Una tarde al llegar a casa de Yalila, doña Agustina, su tía, me indicó que esperase en la pequeña y acogedora salita.
-Esa muchacha debe andar por el huerto- explicó- Allá pasa la mayor parte del tiempo en medio de ese montón de animalitos que tiene.
-¿Animales? ¿Qué clase de animales?- pregunté sorprendido.
-Ya veo que no se lo ha contado todavía –repuso ella- ¡Si viera usted! Tiene casi dos docenas de pájaros. Lo que es a mí al principio no me gustaba tanto animal, pero al oírlos cantar poco a poco me fui encariñando con ellos.
-¿Podría entrar a verlos? –solicité un tanto dubitativo.
-Claro, profesor, pase usted, no tenga ninguna pena.
-Gracias –dije, dirigiéndome hacia dentro de la casa.
Al trasponer el corredor interior, me encontré de pronto con un jardín increíble poblado de las más variadas y aromosas flores. Avanzando por entre bancos y maceteros rebosantes de plantas, fui a dar al huerto interior poblado de frutales de diversas especies. Colgando de las ramas descubrí una multitud de jaulas, cada una con su cautivo huésped.
Ahí estaba Yalila, hablándoles a sus pájaros con vocecilla tierna, como quien les habla a unos niños.
Como me gustaba verla contrariada, avancé sigilosamente tratando de que no me descubriera.
-¿Sabe usted que en el vecindario anda alguien matando todo tipo de aves? – dije, a guisa de saludo.
Volteó sorprendida
-¿Qué? – Repuso con asombro- ¡Profesor! ¡Usted aquí! Es lo que menos esperaba. Pero… óigalo bien, si ese gato que dice viene por aquí…lo ahorco con mis propias manos. ¡No les tocará una sola pluma a mis pájaros!
-No es un gato, ni ningún animal –agregué gravemente.
-¿Entonces qué es?
-Se llama encierro, y enferma gravemente a los pájaros como a las personas.
-¡Vaya que cosas! – exclamó Yalila haciendo un mohín de fingido disgusto- Ya sabía yo que era una broma...
-Pues no lo es, querida señorita, es una verdad –expresé.
Ella me miró con cierto desplante, incrédula.
-Profesor. Usted mismo nos ha dicho que en este mundo no hay verdades absolutas. ¿Sabe qué? Le aseguro que estos pájaros son muy felices aquí conmigo, más que si estuvieran libres.
-¿Lo cree así?
-Estoy segura –proclamó con una sonrisa.
Miré a mi alrededor. En su casa tenía mirlos saltarines e inquietos que gorjeaban en cada amanecida. Tenía zorzales melancólicos, alondras altivas y guardabarrancos que regaban un caudal de entremezcladas notas musicales.
Los oí ese día y me asombré. Su casa siempre ha sido un templo de pájaros cantores -pensé- orquestación eterna en la fronda de la vida. Armonía perfecta de la aurora al crepúsculo.
-Sabe algo Yalila. Si me fuera posible cambiarle su nombre, la llamaría Canción, o Armonía, o Melodía.
Hubo en su mirada un rasgo de íntima satisfacción o de halago, quizás.
-¿Y por qué me cambiaría el nombre? ¿Acaso no le gusta el que tengo?
-Si, me gusta mucho, pero al verla ahí en medio de tanto pájaro, pienso que su nombre, especialmente cuando le dicen “Yali”, es como el piar de una golondrina en primavera, como un canto en flor, como la sonata de un ave volandera...
Soltó una risa fresca, amplia, desenfadada
-No me cuentee tanto, profesor, mejor deje que le diga los nombres de mis pájaros. ¿Sabe que a todos les he puesto nombre?- inquirió entusiasta.
-¿Ah si? ¿Y cómo ha hecho para inventar tanto nombre? Aquí debe haber más de dos docenas de aves.
-Bueno –explicó complacida- Siempre me fijo en lo que hace cada pájaro, en cómo canta, en cómo me recibe cuando vengo a alimentarlos. En fin, cada uno tiene un modo diferente.
-¿Y todos son cantarines? – pregunté escuchando aquella sinfonía de trinos.
Ella hizo un gesto de desaliento
-Hay uno que me da mucha pena, es muy chiquitico. Siempre parece estar triste, nunca le he oído cantar. ¿Quiere verlo?
-Claro
Me condujo hacia otra parte de huerto. La jaula colgaba de la rama de un almendro. Cuando estuvimos cerca, ella empezó a hablarle con diminutivos, a silbarle y hacerle toda suerte de mimos. Noté que le causaba verdadera pesadumbre el pajarillo aquel, pequeñito y tímido, con el plumaje de un blanco abrillantado.
-Este nunca canta –expresó con voz trémula- No sé de que clase es. No sé como llamarlo…
-Si –afirmé, observando la esmirriada avecilla- Se le nota la tristeza.
Me miró de pronto y en sus ojos pareció brillar una esperanza. Sonrió.
-¡Ya sé, profesor! Usted puede ayudarme a buscarle un nombre ¿verdad que sí?
-Bueno yo…no tengo mucho arte para esto ¿Por qué no lo llama “Lucero”? Sus plumas son brillantes – dije como para salir del apuro.
Reflexionó unos segundos
-No –repuso con cierta decepción- Los luceros brillan en las noches más oscuras, alegran las noches haciendo guiños desde el cielo. Y este pobrecillo…
-Entonces llámelo “Silencioso”, el nombre le encaja bien- señalé.
Por un buen rato ella se quedó mirando la avecilla con un leve gesto de congoja. Meneó la cabeza de un lado a otro en señal de negación.
-No –expresó con voz queda- con ese nombre lo terminaría de matar. Yo quiero darle un nombre alegre, bullicioso ¿comprende?
Asentí con un movimiento de cabeza
-Haremos una cosa- anuncié- buscaré en mis libros una lista de nombres apropiados y se la traeré otro día. Podrá escoger el que más le guste.
-¿Lo promete? profesor
-Lo prometo, señorita Yalila
Sonrió con satisfacción, luego, con cierta malicia proclamó:
-Ya me ha hecho dos promesas hasta ahora, voy a comprobar que tan cumplido es usted, profesor
-¿Dos? ¿Cuál es la otra? –inquirí rascándome la cabeza.
-¡Ah! ¿Verdad que ya no se acuerda? Usted me dijo en el colegio que me iba a explicar el libro de...no sé qué cosa, el que utilizan algunos muchachos con las chicas.
-¡Claro!- exclamé recordando de golpe- Cómo pude olvidarlo. Usted se refiere al Libro de planes amorosos, por supuesto.
-Bueno, pues ahora tendrá que explicármelo mientras le invito a una taza de café ¿de acuerdo?
-De acuerdo, pero le advierto que esa historia la hará reír, o, quién sabe, así como es usted a lo mejor se enoja – advertí sonriente
Ella sonrió complacida. Enseguida nos encaminamos hacia el corredor, me invitó a sentarme en una de las sillas mecedoras de viejo estilo, ubicadas con vista hacia el jardín.
-Voy por el café –anunció con una amplia sonrisa- Mientras tanto vaya recordando todos los detalles de ese dichoso libro de planes ¿De acuerdo?
-De acuerdo –repuse, mientras me balanceaba en la silla con inocultable complacencia.
Regresó poco después con la bandeja del café y panecillos, depositándola en una mesita entre las dos mecedoras.
-Mi tía es una especialista en hacer este pan. Estoy segura que le gustará, profesor –anunció con una sonrisa- ¿Sabe usted que muchas personas de Santa Marta de la Colina le hacen encargos para fechas importantes? Es famosa ella en este lugar.
-Ya me habían dicho en el colegio, creo que fue la profesora Erlinda.
-¿Ah si? Pues fíjese usted que para la feria del pueblo tiene que preparar grandes cantidades de estos rosquetes, la pobre no se da abasto con tanto pedido.
En efecto, aquellos panecillos tenían una textura y un sabor especial, lo comprobé con los primeros mordiscos.
-Esto sabe a gloria – comenté – Se nota que doña Agustina es una experta.
-Me alegro que le gusten. Le prepararé algunos para que los lleve, pero ahora, mi querido profesor, soy toda oídos.
Libro:Imperfecto amor. J. Winston Pacheco
Imagen/ imágenes Google/www.myspace.com

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