No sabría explicar los motivos con precisión, pero desde que puse mi planta en aquel pueblo, tuve la certeza de que ahí me quedaría para siempre. Experimenté una sensación extraña y sumamente agradable. La rara impresión de haber vivido ahí toda una vida, de percibirlo todo más allá de los sentidos físicos, de absorberlo todo, de sentirlo y conocerlo todo.
El maltrecho autobús que me condujo hasta Santa Marta de la Colina , emitió un agudo chirrido de hierros viejos y oxidados, como un lamento de protesta, después de una andadura de muchas horas por un camino abrupto, fangoso y lleno de baches. No sé los demás, pero yo me sentía dolido en toda la extensión de mi osamenta.
En la estación, encajado en el pescante de una tosca carreta tirada por un mulo de aspecto cansino, estaba un viejo de largas barbas y rugoso semblante, con el sombrero de anchas alas enfundado casi hasta las cejas, fumando un puro con deleite. Fue cosa de verme y venir hacia mí con la seguridad de quien se dirige a alguien conocido.
-Usted es el profesor De la Fuente ¿no es cierto?
-Bruno de la Fuente para servir a usted
-Yo soy Modesto Vargas, conserje del colegio San Clemente. He venido para llevarlo al pueblo. Desde que lo divisé supe que usted era el nuevo maestro. Ustedes los profesores tienen un talante inconfundible.
-¿Ah si? ¿Y cómo es ese talante?
- Hablaremos de eso en el camino. El director del colegio San Clemente me ordenó que lo llevara hasta su posada. Lo están esperando.
- Muy amable de su parte Y dígame ¿Está muy lejos el pueblo?
-Cosa de una legua más o menos. Es corto el trayecto.
“Vaya trayecto corto” me dije para mis adentros, pensando desaprensivamente en mi doliente humanidad. El viejo emitió una sonrisa que se me antojó sardónica, al tiempo que arriaba la bestia con un gruñido acompañado de un latigazo.
- Ustedes los de la capital son ruines para andar por estos caminos, pero ya se acostumbrará, sí señor, ya se acostumbrará.
-No soy ni vengo de la capital, mi querido amigo- afirmé con tono seco
-¿Ah no? Entonces ¿de donde viene? –inquirió sorprendido
-De un lugar mucho peor que este supongo. Y puedo garantizarle que me siento muy bien aquí. Estoy seguro de haber encontrado el sitio que he venido buscando por muchísimos años, se lo aseguro.
-¡Vaya!...eso si que es novedad para mi, jamás lo hubiese pensado- Repuso el viejo Modesto.
Mientras avanzábamos, admiraba la abundante vegetación existente a ambos lados del camino. Las suaves colinas circundantes en las que se advertía la mano laboriosa de hombres empeñados en arrancarle a aquellas tierras una diversidad de frutos.
-Aquí las tierras son feraces – Comenté
-Al igual que las mujeres, sí señor. Sepa que todo el extraño que viene aquí es para quedarse. Puede ser que no se enamore de la tierra, pero si de nuestras muchachas, de eso no le quepa duda.
-Sin embargo, veo que han descuidado los caminos- Señalé.
-Desgraciadamente muchos fuereños han llegado a Santa Marta de la Colina sólo a aprovecharse de nuestras riquezas naturales, según dicen, eso ha ocurrido desde hace una tarranganada de años. Se lo llevan todo y nada le dejan a Santa Marta de la Colina- repuso el viejo Modesto con acento cáustico.
-Es una lástima –repuse- Una tierra tan fértil merece mejor destino. Las autoridades ya debieran haber implementado un verdadero plan de desarrollo para esta región. A simple vista se nota que sus habitantes son trabajadores, laboriosos.
-Pues si, profesor, así somos aquí. Cualquiera diría que usted nos conoce de años, eso me agrada, je, je, je
-Usted también conoce a los profesores a primera vista ¿No me lo dijo en la estación? Y me gustaría saber cómo es que nos conoce.
-Tiene razón- asintió el viejo- Y sin ofender lo presente, los conozco porque tienen un talante de pensadores desilusionados que mis respetos.
-Veo que no tiene una buena impresión de nosotros- Señalé
-Y no tengo la culpa, estimado profesor, todos los que han venido aquí parece que anduvieran con la cabeza en la luna. Hasta que los casa una mujer y los pone quietos, la mayoría han terminado haciéndose agricultores.
-Vaya, es lo que menos imaginé
- Mire profesor, en este pueblo la gente es muy buena, a veces, creo yo, se pasa de sencilla, de inocente. La mayoría pasamos dificultades, pero yo pienso que eso es preferible a que sucedan cosas como se dice que ocurren en otros lugares más adelantados. ¿Me entiende lo que quiero decirle?
-Absolutamente ¿Y sabe qué? En cierta forma estoy de acuerdo con usted.
-¡Que bueno! Y le diré algo más, cuando usted mire, si se queda a vivir aquí, que van desapareciendo todas esas cercas de piedra amontonadas a puro pulmón a ambos lados del camino - aquí las llamamos cimientos - cuando vayan desapareciendo nuestras tapias de adobe y nuestras calles empedradas, tenga la plena seguridad de que a esta población le pasará como a esas muchachas que a la fuerza les roban la inocencia. Por suerte yo ya estoy viejo y talvez no lo vea.
Guardé silencio reflexionando en las palabras de mi interlocutor. Media hora después frente a nosotros apareció Santa Marta de la Colina.
-Bueno, profesor, hemos llegado- dijo el viejo con una amplia sonrisa- Lo llevaré a la posada de doña Serafina, es una señora servicial, honrada, y hace unos guisos como para chuparse los dedos.
-Excelente-repuse- Le agradezco mucho, don Modesto, y ya sabe que me tiene a sus órdenes para lo que pueda servirle.
-Gracias profesor, de todas maneras nos veremos siempre en el colegio- contestó, emitiendo acto seguido un gruñido al tiempo que agitaba las bridas, haciendo que la bestia tirara de la desvencijada carreta con renovado vigor.
Entretanto yo, parado en medio de la empedrada callejuela, sentí como si aquella jubilosa plenitud que experimentara en la estación, inundara de nuevo todos los rescoldos de mi espíritu.
Libro: Imperfecto Amor. J.Winston Pacheco
Imagen/ www.lamision.galeon.com

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