Pese a su fuerte carácter forjado en mil y una andanzas azarosas en alta mar y en distantes puertos, Joaquín se estremeció al encontrarse otra vez, después de treinta años, en la casa de sus abuelos.
Sus ojos grises se humedecieron por la fuerza del recuerdo y el sentimiento. Se había marchado con sus padres a otra ciudad, siendo todavía un niño, y a duras penas recordaba el rostro bonachón del viejo Antonio, su abuelo. De la abuela Sara no tenía memoria.
Siendo muchacho se enganchó en un buque carguero, y recorrió medio mundo llevando en el maletero, además de sus prendas personales, sus afectos más hondos. Entre ellos, quizás principalmente, el del abuelo Antonio. Había un nexo sentimental que lo vinculaba fuertemente con el anciano, algo que Joaquín no terminaba de explicarse ni de precisar en toda su magnitud.
Ahora volvía con el morral repleto de historias a cuál más insólita, cómica o dramática vividas en lejanas tierras. Todos sus seres queridos habían muerto, no había más que aquella vieja casa solariega que ahora le pertenecía. Y de pronto, al encontrarse frente a ella, sintió una sensación de mística plenitud raras veces experimentada anteriormente. Entró. Había semioscuridad en el ambiente. Olor de años. Polvo acumulado sobre los objetos.
Subió unas escaleras para llegar al ático. Se detuvo un instante como hechizado frente a la puerta, hasta sus oídos llegaron las notas de una suave melodía que creyó recordar entre las telarañas de la memoria ¿Estaba alucinando?
Al entrar al ático la sensación se acentuó. Sus ojos se posaron con ansiedad en un viejo baúl que reposaba en una esquina de la pequeña estancia. Le zumbaban los oídos y todo su ser experimentaba extrañas emociones. Fue hasta el baúl y lo abrió, contenía una caja alargada, arreglada como si fuese un regalo, y sobre ella había un sobre amarillento. Soplando sobre él le despejó el polvo acumulado por décadas. Era una nota para él, escrita con una caligrafía vacilante y temblorosa. Una breve línea que decía: “Para Joaquín, para que toques la melodía que tanto te gusta. Yo te estaré escuchando desde donde me encuentre. Sé que lo harás. Te quiere. Tu abuelo, Antonio.
Casi con unción desenvolvió el paquete. Era un violín primorosamente elaborado con finas maderas de la región. Hizo intento de ejecutarlo, y para su sorpresa, las notas salieron fluidas, vibrantes, cantarinas. Las mismas notas que su abuelo arrancaba a aquel instrumento, mientras lo dormía, cuando él era un niño.
Libro: Relatos de mi blog. J. Winston Pacheco

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