleto, en
cuyo extenso huerto predominaba como patriarca absoluto,un
árbol de laurel.
Una fuerza
desconocida me impulsaba invariablemente
a mirar hacia ese árbol, de cuyas ramas veía descender un extraño
personaje con cara de niño, luciendo un gorro de lana color rojo, rematado en
unas borlas azules. Era de pequeña estatura, quizás de unos dos pies.
Ataviado
con una especie de pijama estampada a cuadros rojos y negros, y calzando botines verdes de gamuza, aquel personaje
hacía inusitadas cabriolas. Era un gimnasta consumado.
Manteniendo
fija en mí su mirada perturbadora, me
llamaba con ademanes insistentes, como invitándome a jugar con él.
Por mi
parte, absorto y fascinado, seguía sus movimientos luchando contra el temor a
acercarme, e invariablemente, continuaba mi camino hacia la escuela.
Lo miraba
entonces sentarse sobre la hierba, con sus piernas entrecruzadas, sosteniéndose el mentón con sus manos, en
gesto de profunda desilusión.
Cierto día, venciendo mis temores, me acerqué
lo suficiente para apreciar la rara vivacidad de sus ojos, y su risa semejante
al trino de las oropéndolas. Esa vez me entregó, o mejor dicho me lanzó, desde
la corta distancia que nos separaba, un refulgente medallón con una inscripción que decía. "Hasta treinta años
después".
Comprendí
el significado de aquella inscripción cuando el destino me condujo, muchos años después, a una hermosa ciudad
del otro lado del mundo. Hasta entonces volví a encontrarme con mi singular
amigo, en ese Centro Comercial en que las ventas subían y subían en forma para todos
inexplicable Nadie parecía advertir la
presencia de aquel ser, que saltaba sobre los mostradores y escaparates, muy contento de volver a verme despés de treinta años,
Yo todavía tengo la sospecha de que él ya sabía que nuestro reencuentro se produciría en ese tiempo y en ese lugar.

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