ARTE DE PENSAR

miércoles, 22 de febrero de 2012

LA CIUDAD QUE BORRÓ SUS HUELLAS, Capítulo 22




Emmanuel Bogronde decidió marcharse de Opamane Chago el propio día en que fueron anuladas las elecciones. Ocurrió por la misma fecha en que fue inaugurado el moderno Mega Mall Guayacán, dotado de tiendas de primera clase, restaurantes, peluquerías, cines, boutiques para damas y ciber-cafés.
   
Gladis Rusiñol instaló ahí su moderno negocio con productos de famosas marcas extranjeras, exclusivo para damas. Era uno de los establecimientos más visitados por las esposas e hijas de los chagueños adinerados.
   
Se anunciaron tres fiestas formidables: una en la Escuela de Maestros, con el grupo “The Four Sensations”; otra en la discoteca Avernus con “The Tremebundus”; y la tercera en el Mega Mall Guayacán, amenizada por “The Devils”.
   
Había que hacer trizas la tristeza, volver añicos la realidad como fuera posible.   Hacía  muchos años que dejó de escucharse la letanía del zapatero Cleto Mayén, aquella que decía: “En este pueblo veremos cosas, por Dios tres veces Santo”. El hombre se metió en la eternidad una tarde cualquiera, en forma sigilosa,  ante la indiferencia general.
   
“Hay que vivirla”, decían por este tiempo. Y le pusieron cara alegre a la vida, asistiendo a los cines, a las discotecas, mirando las series de televisión rebosantes de sexo y violencia, o visitando los “Night Club”, que ya habían hecho su triunfal aparición arrastrando multitudes literalmente hipnotizadas. Era un ambiente como de fiesta  permanente. Y los comentarios surgían por doquiera, confrontando en cierta forma  pasado con presente.
   
-¡Caramba, Rusiñol, por usted no pasan los años!
   
-De la O. tiene un nuevo proyecto, ese man sí sabe como se hace el billetón...
   
-¿Te diste cuenta que a los indios les botaron la iglesia? La van a hacer moderna, ya era tiempo.
   
-Anoche en la TV nos pusieron de ejemplo en el programa “Encuentro Diario”. Somos power, papa.
   
-Que fresa estuvo el concierto de Los Mulligans. ¡Esos chavos son máquina!
   
Lejos quedaba el pasado, figura disforme, compleja, etérea. Algún día, quién sabe, habría que soterrar el presente sin dejar rastro y aferrarse a algo novedoso sin importar lo que fuese. Y comenzaron a hacer apuestas con el destino, algunas veces sospechando que caminaban sobre algo falso, pero contentos de ser indiferentes.
   
Nadie recuerda ya a Roldán Menjívar, el inquieto estudiante de otras épocas, ni a sus entusiastas compañeros. Ahora hablan otros y de cosas diferentes: “¿A quién le importa un fulano como Mateo Guardabarranco?"  "Lucio Manín y Manolito Cerén, sólo fueron dos pobres ilusos". "Lo que le pasó a Olegaria Rosa no fue para tanto, todo se hubiera arreglado con unos cuantos condones". "Vale que ya les prohibieron a los indios sus fiestas ceremoniales, produce más billete un concurso de camisetas mojadas”.
   
Avanzaba el tiempo en carrera abierta hacia el olvido. Alguien lo dijo un día: “Opamane Chago era un pueblo así: húmedo, helado, triste. El frío calaba desde siempre los huesos de los hombres, y estos habían aprendido desde niños a beber el fermento del maíz, la chicha, que mataba la tristeza y trastornaba los caminos del destino”. Hoy... el hoy parece diferente:
   
-Viste los jeans que venden en la boutique de Gladis, son fresones...
   
-Una botella de Chivas Regal, servida, plis.
   
-Esos tenis Bluelook son máquina, y sólo cuestan dos mil garras.
   
-¿Qué ondas? ¿juátsamara la papa?
   
-Hey vó.. ¿Qué pedo de que úh con aquella chava el sábado, vo?
   
-¿Qué tal de party? ¿Te llegó la rola que te presté?
   
-Que fresa vó, me llega....
   
De Emiliano Torcuáz, Pío García, así como de Osanio y Vallejo nadie da razón en el pueblo, se supo que emigraron para siempre buscando mejores horizontes en otras latitudes. “Esos manes se fueron de mojados”, especulaban algunos, usando aquellos términos por primera vez. “Pecho flaco” Pérez murió durante un cambio de luna. Últimamente, en sus horas de cordura, hablaba mucho de hacerse aviador, y una noche se arrojó desde una caseta que se había construido entre las ramas de un laurel centenario. Nicanor Lloyd, anciano, pobre y alcoholizado, aún deambula por las calles del pueblo, diciéndoles a todos que piensa marcharse para Liverpool, la tierra de su padre. Ya no hace poemas, la nueva gente para quitárselo de encima le regala unas monedas, o simplemente lo sacan a empellones cuando pretende entrar en los centros de diversión exclusivos. Nicanor sonríe y sigue su camino sin rumbo, él siempre tuvo alma de nómada, sin norte y sin destino. De Encarno Oyala se supo que aún sobrevive en un hospital para enfermos mentales de la capital. Los que han logrado verlo cuentan que se ha refugiado en un mutismo casi impenetrable, las pocas veces que habla sólo es para decir: “¡ Ja, ja, jaay ! El Axatlí estaba en lo cierto. Lo que no saben es que me dijo el secreto. El final está cerquita, cerquita. Sigan abriendo la jeta, hijos del hule”. 
   
Para este tiempo las luciérnagas ya no iluminan como antes las calles de la población, los inviernos ya no son copiosos, escasean los árboles y los pájaros, los frutos y las flores.
   
Del viejo aeródromo, convertido ahora en un moderno aeropuerto militar, despegaron una tras otra varias escuadrillas de aviones a reacción, de combate y de carga, cruzando a poca altura sobre la población.  Los lugareños se lanzaron a las calles asustados por el ruido atronador producido por los veloces aparatos. Estupefactos, vieron como una escuadrilla en vuelo rasante sobrevolaba una y otra vez el poblado, advirtiendo la extraña identificación que los aviones lucían en sus alas y sus colas. En cosa de segundos los aparatos de mayor tamaño –probablemente cargueros- alcanzaron una altura impresionante hasta desaparecer en la lejanía. Niña Zenobia y Casiopea, luchando contra el tiempo, tuvieron oportunidad de presenciar aquel espectáculo, mientras las cuentas de un rosario se deslizaban por sus rugosas manos.
   
-Kirie Eleison
  
-Ruega por nosotros
  
-Kriste Eleison
  
-Ruega por nosotros
   
Una escuadrilla de pequeños aviones de caza cruzó de nuevo sobre el pueblo en formación cerrada, ahogando con el estrépito de sus turbinas los rezos de las ancianas. Fue precisamente en ese momento cuando algunos vieron llegar a Aquilino, el hijo de Enriqueto Espada, malherido y casi al borde del colapso, balbuceando en forma casi ininteligible que había estallado la fábrica de químicos ubicada cerca del aeropuerto. Casi tras él llegó aquella  nube amarillenta de olor penetrante y repulsivo envolviendo casas, calles y personas y diseminándose por los cerros y llanuras aledañas.Algunos aseguraban que el humo nauseabundo había sido arrojado desde un enorme avión que hizo dos o tres pases sobre el pueblo.
   
Eulogio García, el padre de Pío, miró pasar los aviones desde su escondite en las faldas del cerro Adormidero. Había sobrevivido en aquel risco desde el día en que dio muerte a Narciso Florenciano, a Fofo, el juez y al sargento Espino. Eulogio nunca quiso regresar al pueblo. Su aspecto era el de un anacoreta.
   
-¡Hijuelule! ¿Qué es eso? –exclamó al divisar los aparatos.
   
Percibió el extraño hedor proveniente de aquella especie de neblina que envolvía la vegetación circundante, y, de súbito, comenzó a reír con carcajadas estertóreas cayendo derrumbado en medio de los arbustos presa de violentas convulsiones.
   
Mientras tanto, en el pueblo ocurría un fenómeno similar en forma generalizada. La niña Zenobia y Casiopea interrumpieron sus rezos en forma brusca, prorrumpiendo en alocada risa mientras se tiraban de los cabellos como enajenadas. Sus cuerpos se doblaron como débiles cañas, rodando ambas por el suelo de la habitación.
   
Por las calles, plazas y viviendas, hombres, mujeres y niños reían a carcajadas sin lograr controlarse. Era como si sobre la población hubiese descendido una maldición apocalíptica.
   
-Jaa, jaa, jaa... ¡Ay Dios mío!... Jaa, jaa, jaa  -se escuchaba por doquier.
  
Por una afortunada casualidad, Nicanor Lloyd, hurgando entre las viejas pertenencias de su padre, encontró una máscara de minero y se la colocó sobre la cabeza. Con gesto de ingenuidad senil se miró en un espejo y sonrió tras la máscara. En ese instante, el retumbo generado por los aviones le hizo recordar de golpe las explosiones provocadas por su padre mientras buscaba una veta de mineral.
   
-¿Habrá vuelto mi padre? –se preguntó Nicanor con expresión alienada.
  
 Escuchó la carcajada unánime del pueblo y su mente sufrió una violenta conmoción. Salió de la casa con la máscara puesta y contempló,  alucinado, el espectáculo de las personas que reían enloquecidas, tambaleándose como títeres y finalmente derrumbándose por los suelos.
   
-¡Mírenme hijos del vicio! –Exclamó en el límite de la locura- ¡Soy Jonathan Lloyd!, he regresado. ¡Aquí estoy, malditos! ¡War is son of a bitch!
   
Desde otro punto de la población, Olegario Pira, convertido ya en un joven robusto, observó que los aviones se alejaban por fin con rumbo desconocido. Permaneció de pie unos instantes con los brazos cruzados sobre los hombros, fija la mirada en el horizonte nebuloso, y mientras un silencio de presagios comenzaba a descender sobre el pueblo, en su cerebro de dibujó con claridad la escena de una marcha multitudinaria sobre la capital. Marcha sin armas de muerte, pero sustentada en la fortaleza que emergía del marginamiento, la injusticia, el engaño y la miseria en que habían  sumido a aquel pueblo, decáda tras década, los gobiernos de distinta bandera pero iguales en el engaño, la manipulación y la corrupción que pusieron en práctica. Ahora, sin embargo, él tuvo claramente la visión de la  movilización de un pueblo lleno de conocimiento, esperanza y determinación. Eso fue lo que vio, tras la humareda dispersa.

De su boca, como una imprecación o una voz de protesta, escaparon los antiguos versos tan conocidos en el pueblo y que, como tantas otras cosas, evidentemente  pronto caerían en el olvido:


"Allá está el cerro Trochas, imponente
Con su primo carnal, el cerro Dunas.
Adormidero a veces se resiente,
y se pone a llorar el cerro Tunas"


FIN


(El texto original de esta obra consta en sus páginas finales de un Glosario explicativo de voces y giros  comunes en el habla de Honduras.)


Libro: La ciudad que borró sus huellas, José Winston Pacheco
   
     

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