ARTE DE PENSAR

martes, 1 de noviembre de 2011

Ayra





La lluvia torrencial escupía gotas como dardos sobre la inerme humanidad de los transeúntes. Desde el ventanal de mi despacho observé a aquella graciosa jovencita haciendo esfuerzos por protegerse y a la vez dejar a salvo su pudor, contra el que atentaba un viento inclemente y arremolinado. Un rato después la vi pasar de regreso. Evidentemente no encontró un lugar adecuado para capear el temporal. Me asomé a la puerta y la llamé. Estaba completamente empapada, y en sus ojos almendrados pude ver un matiz de agradecimiento.
   -Muchas gracias –farfulló- voy a dejarle su oficina hecha un desastre, estoy impregnada de fango de arriba abajo.
   -No hay cuidado-aseguré- ya se encargará de limpiar el personal de servicio.
   -Mi nombre es Ayra –se presentó, extendiéndome la mano con cierta timidez
   -¿Ayra? ¡No puede ser!-exclamé vivamente sorprendido.
   -¿Por qué? –Inquirió con similar sorpresa-¿acaso no le gusta mi nombre?
   -Yo soñé con usted anoche, y me dijo exactamente ese nombre. Por cierto que en el sueño caía un aguacero peor que el de este momento. Usted  estaba debutando como cantante en un teatro de la ciudad. Cantó una composición suya muy bonita, hasta recuerdo los primeros versos. He pasado medio día repitiéndolos.
   Sonrió complacida, pero en su mirada leí un dejo de incredulidad
   -¡No puede ser! –Explicó - yo administro  una tienda de ropa femenina, eso de cantar…bueno, sólo canto para mí y no creo hacerlo bien.
La invité a pasar  al tocador y di orden que se le consiguiese ropa seca, una bata, cualquier prenda. Casi suelto la risa cuando salió ataviada con un blusón de embarazada, única prenda que encontraron disponible las mujeres encargadas de la limpieza Después la invité a mi oficina para charlar. En realidad ese día me sentí deprimido desde el amanecer, y aquel encuentro inesperado contribuyó a devolverme la tranquilidad.
    -¿De modo que trabaja en una tienda?- inicié la conversación- ¿Está cerca de aquí? ¿La he visto antes en alguna parte?
    -No lo creo, pero ya que me hace tantas preguntas, yo le haré una ¿promete contestárme con sinceridad?
   - Desde luego
   -Dice usted que me soñó cantando y que recuerda los versos de mi canción  ¿sería capaz de repetírmelos?
   Quedé en silencio un instante tratando de recordar, con el lápiz comencé a tamborilear sobre el escritorio.
   -Bueno…eran más o menos así:
    “Dulce Ayra  siente
     Dulce Ayra pon
     Pon tu corazón que viene
     Pon tu corazón que va
     Todo es impensado
     No hay nada que hablar
     O lo hizo el destino
     O fuimos tú y yo
     O el absurdo invierno que te trajo a mí.
   
    -Es una letra bonita- admitió- ¿Sería mucho pedirle que me la escribiera?
   -No hay problema, se la daré escrita. Mientras tanto ordenaré que le traigan una bebida caliente, debe estar helada, y  permítame que la deje sola por un momento, luego regreso.
Ayra se retiró de mi oficina vestida elegantemente. Mandé a comprarle  una indumentaria a su medida. Definitivamente lucía radiante Yo soy así con cualquier mujer que me impresiona de manera especial, sobre todo en días invernales.
     -¿Nos volveremos a ver?- Pregunté al despedirnos
   -Casi estoy segura de eso, pero presiento que será en la forma menos pensada –dijo sonriendo- Ahora me voy, la lluvia ha amainado, gracias por todo.

El país entró en un repentino colapso económico y político. Negocios multimillonarios se vinieron al suelo como frágiles promontorios de arena. Por doquier cundió el desempleo, el hambre y la violencia. Tuve que abandonar la ciudad y refugiarme en una rústica finca provinciana capeando el violento temporal de iniquidad que abatía la sociedad entera. 

Un día me encontré empujando trabajosamente una carretilla de mano cargada con leña por un camino abrupto de la aldea. Había mal vendido mis últimos enseres eléctricos para sobrevivir. De cualquier manera, aquello carecía de importancia, en el pueblo no había electricidad. Las personas cocinaban en fogones de arcilla y tierra y se alumbraban con teas de ocote. Las tormentas hacían estragos en viviendas y sembrados. La vida mostraba su faz de inopia y amargura.
Me detuve en un punto en que el camino se bifurcaba. A la derecha, sobre una pequeña colina, observé una casucha construida con tablas de desecho. Pensé que  habría alguien ahí que pudiera ofrecerme algo, el hambre me atormentaba y me faltaba el aliento. Obviamente, no es fácil aceptar pasar de ejecutivo a carretonero, hay que tener agallaje para ello.
Una  joven mujer de rasgos atractivos pese a su aspecto desaliñado y sucio, se asomó a la puerta invitándome a entrar.
    -¿Usted no vive por aquí, verdad? –dijo,  esbozando una sonrisa indefinible.
   -Bueno…hace poco vine a vivir a este pueblo. ¿Puede darme un poco de agua?-supliqué.
   -Si…ahora mismo se la traigo – Desapareció tras lo que remedaba ser un biombo construido con periódicos viejos. Regresó trayéndome una lata rebosante de agua fresca. Bebí con avidez, casi con desesperación.

De pronto, mirándome de manera extraña y sin abandonar su enigmática sonrisa, exclamó:
   - ¿Por qué no te quedas conmigo aquí? Vivo sola y…necesito un hombre.  No te vas a arrepentir, te lo aseguro.
    Avanzó hacia mi insinuante haciéndome retroceder un paso.
    -Espera, muchacha, no puedo hacer eso, no te conozco, las cosas no son de esa manera- intente persuadirla con la mayor suavidad de que fui capaz.
   - ¿Acaso no te gusto? –Inquirió al tiempo que me echaba los brazos alrededor del cuello- Soy una mujer ardiente ¿sabes? y me gustas mucho.

Comenzó a llover fuertemente. Para ese momento yo estaba imaginando que me encontraba frente a una enferma  mental, o quizás una mujer peligrosa. De golpe vinieron a mi memoria algunos relatos sobre pandilleros que usan a mujeres como carnada para despojar o liquidar a sus víctimas. No soy ningún puritano, y, pese al  talante desaliñado de aquella joven,  convine –como lo dije antes- que la naturaleza la había dotado  de innegables atractivos naturales.

Toqué su cabello grasiento y sucio, intentando fingir una caricia para librarme de su  abrazo casi sofocante.
   -¿Te gusto, verdad? –Susurró ella suavemente- lo noto en tu mirada.
   -¿Con quién vives? ¿Cómo haces para sobrevivir aquí? –traté de iniciar una conversación cualquiera.
   - Eso no importa- cortó tajante- ¿Te gustaría hacerme el amor ahora? Estamos solos y me siento dispuesta.
Me quedé de una pieza. Por más que lo intenté no pude articular palabra, sólo alcance a decir:
   -Deberías tratar de salir de aquí, muchacha, buscar otro lugar, dedicarte a hacer algo productivo. Tú no eres fea, estoy seguro que encontrarás un hombre con el que serás feliz.

No dijo nada, pero en sus ojos alcancé a percibir el brillo inconfundible de las  lágrimas.
   -Debo irme ahora- advertí, avanzando hacia la puerta de salida- como ves llevo una carreta cargada con leña, tengo que llevarla a mi casa aunque sea bajo la lluvia.
   -Comprendo – musitó- pero debes saber una cosa. Soy Ayra, la misma mujer que invitaste a tu oficina hace muchos años ¿recuerdas?
   -Ayra… ¡No!... pero ¿cómo es posible? –tartamudee anonadado.
  -La situación es terrible, amigo mío, y más para una mujer, aunque tú tampoco luces como un ejecutivo, sin embargo veo que eres el mismo hombre bueno de entonces.
   -Tienes razón -afirmé como arrastrando las palabras- ¿Sábes qué? En aquella ocasión en que nos encontramos por primera vez, yo deseaba estar contigo, pero no te lo dije. Ahora tú me lo pides, y no voy a negarme, eres la misma bella mujer que conocí después de soñarla. Si, me quedaré contigo.

Hubo cambios drásticos en el país al poco tiempo. Ante la amenaza de una guerra civil, los políticos marrulleros y corruptos se vieron forzados a abandonar sus ancestrales privilegios, dando paso a una situación más favorable forjada por hombres con mayor conciencia social.

Cierta tarde, paseando por el parque Los Mercedarios, hacía planes mentales sobre cómo reiniciar mi antiguo negocio. Iba abstraído en aquellas ideas cuando de improviso me encontré con  Marcelo Espita, mi socio de mejores tiempos. Fue un encuentro sumamente emotivo.
  -Sabes Marcelo, estoy pensando en entrar de nuevo al negocio de la importación de mercancías ¿Te gustaría participar? –inquirí con acento de entusiasmo
   -No, mi amigo –respondió tajante - ahora  me dedico a otra línea. Soy agente de espectáculos y me va muy bien.
   -¿Quieres decir que eres cirquero o algo así? ¡No puedo creerlo!
   -Pues mira- afirmó con convicción- Ya que tuvimos este alegre e inesperado encuentro, te invito al debut de una artista fenomenal... ¿Sabías que este templo de Los Mercedarios fue convertido en teatro para actos clásicos? Y ha quedado fabuloso. Ven, amigo, la función comenzará dentro de poco, aquí traigo los boletos que, por cierto, no vamos a necesitar. Tú entras como mi invitado de honor ¡Si señor!

La diva salió al escenario ataviada  como una princesa, arrancando el aplauso del numeroso público presente. Unos segundos después inició los primeros acordes de su melodía.
Dulce Ayra siente
Dulce Ayra pon
Pon tu corazón que viene
Pon tu corazón que va
Todo es impensado
No hay nada que hablar
O lo hizo el destino
O fuimos tú y yo
O el absurdo invierno que te trajo a mí

Estupefacto, sólo atiné a recordar la vieja sentencia que un día escuché no se donde: “Lo que ha de ser, será” Ahí estaba Ayra, irradiando de nuevo su salvaje belleza.

Y comencé a aplaudir como nunca lo he hecho en lo que llevo de vida. Puedo asegurar que mis aplausos ahogaron  el ruido de la tormenta que caía afuera.


Libro: Piel Canela y otros cuentos. J. Winston Pacheco

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